Votar con la cabeza o retorcernos como renacuajos

Supongamos que hay que volver a votar. Es lo más probable considerando que a Pablo Iglesias le va su vida política en colocar a Podemos en el Consejo de Ministros y a Pedro Sánchez le va el prestigio de su cordura en no permitirlo. El asunto no parece tan complicado si pensamos que esta vez no le hará falta al ciudadano responsable leer y comparar programas y analizar las propuestas de los candidatos y las garantías que su trayectoria ofrece para creer o no en sus promesas.  Volvemos a la campaña pasada. Los programas son los mismos; son las mismas  las propuestas y  las promesas con que intentaron conquistar nuestro voto. No ha cambiado nada. Ninguna complicación, por lo tanto, para votar, pero sí una amenaza pavorosa. ¿No votarán lo mismo los que votaron? ¿No será el resultado más o menos igual? ¿No volveremos a sentirnos como ahora, renacuajos retorciéndonos en el mismo charco? Negra perspectiva, a menos que nuestra razón encuentre una salida a la luz. Para buscarla, podemos partir de una evidencia: ya que los candidatos son los mismos y los mismos los programas y las promesas, para cambiar el resultado es el votante el que tiene que cambiar; no hay otra. Pero, ¿cómo? Veamos.

La moción de censura y el ascenso de Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno transformaron la política española en forma y fondo. De pronto, los adversarios del presidente y de su partido sufrieron una violenta reacción emocional que les hizo olvidar o ignorar a posta el objeto y las exigencias de su trabajo. La política desapareció de sus discursos y debates.  De políticos que estando en la oposición debían ofrecer argumentos racionales en sus críticas a las medidas de ideología contraria, se convirtieron en furiosos contendientes de un pugilato verbal dispuestos a derrocar al gobierno a golpe de insultos y calumnias. Pues bien, desaparecida la política hasta del Congreso, ya no sirve el análisis político para entender lo que ocurrió y lo que aún sigue ocurriendo; para entender lo que ha transformado el panorama político de nuestro país en un escenario propio de una tragicomedia en la que los actores dan todo lo que tienen por atrapar la atención del público agitando sus emociones. La situación actual exige un análisis psicológico; un análisis psicológico de los líderes y un análisis psicológico de los votantes que permita entender los motivos de su elección.      

Tras la convocatoria de las pasadas elecciones, Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias se enfrentaron a una disyuntiva que afectó profundamente su criterio y su conducta. Tuvieron que  decidir  entre el respeto a los valores morales, es decir, a la ética política que predica la ideología propia de los  partidos que lideran, o  deshacerse de todo escrúpulo para defender sus cargos concibiendo la contienda política como una guerra en la que todo vale.  A estas alturas, hasta el ciudadano con menos luces o más desinformado sabe que, desde la pasada campaña electoral, los tres líderes optaron por la segunda opción. Lo sabe aunque no lea periódicos ni escuche tertulias políticas. A la hora de las comidas, los telediarios les han metido en su casa las imágenes de Casado, Rivera e Iglesias lanzando proyectiles contra Pedro Sánchez y su gobierno con unas ganas que hacen innecesario el atrezo de armas de fuego. La violencia verbal de esas batallas cotidianas atrae hasta al espectador menos interesado en asuntos políticos, como podría atraerle la batalla más bestia en los campos ensangrentados de una película. Porque no es de política de lo que hablan esos líderes en los cortes que aparecen en la pantalla. Esos líderes disparan, en apariencia, contra un adversario político que con toda probabilidad no estará viendo ni escuchando su performance; disparan, en realidad, contra las glándulas suprarrenales de los espectadores para provocar la segregación de sustancias que provoquen una reacción emocional. Esas reacciones emocionales pueden coincidir con la intención del personaje que las provoca, o no. Y es precisamente en este punto donde podemos encontrar la explicación de los votos que se emitieron en las pasadas elecciones y concebir la esperanza de que los votos irracionales se puedan modificar para que la política pueda salir del lodazal donde intentan ahogarla y brillar otra vez en la instituciones por su trabajo para levantar el país. Puesto que la política hoy no cuenta para casi nadie, la explicación solo puede encontrarse analizando a los  protagonistas del drama y a quienes sucumbieron a la catarsis provocada por los unos y los otros.

