Gómez y Ortiz, dos conceptos del amor

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(Esta mañana publiqué estes artículo en mi bloc de política por prisa y por equivocación. Lo escribí para mi otro bloc: “Cosas de la vieja de la montaña”. Pero bueno, está bien aquí también, así que lo dejo).

Me desperté esta mañana y, como todos los días, encendí a tientas la radio que tengo en mi mesilla. Serían alrededor de las seis. Tengo un despertador infalible: mi perro. Filomeno no duerme en mi cama porque no quiere, pero a las seis de la mañana, más o menos, se sube a despertarme sin miramientos con toda la energía de su constitución de perrazo. Suelo tranquilizarle con una caricia en la cabeza y diciéndole ya voy, ya voy. El pobre quiere desayuno, pero sabe que tendrá que esperar un poquito mientras me tomo las pastillas que le dan vida a mi cuerpo, como las descargas eléctricas a Frankenstein, y voy al baño y me pongo la bata y me enchufo la radio portátil a las orejas para seguir oyendo noticias y comentarios de presentadores mientras bajo a la cocina y le pongo el desayuno al gato y me preparo mi café con leche y la bandeja con los sólidos que nos comemos en la cama mi Filomeno y yo escuchando tertulias.

Pues bien, esta mañana espabilé con más rapidez que de costumbre.  Después de un par de noticias, sale una periodista diciendo que la reina y Begoña Gómez son íntimas amigas, que entre ellas surgió feeling en el acto porque tienen muchas cosas en común, como por ejemplo, su asiduidad al gimnasio. Se me abrieron los ojos, se me crisparon los músculos de la cara, se me abrió la boca y se me proyectó ligeramente hacia adelante la mandíbula inferior; señal inequívoca, para mi que me conozco bien, de un súbito ataque de indignación.

Confieso que Letizia Ortiz me produce una antipatía visceral. Y digo visceral porque la razón me dice que cada cual tiene derecho a hacer con su vida lo que le dé la gana y que, por lo tanto, nadie tiene derecho a decirle a otro cómo tiene o no tiene que vivir.  La razón tiene toda la razón ya que es la facultad que nos permite analizar y adecuar nuestra conducta a la realidad. Pero nuestras emociones son una parte importantísima de la realidad, esenciales para que una vida sea plenamente humana. Descontroladas, pueden llevarnos y llevar a quienes nos rodean por la calle de la amargura, pero sometidas a un criterio moral, son el condimento sin el cual nuestra vida no diferiría demasiado de la de una ameba. Total, que Letizia Ortiz me produce una aversión insuperable que me consiento porque con ella no le hago ningún daño, ni a la susodicha ni a mi misma. Solo la pienso una vez al mes cuando veo su nombre y su estampa en el Hola, revista que en la peluquería me alivia la incomodidad del tinte en mi pelo y  la angustiosa sensación que me produce la pérdida de tiempo. Me resigno porque me anima ver a una vieja guapa y bien arreglada cada vez que me miro en el espejo. Ese aliento que me da mi pelo bien teñido y bien cortado gracias a una peluquera que es una artista, bien vale la incomodidad de tener la cabeza embarrada con una pasta fría durante media hora y el desagrado que me produce ver a  tantas mujeres en la revista luciendo modelitos, entre ellas, Letizia Ortiz.

¿Y qué me ha hecho a mi la pobre señora para que le tenga tanta manía? Una explicación exhaustiva requeriría profundizar en terrenos de la psicología, la ética y hasta la metafísica. En resumen, lo que me revienta es que una mujer a la que se le reconoce un alto nivel intelectual y profesional, renuncie a su carrera para convertirse en un adorno; que una periodista a la que podía augurarse una carrera brillante prefiriera pasar el resto de su vida caminando tiesa, como si se hubiera tragado un palo; dando la mano a miles de desconocidos; sonriendo a la plebe con expresión condescendiente a lo “mis queridos súbditos”.  O sea, una reina del siglo XXI perfectamente inútil.

