Condenados a la autodestrucción

(Publicado en La Hora Digital el 9 de febrero de 2019)
Después de desprestigiar al Congreso de los Diputados y al Senado con insultos al presidente, Pablo Casado y Albert Rivera colman la paciencia de la democracia convocando a una manifestación para derrocar al gobierno. La desesperación de los dos por llegar al poder les ha desbocado. Esta semana, Pablo Casado soltó ante los medios injurias y calumnias contra el presidente del gobierno como no habían salido antes de la boca de político alguno, mucho menos de un jefe de la oposición. Albert Rivera corrió a repetirlas y a soltar otras para que no se notara el plagio, como de costumbre. El tercero se apuntó. Ya no cabe la menor duda de que la oposición populista de derechas basa su estrategia en menoscabar la política, la Constitución, las instituciones, la democracia; en menoscabar el país.

Hace no mucho tiempo, unos generales se rebelaron contra el gobierno legítimo de España. Como tenían armas y ejército, causaron una guerra civil, cientos de miles de muertos, de exiliados, de represaliados. Casado, Rivera y, ahora, el otro, cuentan con un arma más moderna; el tirón mediático, la capacidad de atraer audiencias. El tirón mediático depende, al principio, del caso que hagan lo medios a los aspirantes a famosos. El resto depende de lo que el candidato a la fama sepa hacer ante cámaras y micrófonos. Si la interpretación y el postureo se le dan bien, contará con tiempo radiofónico y televisivo para convertirse en estrella. En eso están Casado, Rivera y el otro. No parece peligroso, no tanto como bombarderos, tanques y fusiles; pero tampoco es tan inocuo como parece.

Ya pasan del ciento los estudios que se han hecho sobre los efectos en el cerebro de las pantallas en las que la mayoría de la población busca entretenimiento, evadirse de los afanes cotidianos, poner un poco de color y picante al gris soso de su vida. Lo que sale en la pantalla del televisor o del móvil produce un efecto hipnótico sobre la facultad de razonar y la facultad de razonar se va atrofiando por falta de uso. En lenguaje cientificista, las neuronas se van desconectando y el cerebro se convierte en una máquina de recibir información y almacenarla desordenadamente sin haberla procesado. Cuando la mayoría de los ciudadanos de un país cae en el hábito de entregar todo su tiempo de ocio a la evasión que le proporcionan las pantallas, mentalmente se disuelve en una masa que solo piensa en lo estrictamente necesario para la supervivencia; una masa acrítica fácilmente manipulable.

Contar con una mayoría de individuos a los que podría llamarse políticamente descerebrados es el sueño de todo político populista; ese político que no ofrece a sus posibles votantes un programa sobre el que reflexionar y debatir, sino promesas que satisfagan sus deseos y discursos dramáticos que estimulen sus glándulas. El único pecado mortal que no puede cometer este tipo de políticos es aburrir.