Pablo Casado aparece en escena como héroe del Partido Popular y en su primer monólogo  recita una larga serie de epítetos acusadores e insultantes contra su enemigo político; Pedro Sánchez, cómo no. La mayoría se sorprende. ¿Cómo se atreve ese hombre a soltar semejantes barbaridades contra el presidente del gobierno? ¿No teme una demanda por difamación? Los menos formados llegan a la conclusión más ordinaria: si acusa a Pedro Sánchez de todas esas lacras y  fechorías sin miedo a que le demanden, algo habrá de cierto en sus acusaciones. Pero los más observadores reparan en una desconcertante contradicción. Casado desgrana sus acusaciones e insultos terribles con una sonrisa. Su cuerpo envarado no revela la más mínima agitación. Las cualidades de felón y traidor, por ejemplo, que atribuye a Pedro Sánchez, no parecen conmoverle, no le alteran ni la sonrisa ni la pose. O sea, que su cuerpo y sus gestos desmienten sus palabras rotundamente.  Los más observadores  empiezan a dudar. Cuando en intervenciones sucesivas Casado persistió en acusar e insultar a Sánchez con la misma pose fotográfica, es muy posible que las dudas de los más observadores se fueran disipando hasta permitirles llegar a la conclusión de que el candidato del Partido Popular no era fiable.

Nada  ha cambiado desde la última campaña electoral. Pablo Casado, tampoco. Ha seguido acusando e insultando sin parpadear, sin que los gestos le hayan marcado la cara con una sola arruga. Lo que ha confirmado a los más observadores lo acertado de su conclusión. Pero no todos los espectadores tienen la misma disposición a fijarse en los gestos ni la misma habilidad para interpretarlos. Algunos habrán reparado en algo más abstracto, evidente solo para la facultad racional. En sus apariciones públicas, Pablo Casado apenas menciona su programa político, las ideas que piensa aplicar en un posible gobierno. El protagonista absoluto de sus discursos es Pedro Sánchez, las políticas de Pedro Sánchez,  como si Pedro Sánchez fuera la única representación  posible de la política en este país.  Entonces –se preguntan los más incisivos-, si para gestionar el país lo que necesitamos, evidentemente, es política, ¿a quién nos está diciendo Casado que votemos?

Quien todavía busca conclusiones puede que se haga otra pregunta. ¿Quiénes votaron a Casado, al PP? La respuesta es muy fácil; quienes no se detuvieron a analizar las evidencias, a hacerse preguntas, a buscar respuestas. Exceptuando a quienes le votaron para defender sus propios intereses, Casado obtuvo los votos de los votantes más irreflexivos, de quienes votan al dictado de sus emociones. Emociones como la fidelidad al partido al que habían votado siempre, fuere cual fuere el candidato; el miedo a una subida indiscriminada de impuestos porque dicen los partidos de derecha que la izquierda siempre los sube;   el miedo a una recesión porque también dicen que la izquierda destroza la economía; el miedo a que se rompa España porque dicen que Sánchez quiere romper a España; el miedo a que Sánchez llame y deje entrar más emigrantes porque hay millones esperando y la izquierda no solo les deja entrar, sino que les otorga más servicios sociales que a los españoles.  Si se tratara de votantes muy jóvenes o de mayores con mala memoria, esos miedos desaparecerían con un vistazo a la historia de los gobiernos del PSOE. Para seguir la trayectoria de Sánchez en los pocos meses de su gobierno bastaría consultar el  Boletín Oficial del Estado. Pero quienes votan a impulso de sus emociones no tienen tiempo para informarse, ni siquiera para pensar. Todo indica que Casado apelaba a este tipo de votantes, pero no tuvo en cuenta que, aunque a algunos parezca lo contrario, la gente irreflexiva no constituye la mayoría de la población. El PP se quedó con la minoría irrisoria de 66 diputados; 18 menos de los que había obtenido el PSOE en lo que se ventiló como el peor resultado de su historia, como el fracaso rotundo de Pedro Sánchez en las elecciones de 20l6. El PP obtuvo con Casado el peor resultado de su historia. Pablo Casado fracasó rotundamente en las últimas elecciones. Pero la sonrisa no se le alteró. Tras él llegaban un Albert Rivera jadeante y un Abascal lanza en ristre dispuestos a cualquier cosa por tocar el poder. Casado supo que esos dos serían su salvación. Lo han sido en ayuntamientos y comunidades autónomas. Con nuevas elecciones en el horizonte, Casado debe estar prendiendo velas a todos los santos de su devoción para que la suma de los tres le dé la victoria que no puede conseguir  él solo.

