Parece un milagro

(Publicado en La Hora Digital el 1 de mayo de 2019)

El lunes nos despertamos con la costa limpia y el horizonte despejado. El triunfo del PSOE demostró, a quienes anhelaban un milagro, que los milagros existen. El triunfo de Pedro Sánchez nos demostró a todos que no hay escollo que la razón activada por la esperanza y la voluntad decidida al esfuerzo,­­ no sean capaces de superar.

Pero la misma noche del triunfo aparecieron unas nubes anunciando mal tiempo y unas manchas negras volvieron a amenazar la costa.

Sin dar a Pedro Sánchez ni unos minutos de descanso, los militantes y simpatizantes que habían ido a la sede del partido a celebrar el triunfo le conminaron a no pactar con uno. Al día siguiente, los financieros le advirtieron que pactara con el uno y no con el otro. El otro, con pocos votos y muchas ínfulas le ofreció pacto, pero con coalición. La prensa se lanzó a preguntar a todo cargo del PSOE con qué partido o partidos iban a pactar. Los analistas y comentaristas se entretuvieron haciendo pactogramas. La explicación es evidente. En este país, unos cuantos, movidos por diversos intereses, se han acostumbrado a vivir chapoteando en chapapote y no están dispuestos a tolerar queunos políticos empeñados en limpiar y regenerar la política vuelvan a acostumbrarnos a navegar con horizonte claro y mar serena. De lo cual se deduce que a unos cuantos les importa un rábano el presente y el futuro de España, es decir, de los españoles, porque les importa menos que un rábano todo cuanto no tenga que ver con sus propias barrigas.

Los militantes y simpatizantes que en la noche del triunfo gritaban a Sánchez “con Rivera no” dieron a todos ejemplo, más de pensamiento lógico que de perspicacia. No hace falta perspicacia para entender que un pacto de gobierno con un irresponsable que sólo tiene en la cabeza la intención de trepar hasta la cumbre a costa de lo que sea y que da muestras de tener en las entrañas prejuicios que tampoco le dejan vivir en paz, volvería a meter el país en un embrollo mucho más enredado y más sucio que el que sufrió desde poco antes de empezar la guerra hasta que le liberó la transición.

Durante toda la campaña, Albert Rivera y los suyos rivalizaron con PP y Vox en insultos y calumnias contra el presidente del gobierno poniendo en duda su legitimidad, y con ello, poniendo en duda la legitimidad de la Constitución misma. Sus escasas y superficiales alusiones al programa con el que Ciudadanos se proponía gobernar pasaron desapercibidas en medio de un discurso faltón, violento, que echaba carnaza al morbo y a la prensa. Su actuación en los dos debates mereció el aplauso de quienes prefieren las payasadas a los argumentos serios; la diversión, a la política. Parece, sin embargo, que lo más aplaudido de sus intervenciones públicas fue, como en las de Casado, su promesa de aplicar el artículo 155 de la Constitución contra el gobierno de Cataluña, aún sabiendo que esa aplicación en las actuales circunstancias sería anticonstitucional. O sea, que a lo largo de toda la larguísima campaña pre electoral y de la campaña legalmente dicha, Rivera demostró su voluntad de convertir la política en un lodazal y de mantener a la sociedad en un estado permanente de irritación prebélica.

Entonces, ¿qué les pasa a los que por escrito, por carta, por redes y por medios presionan a Pedro Sánchez para que diga que con Rivera sí? Los poderes financieros saben que Rivera ha sido, desde la fundación de Ciudadanos, una marioneta dócil a la que han podido dirigir sin problemas. Necesitaban a un joven con pinta de burgués, carrera terminada, que hablara bien, y el perfil de Rivera encajaba perfectamente en sus planes. Sobre todo, era obediente. Rivera debía convertirse en el líder del liberalismo en España, homologable con los liberales europeos. Así que le montaron un partido regional y, viendo que cumplía, catapultaron el partido a primera división.

Rivera siguió cumpliendo. Sus únicas promesas destacables en materia económica fueron la bajada general de impuestos y el contrato único; ambas medidas fáciles de envolver en papel de regalo para engañar a crédulos desinformados. Ese contrato único que Rivera vendía como solución a la precariedad laboral significaba, en realidad, que el empresario podía contratar al trabajador sin fecha de despido, pero que podía despedirle en cualquier momento con una bajísima indemnización. Rivera contaba con la ignorancia y la idiotez de sus oyentes para que se creyeran el cuento; oyentes que creen que ser liberal significa defender la libertad y que provocar un nuevo brote de independentistas y ponerlos en pie de guerra para defender su autonomía significa defender la unidad de España. Pero Rivera demostró que a su sagacidad de trepa se unía una planísima mediocridad intelectual que no le permite profundizar en el análisis psicológico de los votantes.

