¿Cómo competir con tantos agitadores de glándulas?

(Publicado en La Hora Digital el 23 de marzo de 2019)

Nos quieren engañar. Verdad de Perogrullo. Desde que nacemos, los que nos rodean nos quieren engañar de mala o buena fe. Nos engañan nuestros padres y parientes con mil subterfugios -entre ellos la historia de los Reyes Magos, brutal descubrimiento de la injusticia para el niño pobre que se porta bien. Luego intentan engañarnos los amigos, la pareja, los hijos, el vendedor a domicilio de productos mágicos, el director de banco que nos quiere endosar un producto financiero. Y a medida que vamos descubriendo engaños, nos vamos acostumbrando a engañar.

 

El engaño es requisito indispensable para vivir en sociedad. Si alguien dijera siempre la verdad y solo la verdad, sería exiliado a los márgenes, entre otras cosas, porque demostraría tener una pésima educación. Y, como ya descubrió el griego hace siglos, casi nadie quiere ni puede vivir excluido de su tribu.

Dice un personaje de la novela Theatre, de Somerset Maugham, que el teatro es la única realidad, que aquello que la gente llama el mundo real es solo fantasía. Parece una boutade pero, analizado a fondo, resulta sencillamente cierto. Los actores no mienten, declaman las palabras que se han aprendido de memoria, en cada función repiten más o menos las mismas y procuran comunicar, con más o menos talento, las emociones que exige su papel. En lo que llamamos el mundo real, cada cual va actuando según el papel que le exigen las circunstancias; cada cual vive según sus propias fantasías. Ya es difícil llegar a conocer a ciencia cierta la realidad que subyace tras las fantasías propias. Conocer a ciencia cierta la realidad tras las fantasías de los demás es prácticamente imposible.

Hace unos años, un político catalán quiso convertir la realidad política de su país en una obra experimental. Se rodeó de colaboradores y entre todos escribieron un texto al que llamaron Procés. El experimento consistía en representar la obra en las instituciones y en las calles consiguiendo que multitudes de ciudadanos hicieran de comparsa y, lo más inaudito, convencer a esas multitudes de que no se trataba de una obra de teatro sino de una realísima realidad que culminaría con la apoteosis de una República de Cataluña independiente. Les salió una tragicomedia. Trágica para unos héroes que acabaron en prisión por sobreactuar y para aquellos a quienes la representación no hace ninguna gracia porque imaginan el peor de los finales. Aunque por ahora parece que otra característica insólita del experimento es que ni tiene ni va a tener final.

Lo peor, sin embargo, es que los ciudadanos que hacen de comparsa –a los que los autores y directores de la obra llaman hiperventilados- han llegado a confundir el teatro con el mundo real y nadie es capaz de predecir adónde puede llevarles la confusión; a ellos y a los que no quisieron participar en el experimento, es decir, a Cataluña entera. Lo más curioso es que ni los unos ni los otros parecen interesados en conocer, con datos concretos y reales, cómo se montaría la República de Cataluña, qué pasaría con la deuda, con el presupuesto, con la educación, con el bienestar social, con la relaciones exteriores, con la relación con Europa. De los datos objetivos, de lo que la gente llama el mundo real, que se ocupen los políticos que para eso se les paga. La gente quiere entretenimiento.

Psicológicamente, el hábito de engañar y ser engañados explica la disposición de los ciudadanos a aceptar que los políticos intenten engañarles, aún cuando sospechen la mentira o cuando la realidad la desmienta. Los ciudadanos se vengan de los políticos engañándoles también con sus votos, haciéndoles creer que les han votado porque se han creído sus mentiras. No es que se las crean, es que, como el niño que ya se ha enterado de que los Reyes son los padres pero sigue haciendo creer que no lo sabe para no perder regalos, el ciudadano aparentemente crédulo vota por el candidato que más se le parece a un padre complaciente, vota a quien menos miedo le da.

