Ni tan ignorantes ni tan imbéciles

encuesta CIS

 

Hoy ha sorprendido a todos los medios la encuesta del CIS. El PSOE adelanta a los demás por varias cabezas. Todos buscaron explicaciones al fenómeno. Pero en agosto y bajo un calor achicharrante, no estaban los cerebros para hacer grandes esfuerzos. Los comentaristas, escritos y hablados, tiraron por las explicaciones más facilonas: la moción de censura, verse libre del PP, luna de miel con el nuevo gobierno que no ha tenido tiempo de equivocarse. Uno piensa que para parir obviedades tan aplastantes, más valdría a los blablableros ponerse a escribir cuentos o a contar anécdotas.

La situación política en este país se ha convertido en una especie de batalla medieval en la que unos brutos intentan derribar al adversario con bolas de pinchos. Para describir lo que está ocurriendo, lo único que hace falta es  contar lo que se oye y lo que se ve sin perderse en abstracciones. Para explicarlo, solo hace falta no tener miedo a la verdad.

Pablo Casado fue elegido presidente del PP a base de estrategias y, tal vez, chanchullos que solo interesan a los del PP. Lo que nos importa, lo que debe importarnos a todos como ciudadanos, es que el hecho revela, una vez más, la profunda convicción que dirige las palabras y los actos de los líderes de ese partido; convicción grabada en la mente de todos ellos con el estilete de la experiencia. Los líderes del PP, de Casado abajo, están absolutamente convencidos de que los españoles del montón somos ignorantes y/o imbéciles, además de mentirosos, tramposos y proclives a la corrupción. ¿Está justificado tan execrable juicio? El PP ganó elecciones y las siguió ganando en ayuntamientos y comunidades autónomas cuando la corrupción de sus líderes ya era vox populi, mucho antes de que esos asuntos llegaran a tribunales. Si sus candidatos más corruptos y mentirosos no perdían votos, sino todo lo contrario, ¿qué pensar de sus votantes?

A nadie debe extrañar, por lo tanto, que los compromisarios del PP eligieran presidente a un hombre sospechoso de obtener títulos universitarios de modo fraudulento. ¿Quién en este país no vestiría su currículo con títulos importantes, si tuviera la oportunidad  de conseguirlos sin tener que quemarse las pestañas estudiando?, se preguntan los líderes del PP. Pablo Casado, con pinta de chico serio, pero simpático; elegante, pero moderno; con facilidad de palabra y arrestos para decir lo que cree que más le conviene sin el freno de los escrúpulos, tiene el perfil ideal para borrar del mapa al colega Albert Rivera, en todo semejante, pero sin un partido con la solera y la extensión del PP. Pablo Casado  da la imagen de ganador; infunde la idea de que quien se le adhiere, gana con él; convence, sugestiona. Al español del montón no le gusta perder ni a los chinos, y del perdedor, como  de la miseria, todos huyen.  No hace falta agobiarle con pesados razonamientos. Basta decirle que Casado va a ganar, para que vote a Casado y pueda presumir de haber votado al ganador. ¿Y si Casado resulta imputado, o investigado, como se dice ahora? No pasa nada. Con todo el partido en tela de juicio y luego investigado y condenado, la mayoría de los españoles del montón hicieron presidente con sus votos a Mariano Rajoy tres veces.

No puede extrañar tampoco que Pablo Casado se lanzara a la arena política con las armas de presidente del partido más votado de España, dispuesto a arrasar al intruso socialista y al vil imitador de la derecha costara lo que costara; aunque le costara la honra y el honor y cosas por el estilo que ni se comen ni dan de comer. No puede extrañar que se lanzara dispuesto a saltarse toda norma y escrúpulo moral. En la guerra, todo vale, y el español del montón, tan torcido y tonto él, todo lo excusa.