Dicen que las niñas de mi generación soñaban ser princesas. Y debe ser verdad porque hasta a mi me pasó. Yo quise ser princesa a los 15 años cuando vi la película “Vacaciones en Roma”,  por una razón muy simple; me enamoré perdidamente de Audrey Hepburn. Pero lo que resulta comprensible y justificable en la adolescencia, en un adulto maduro puede ser signo de retraso emocional.

Se supone que Letizia Ortiz renunció a lo que era, y a lo que podría llegar a ser, por amor. Y se supone que por amor uno sea capaz de entregar hasta el alma, como dice la canción. El asunto resulta profundamente conmovedor como metáfora, pero la realidad objetiva no suele ser tan poética. Ayer por la tarde, una amiga me contó la anécdota de una conocida suya española que lleva varios años viviendo en Dubai, país al que tuvo que mudarse renunciando a todo lo suyo para seguir a su marido; es decir, por amor. Como se sabe, Dubai es uno de los Emiratos Árabes Unidos que se rige por estrictas leyes islámicas. Ayer, sin ir más lejos, apareció en medios internacionales la noticia de que en Dubai habían metido a una mujer en la cárcel con su hija por haberse tomado una copa de vino de cortesía en el avión que la llevaba a su país. Amores como los de Letizia Ortiz y la conocida de mi amiga, me alteran las glándulas y me congelan el corazón, porque dentro de mi se rebela mi condición de mujer.

El amor al prójimo, cualquier tipo de amor, tiene que surgir del amor  a uno mismo; dice la Biblia que lo dice Dios y lo dice, además, el análisis psicológico más superficial. Se dirá que la mujer que renuncia a todo por amor se quiere mucho porque no concibe la vida sin el ser amado. Lo que parece querer decir que vive por persona interpuesta. Para mi, y por abreviar, eso es ponerse los cuernos a sí mismo, suma deslealtad que suele pagarse muy cara y que, generalmente, pasa también factura a terceros inocentes. En el caso de Letizia Ortiz, por ejemplo, no es ella sola la que se fastidia teniendo que hacer de reina con todas la exigencias protocolarias y otro tipo de inconvenientes. Por su capricho, tendrá que hacer de reina su hija mayor sin libertad para elegir su destino.

Y bien, ¿qué tiene que ver la reina Letizia con Begoña Gómez? Imposible desglosar aquí el currículum de esta  señora acumulado durante veinte años de trabajo. ¿Quiere menos a su marido por no haber renunciado a su profesión por él? Quien diga que sí adolece de machismo, público o encubierto. Machistas sin paliativos son los políticos y periodistas, hombres y mujeres, que en estos días la han llamado enchufada y cosas peores por haber aceptado, desde hace meses, un cargo en el  IE Africa Center, una empresa privada dedicada a proyectos para el desarrollo de Africa. Su marido es presidente del gobierno, vale,  y por eso, ¿qué tenía que hacer ella? ¿Tragarse un palo, criogenizarse la sonrisa y pasarse seis o diez años dando la mano a desconocidos con nombres y cargos rimbombantes?

En esta España tan moderna todos nos hemos enterado ya de que Begoña Gómez es la mujer del presidente del gobierno, de que va al gimnasio y de que, encima, se ha hecho amiguísima de Letizia Ortiz porque tienen feeling. También nos dijeron el modisto que realizó el vestido con el que fue  Marivent, pero se me ha olvidado el nombre. En resumen, que ciertos políticos y periodistas de este país  tienen un tufo a potaje rancio que  no hay quien lo aguante.  Por cierto, ¿alguien sabe cómo se llama el marido de Merkel, a qué se dedica, si va al gimnasio y quién le viste?

Hace cuarenta años, por lo menos, que la mayoría de los españoles adquirieron la costumbre de ducharse todos los días. El hedor de las cavernas quedó atrás y atrás quedaron los hombres que arrastraban a sus mujeres por los pelos. ¿Qué aún quedan vestigios? Sí, claro, no todos los individuos de una especie evolucionan a la misma velocidad. Lo que no podemos permitir de ninguna manera, los evolucionados y evolucionadas, es que intenten atontarnos con propaganda tóxica para que nos dejemos arrastrar a la época en que todos olían mal.

Para concluir y por si acaso, no soy de los que quieren la república ya. Pero ese asunto es política y ya lo trataré otro día en mi otro bloc.

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