Estas verdades de Perogrullo han simplificado notablemente el trabajo de los encargados de propaganda en la presente campaña pre electoral. El razonamiento es muy simple. Hoy la tecnología ofrece entretenimiento a casi todos a precios muy asequibles y hasta gratis en las bibliotecas públicas. Los políticos tienen que competir con series violentas, pornografía, youtubers imbéciles soltando paridas que reconcilian al espectador con su propia imbecilidad, árbitros ineptos que animan los partidos de fútbol y las posteriores tertulias provocando descargas de adrenalina. ¿Cómo competir con tantos agitadores de glándulas? Los suaves engaños de siempre ya no bastan.

Hay que mentir, y mentir a lo bestia. Hay que soltar mentiras brutales que lleguen al espectador como mazazos provocándole exhalaciones de admiración. Y esas mentiras no pueden limitarse a promesas que nadie se cree. Hay que difamar, insultar al adversario, inventarse consecuencias apocalípticas si el enemigo gana las elecciones. Así ganó Trump, el italiano, el brasileño, el húngaro, el polaco. ¿Por qué no remozar a España, ponerla a la moda de los países más importantes del mundo? Los catalanes, tan sensatos ellos y siempre tan vanguardistas han renunciado a la pesadumbre de la realidad aceptando la dictadura de los autores del Procés, y por ahora han conseguido que el amarillo se convierta en tendencia, en el color que se va a llevar este verano. Dentro de poco, tal vez los autores consigan aumentar sus resultados electorales porque la mayoría ya se haya acostumbrado al engaño de tal forma que ya no quiera volver a lo que antes del Procés era su vida normal.

Hace unos años, en España, personajes como Casado, Rivera y Abascal habrían escandalizado a la mayoría con sus mentiras brutales. Muy pocos se hubiesen atrevido a asistir a sus mítines por simple vergüenza. Hoy por hoy salen unos periodistas en una plaza pública leyendo un manifiesto que solemniza la mentira y la difamación, y un rato después vuelven a incorporarse a sus tertulias televisivas como si hubieran leído el evangelio. La decencia ya no se lleva, y la autoestima, el respeto a uno mismo, tampoco. Casado, Rivera y Abascal sueltan sus mentiras imposibles con sonrisa de suficiencia y pechos henchidos de orgullo patrio.

¿Alguien detecta que la patria que proponen es tierra de súbditos mezquinos que descargan la amargura de su miseria contra los extranjeros y las minorías, una tierra tenebrosa en la que solo podrían vivir a gusto los privilegiados de siempre? Si alguien lo detecta, no hace caso. Lo más seguro es que esas propuestas horribles no se cumplan porque si dicen tantas mentiras, es imposible que digan algo de verdad.

Ante tanta y tan horrenda permisividad, cabe preguntarse si hay algo en el panorama político que hoy se considere indecente. El trío de las derechas lo tiene muy claro. Lo más indecente es el buenismo. Buenismo es comprometerse a legislar a favor de las necesidades de los ciudadanos. Buenismo es procurar que en España convivan todos los españoles en un régimen de justicia social, de igualdad, de respeto a las minorías y a los llegados de otras tierras. Buenismo es concebir a la política como una actividad humana regida por valores humanos y orientada a aplicar los valores humanos en todas la medidas del gobierno. Pero entonces, ¿qué tiene de malo el buenismo? Casado, Rivera y Abascal responden con indignación: el buenismo quiere romper a España. La facultad racional no reacciona. Ante tamaño non sequitur, en algunas mentes se hace el silencio y en otras se escucha la voz de nuestro ínclito Chiquito de la Calzada gritando su inigualable “¿Comooooor?” Casado, Rivera y Abascal se explican. Los buenistas son los socialistas, socios de comunistas y terroristas y, además, anticonstitucionalistas.

Menos mal que el hábito de convivir con el engaño nos permite detectar la mentira sin dificultad. De no ser así, acabarían todos locos, y no solo los pobres catalanes.

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