Pablo Casado anunció en su solemne investidura que haría una oposición muy dura. Pero ni dijo ni nadie imaginó que por “dura” entendía falsa, mentirosa, rastrera, hasta un punto tan lejano de la decencia que hasta los suyos se quedan con la boca abierta. Acusó a Pedro Sánchez, por ejemplo,  de recibir al “Aquarius” para hacerse la foto con los migrantes rescatados. Vaya pifia, pensó uno la primera vez que lo dijo, creyendo de buena fe que le habían dado una información falsa. Pero nada de eso. Repitió la acusación una y otra vez y la sigue repitiendo aunque varios periodista honestos no dejan de repetir que esa foto no existe porque Pedro Sánchez nunca fue a Valencia a hacerse una foto con los migrantes. Después de varias repeticiones y de ninguna rectificación, es evidente que Casado está aplicando el principio, atribuido al Ministro de Propaganda de Hitler. de que si una mentira se repite mil veces, acaba aceptándose como verdad. No le cabe duda de que el español del montón, tan mentiroso él, acabará  aceptando que Pedro Sánchez se hizo la foto y es probable que, para ganar una discusión en el bar, jure haberla visto con sus propios ojos.  Lo que sí hemos visto todos es la foto, o más bien las fotos, que Casado se hizo con los migrantes en Algeciras. Cuesta creer que un político que aspira a la presidencia de un país pueda llegar a tal exhibición de poca vergüenza.  Cuesta menos si uno recuerda que en la literatura española, el pícaro empezó a brillar en el Siglo de Oro y que desde entonces se considera a la picaresca como un género insuperablemente español. Casado sabe que puso en evidencia su  hipocresía, pero su convicción y su experiencia le dicen que muchos españoles del montón admirarán la enormidad de su morro y su ilimitado atrevimiento.

Casado ha dicho a la prensa que Sánchez se ha vendido a los independentistas y que piensa advertirle que no tolerará que rompa España. Eso nos sitúa en otra parte del campo de batalla y ante una situación cómicamente absurda. A la cabeza del enemigo, Carles Puigdemont, caudillo de la independencia de Cataluña por la gracia de no se sabe quién, galopa dispuesto a ganar la batalla al estado español a base de mentiras y espectáculos ridículos; las mismas armas de Casado. Diríase que la ideología les ha convertido en almas gemelas. Porque ambos dependen, para su triunfo, de la ingenuidad y la condescendencia con las malas mañas del español del montón. O sea, que ambos fundan su valor y sus esperanzas en la convicción de que los españoles del montón son ignorantes y/o imbéciles, además de mentirosos, tramposos y proclives a la corrupción. Tan convencidos están Puigdemont y los suyos que creen que décadas de corrupción de un partido se borran, a efectos electorales, cambiándole el nombre. ¿Quién se va a dar cuenta de que son los mismos? Sorprende que la idea no se la haya ocurrido a Casado, pero quién sabe si la acabará copiando en caso de que en el PP acaben investigados hasta los conserjes. Carles Puigdemont y Pablo Casado tienen tanto en común que tal vez no sea un disparate pensar que acaben poniéndose de acuerdo sobre la independencia de Cataluña. Tal vez a Casado no le parezca tan mal que haya otro estado en Europa gobernado por la derecha racista y xenófoba.

Pero, ay, que una realidad maligna les amenaza. Dicen las encuestas que Pedro Sánchez está en primer lugar en intención de voto. ¿Y si resulta que  los españoles del montón no son tan ignorantes y/o imbéciles , mentirosos, tramposos y proclives a la corrupción como podía deducirse de su manera de votar? ¿Y si resulta que aquella tendencia sado-masoquista que les hacía votar al PP en España y a Convergència con sus sucesivos nombres en Cataluña no era más que un trastorno mental transitorio provocado por el pánico que les produjo la crisis? Como las encuestas le sigan vaticinando la victoria a Sánchez, Puigdemont y Casado podrían acabar pidiéndole a Trump que origine otra crisis mundial. En una sociedad racional en la que prevalezcan los valores humanos, Casado y Puigdemont y los demás políticos de su calaña saben que no tendrían nada que hacer.

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8 comentarios sobre “Ni tan ignorantes ni tan imbéciles

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