Nadie puede acusar a Casado, Rivera y al otro de ese pecado. Su triunfo en las elecciones andaluzas demostraron, ya si duda alguna, la efectividad del populismo en las mentes atrofiadas por la falta de reflexión. Los tres compitieron durante la campaña a ver quién la decía más gorda, como si los tres hubieran salido de la academia de oratoria de Alfonso Guerra. Y los tres ganaron. ¿Cuántos andaluces de los que votaron a una de las tres derechas pensaron que iba a caerles encima la privatización de la sanidad, de la educación, de todo lo privatizable? ¿Cuántos de los que esperan con ansia o por empatía la exhumación de un fusilado votaron a quienes se comprometían a abolir la ley de memoria histórica? ¿Cuántas mujeres olvidaron sus derechos votando a los que se burlan de los derechos de las mujeres o denuestan a sus defensores? ¿Cuántos se abstuvieron de votar porque de todos modos iban a ganar los de siempre o porque los de siempre llevaban demasiados años gobernando o porque todos los políticos son iguales y para qué se va uno a molestar en ir a meter un voto en la urna? Es posible que al sufrir las consecuencias del resultado, muchos de esos tantos se pregunten en qué demonios estarían pensando a la hora de votar o de decidir no votar. La respuesta es brutal, pero cierta. No pensaron, no estaban pensando en nada que tuviera que ver con su futuro y el futuro de sus vecinos. En el momento de entregar su futuro y el futuro de sus vecinos a quienes tendrían el poder de decidir la calidad de sus vidas, el asunto les pareció mucho menos importante que el desenlace de la serie que iban a ver esa noche o los mensajes que les estaban llegando por whatsapp. Si los célebres sociólogos Durkheim y Weber vivieran hoy, probablemente incluirían el voto irreflexivo entre los ejemplos que estudiaron sobre conductas autodestructivas. Los dos llegaron a la conclusión de que los progresos económicos y sociales causan pérdidas existenciales que conducen a la autodestrucción. Lo que no podían imaginar es que los televisores y los móviles causarían la pérdida de identidad que podría causar, a su vez, la disolución del individuo en una sociedad sin libertades ni derechos como las que imaginaron Orwell y Huxley.

Y bien, así hemos llegado a la manifestación convocada por los tres partidos de la derecha populista para defender a España, dicen, de las maquinaciones de un presidente de gobierno que quiere romperla para perpetuarse en el poder. Es una acusación tan absurda y se han comentado tanto los disparates de Casado, que el asunto apenas merece despacharse como cosa de locos o de individuos sin escrúpulos que han perdido toda contención por la prisa en llegar a La Moncloa. Las causas y consecuencias de un ataque de histeria que parece haberse contagiado a los medios y hasta a políticos de otro costal seguirán mereciendo sesudos análisis durante los próximos días y tal vez semanas. Lo que debe preocupar ahora mismo es la manifestación.

Será una manifestación festiva en la que los oradores competirán por decir lo más bestia. El público entregado agradecerá el espectáculo con aplausos, gritos, cantos. ¿Quiénes formarán ese público? El mismo que acude a las manifestaciones independentistas en Cataluña; los medio pobres, esa nueva clase que quedó cuando la crisis y las medidas de Rajoy acabaron con la clase media. Mañana, los asistentes a la manifestación podrán olvidar por unas horas su media pobreza sintiéndose integrantes de unos partidos que todos asocian a los ricos. Para muchos será todo un qué poner su foto en Instagram envueltos en una gran bandera de España desfilando al lado de una familia muy maja, papá, mamá y dos niños muy arregladitos. Los más atrevidos conseguirán hacerse un selfie con algún político conocido y volverán a su casa creyendo haber conseguido el no va más. Anda que no van a rabiar de envidia amigos, compañeros, vecinos cuando les vean entre un grupo de neoliberales con dinero suficiente para darse el lujo de pasar un domingo defendiendo la unidad de España.

La unidad de España no corre ningún peligro, ni con este gobierno ni con gobiernos sucesivos. Ni los independentistas catalanes tienen ganas de verse con la responsabilidad de montar un nuevo país. El auténtico peligro que todos los españoles corremos se mostrará mañana. Una multitud inoculada con el virus de la autodestrucción estará apoyando a los tres partidos que amenazan nuestra libertad y nuestros derechos, incluyendo la libertad y los derechos de los que se estarán manifestando sin pensar qué están haciendo allí. Si esa multitud consigue convencer a una mayoría de votantes irreflexivos para que voten en las elecciones generales a cualquiera de los tres partidos populistas de derechas, esa multitud que veremos mañana estará dando el primer empujón que mande a España, es decir, a todos los españoles a la mierda, a la misma mierda a la que llegaron sin remisión los americanos, los italianos, los húngaros cuando los votantes irreflexivos se condenaron a sí mismos y condenaron a todos sus compatriotas a soportar gobiernos de los que hunden a un país.

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