¿Quién es Albert Rivera? A juzgar por sus actos y palabras, pero sobre todo por sus gestos, es probable que ni él mismo lo sepa. Por su extraño modo de desdoblarse, Rivera recuerda a los personajes de la novela más célebre de Robert Louis Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Rivera empezó su carrera política como joven afable, serio y, sobre todo, muy limpio; tan limpio que en su primer cartel electoral se atrevió a aparecer desnudo, pero con las manos tapando púdicamente sus partes. Sus discursos en el Parlament de Cataluña en defensa del castellano alarmaron a los catalanes que habían sufrido la represión de Franco contra su lengua  y fueron recibidos con alegría por quienes se habían sentido discriminados por no hablar catalán. El joven sorprendió a los unos y los otros.  Cuando el catalanismo de espardenya y sardana de Pujol empezaba a oler a rancio, Rivera llegó como un viento fresco de primavera. Era entonces Jekyll, respetado y admirado por un número creciente de ciudadanos de Catalunya. Y probablemente hubiera probado las mieles del poder como President de la Generalitat si hubiera encabezado la lista ganadora cuando Puigdemont y los suyos asustaron a la mayoría y la mayoría dio la victoria en las elecciones  a Ciudadanos. Pero en ese momento de gloria, Rivera ya había empezado a jugar  en la selección nacional. Al Congreso llegó de la mano de sus protectores con la bonhomía y el discurso de un Jekyll prometiendo regenerar la política del país. Y un día, de repente, como si se hubiera bebido la pócima que sacó a la superficie lo peor de la naturaleza que Jekyll ocultaba dentro de sí, Rivera se convirtió en el horrísono Mr. Hyde. El que prometía regenerar la política sostuvo con sus votos, durante toda la última legislatura de Rajoy, al partido más corrupto de la historia de España. ¿No temía perder la aprobación de los votantes que le auguraban las encuestas? La temeridad de Hyde pudo más que la prudencia de Jekyll.

Como en la novela de Stevenson, la transformación esquizoide de Rivera se manifestó en su físico al modo de  la etapa en que el buen doctor no pudo librarse de su diabólico alter ego ni con la pócima que le devolvía su personalidad.  Cuando Rivera habla como Jekyll proclamando valores morales y prometiendo regeneración, las manos se le descontrolan con la furia de Hyde y tiene que sujetarlas apretando los dedos. Sus ojos empiezan a vagar con la mirada nerviosa del que teme ser descubierto. Sus cejas se mueven con gestos incongruentes que no  corresponden a los silencios ni al discurso. Poco a poco, Hyde va sofocando a Jekyll y cuando, por  uno de esos giros imprevisibles del destino, Pedro Sánchez accede a la cúspide del poder desbaratando sus sueños, Hyde aplasta a Jekyll e impone su maldad. Rivera pierde la orientación por completo. Ya no sabe quién le empuja. La memoria le permite repetir su argumentario de centro moderado a lo Jekyll, mientras Hyde se burla de su discurso y le empuja a decir disparates contra Pedro Sánchez. Del primer lugar que le auguraban las encuestas, Rivera termina en tercero. Los votantes no han creído en Jekyll y el miedo no les ha hecho caer tan bajo como para aceptar a Hyde. Hyde responde a los resultados aceptando la ayuda de la ultraderecha infrahumana para conseguir vicepresidencias. ¿Quién votaría hoy por Albert Rivera? Quien no dedique ni cinco minutos a estudiar sus gestos ni diez a descubrir con hechos sus mentiras.

Como tercera incógnita en las posibles elecciones, queda Pablo Iglesias. El líder de Podemos no nos lleva a evocar a un personaje de la literatura universal porque su personalidad es tan simple que a ningún escritor le inspiraría una novela. Lo de Pablo Iglesias es un típico caso de narcisismo y nada más.  Se vio al frente de un gran movimiento de ciudadanos desesperados por las consecuencias de la depresión y montó mítines y asambleas como un drama del que se erigió en protagonista. Pronto se fijaron en él los mandamases de la prensa escrita, radiofónica y televisada. Dicción perfecta, discurso ordenado y fluido, gesticulación contenidamente dramática, el joven tenía las cualidades para arrastrar audiencias. Habría sido un buen actor, pero resulta que es político y ventila ideas de extrema izquierda. A cierta élite de este país le parece todo un hallazgo. ¿Quién mejor que una figura histriónica   que sabe utilizar cejas, ojos y brazos para comunicar con pasión un mensaje de comunismo universal; quién mejor para eclipsar al soso de Pedro Sánchez que solo desgrana programas y proyectos sin pensar que la política no le interesa a nadie? En 2015 se monta una gran campaña mediática para meter en todas las casas al nuevo ídolo de la izquierda más izquierda, mientras a Sánchez solo se le menciona para relatar los intentos de los capitostes de su propio partido para triturarle. Iglesias tiene un ascenso meteórico. ¿Por qué resulta tan fugaz como el de esos actores y cantantes de un solo éxito? La respuesta también es simple. Porque la egolatría empuja a Iglesias a creer que, haga lo que haga y diga lo que diga, nadie podrá resistirse a  su capacidad de persuasión. Empieza por echar de su partido, de un modo u otro, a cualquiera que pueda hacerle sombra y termina por exigir vicepresidencia y ministerios para apoyar a un partido que le triplica en votos. Encima, amenaza al gobierno al que aspira a entrar, con fiscalizar y criticar todo lo que haga.