¿Creen, de verdad, empresarios y financieros, que a un tipo al que nadie confiaría ni la dirección de un bufete de abogados importante se le puede confiar el gobierno de España? Parece que ni se lo plantean. Para amasar dinero, la filosofía estorba; estorba cualquier tipo de reflexión sobre asuntos abstractos o metafísicos, o sea, que no tengan que ver con el modo de amasar dinero. Llegado al poder, Rivera bajaría los impuestos y abarataría el despido de inmediato y lo que hiciera después son monsergas que a los amasadores de dinero no interesan. Puede que hubiese que darle un toque para atemperar su obsesión contra Cataluña si el asunto pusiera en peligro la estabilidad financiera del país. Aunque lo más probable es que esa obsesión sea solo aparente, un modo de sacar provecho electoral a la exacerbación del patriotismo. La personalidad y la trayectoria erráticas de Rivera hacen sospechar que con tal de verse en un gobierno, le daría igual hacerse belga o lo que fuera.

¿Y el otro, qué? El entusiasmo por el triunfo de un partido socialdemócrata parece habérsele subido a la cabeza al partido que se considera de izquierda pura o de extrema izquierda, según quien lo mire. Igual que el triunfo de la investidura de Sánchez produjo un extemporáneo estallido de alegría en los diputados de Unidos Podemos, el triunfo del PSOE en las elecciones ha elevado a Pablo Iglesias de un salto a la cumbre de un futuro gobierno, desde la que se proclama vencedor.La vehemente proclamación de su triunfo en las redes por parte de exaltados seguidores es de un patetismo conmovedor. Resulta que Unidos o Unidas Podemos –ya es que me pierdo- tuvo cuatro millones de votos menos que el PSOE. Resulta que obtuvo cuarenta y dos diputados, veintinueve menos de los que tenía. Pero resulta que esos diputados le dan derecho a que Sánchez les meta en el Consejo de Ministros con las carteras que pidan porque los siete millones, cuatrocientos ochenta mil votos que obtuvo el PSOE, los obtuvo gracias a Pablo Iglesias y su UP.

Hace tiempo que el narcisismo de Pablo Iglesias convirtió a un partido que prometía en una especie de secta consagrada al culto a la personalidad de su líder. En los dos debates televisivos, Iglesias sorprendió con un discurso que hacía suponerle cierta madurez. Según la interpretación sentimental de algunos medios y del propio Iglesias, la paternidad y el cuidado de sus hijos le habían hecho madurar. Pero la campaña electoral le devolvió a la locura, como le ocurrió a Alonso Quijano al decidir la segunda salida de su aldea a enderezar tuertos. En sus mítines, Iglesias se adjudicó todos los logros en política social del gobierno de nueve meses de Pedro Sánchez, en el que, por cierto, él no estaba. Y después de alabar esas medidas promulgadas por un gobierno de izquierdas ya que él mismo había forzado al presidente a promulgarlas, pasó a afirmar que ni el gobierno ni el partido del gobierno eran de izquierdas y que no había que votarles porque pactarían con un gobierno de derechas. O sea, que el presidente del gobierno había sido una marioneta en sus manos que había hecho todo lo que Iglesias le había mandado hacer, pero no se le debía votar porque había gobernado muy mal y si fuera elegido, haría otra cosa. En fin, que los que votaron por Unidas Podemos abominaron de la cordura y de la madurez necesarias para gobernar un país con la esperanza de que Iglesias llegara al poder y convirtiera a España en una especie de Shangri-La occidental del siglo XXI.

Sí que parece un milagro que en medio del desbarajuste político de este país apareciera de pronto un gobierno de gente seria y eficaz que se pusiera a trabajar de inmediato y siguiera trabajando en medio del ensordecedor guirigay de políticos trastornados y periodistas motivados a la caza desesperada de audiencias. Parece un milagro que unos ciudadanos sometidos a una manipulación constante reaccionaran el día de las elecciones y fueran capaces de distinguir el grano de la paja. Hubo millones, demasiados, que cayeron presa de la intoxicación. Pero la mayoría resistió y sí, parece un milagro. ¿Podrá repetirse el milagro el 26 de mayo? ¿Aparecerá una mayoría de ciudadanos responsables dispuestos a votar por los candidatos a alcaldes, presidentes autonómicos y parlamentarios europeos que les ofrezcan, al menos, cierta garantía de cordura, responsabilidad y voluntad de trabajar por la gente? Por lo pronto, el resultado de las generales nos demuestra que no estábamos dejados de la mano de Dios. Lo que nos servirá para seguir trabajando con fe. Con fe en Dios quien la tenga, o en la capacidad de los seres humanos para superar escollos gracias a su facultad racional y a su voluntad de esfuerzo, o fe en ambas cosas.

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2 comentarios sobre “Parece un milagro

  1. QUÉ clarividencia tiene Mª MIR; lo ve todo tan claro y lo explica tan fácil que me deja admirado cada vez que la leo, y cuánta verdad dice al retratar al RIVERITA -de torero-, y al perseguidor del cielo que se arroga los triunfos del PSOE Y CADA DÍA tiene la escalera con menos escalones; pero mas aún cuando retrata a los que quieren dirigir todo el cotarro sin presentarse a las elecciones, creando marionetas a su servicio.

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