Hoy a Pablo Iglesias solo le queda la esperanza de conseguir un éxito fulgurante en los mítines de la próxima campaña que le permita sugestionar a la mayoría de los votantes de izquierdas para que se olviden de Sánchez y le voten a él. ¿Quiénes le votarán? Probablemente los jóvenes que se lo pasan bomba en los conciertos y los viejos que se lamentan de que en su juventud no hubiera conciertos así. Tal vez, también los viejos fieles al comunismo de sus padres y de su propia juventud que quieran creer que Pablo Iglesias es, de verdad, comunista. Pero de los creyentes en utopías y en predicadores utópicos ya quedan pocos.

Pongo algo sobre Abascal para que alguien no me diga que le hago brillar por su ausencia. Su personalidad y sus ideas me recuerdan el título de una obra de arte, solo el título y lo que significa; En busca del tiempo  perdido, que me perdone Proust. Abascal busca reconstruir su existencia en un pasado imaginario. A bote pronto se le acusa de querernos arrastrar al pasado franquista, pero un análisis más profundo de lo que predica demuestra que su destino, que el destino que persigue para todos los españoles está mucho más lejos. Abascal quiere un mundo de homínidos libres, libres de frenos intelectuales y morales, libres,  sin otra preocupación que la lucha por la mera supervivencia y la reproducción de la especie. En ese mundo, los machos españoles volverían a disfrutar el gozo de ver sobre los lomos de los animales la sangre que han hecho brotar sus lanzas, sin sufrir la reprobación de los blandengues modernos;  el gozo de pegar a las hembras para reafirmar su poder, de arrastrarlas al lugar que más les apetezca para descargar en ellas el fecundo fruto de sus gónadas a placer, sin que aparezcan hordas de marimachos para defenderlas. En ese mundo, el extraño que osara asaltar territorio ajeno tendría que pagar la intromisión con su vida  porque no habría crimen más execrable que el de poner en peligro la pureza de la tribu.

Pues bien, cada cual es muy libre de montarse a su gusto el paraíso o el infierno en el que quiere  vivir. Claro que Abascal pretende que todos los españoles acabemos viviendo en su selva prehistórica, como la que anhela Salvini para los italianos  y otros sapiens por el estilo para los suyos.  Y los españoles, ¿qué dicen? Dice la mayoría que el ascenso de Vox y su entrada en las instituciones le da pánico. Tranquiliza pensar que la inmensa mayoría de los españoles no tiene ningunas ganas de renunciar a los siglos de evolución que nos han convertido en seres humanos civilizados. Pero esa certeza no debe hacernos ignorar ni olvidar que Vox puede tener en sus manos  el éxito o el fracaso de Casado y Rivera, como se ha demostrado, por ejemplo, en Andalucía y en Madrid,  y que con esa llave maestra, Vox puede provocar el hundimiento de España en la miseria moral y en la ignominia.

Considerando el perfil psicológico de la mayoría de los líderes de este país y la ambición y los intereses  que les llevaron a la política y en ella les mantienen, es muy posible que tengamos que volver a votar. Ninguno de esos líderes se resigna a que Pedro Sánchez dirija el gobierno de España durante cuatro años y a saber cuántos años más si cumple sus promesas. Todos ellos sobreviven en sus puestos alimentados por la esperanza: Iglesias, de arrasar y sacar tantos diputados que obliguen a Sánchez a humillarse y concederle todo lo que le pida; Casado, a ganar  unos cuantos votos más y sumar hasta la mayoría con sus socios para  desalojar al socialismo de La Moncloa. En cuanto a los ciudadanos, avisados están. Les queda tiempo para analizar a los candidatos y decidir cuál de ellos le resulta más afín. Puede ser un ejercicio interesante y hasta divertido. Y quién sabe, hasta es posible que ese juego de análisis psicológico ayude a quien lo emprenda a conocerse mejor a sí mismo.

¿Votar con la cabeza o seguir retorciéndonos como renacuajos en el mismo charco? Esa es la cuestión.

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2 comentarios sobre “Votar con la cabeza o retorcernos como renacuajos

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