Tentación

Hoy nos da los buenos días la noticia de que una presidenta de comunidad autónoma mintió atribuyéndose un máster que no había pagado ni cursado y que la mentira la apoyaba un expediente de la universidad falsificado por una funcionaria. Las buenas noches nos las dio ayer el cuñado del rey y sus diversos montajes para enriquecerse ilegalmente, chanchullos que el individuo justifica diciendo que todos sus asuntos financieros eran controlados por la casa real.

No creo que esta noticia le haya estropeado el sueño a nadie, salvo a los directamente interesados, ni creo que la de esta mañana le estropee el día a nadie que no sea del PP, de Ciudadanos o de la administración de la Universidad Juan Carlos I, si es que llega a afectarles. Son muchos, muchísimos años enterándonos a diario de noticias similares, hasta el punto de habernos convencido, por repetición, de que en la dimensión en la que habitan los políticos  no se permiten interferencias de la ética. Nadie puede acceder a esa dimensión lastrado por escrúpulos morales. El político que no utiliza la mentira con la soltura del cinismo; el político que no transige con un grado “razonable” de corrupción; el político que sostiene y defiende sus convicciones aún a costa de su propio perjuicio demuestra adolecer de una ingenuidad que le incapacita para acceder a cargos relevantes,   para desempeñar funciones de gobierno, para tener en sus manos el poder de incidir en la vida y hacienda de los ciudadanos.

Salimos de una dictadura en la que los poderosos gozaban de absoluta impunidad para hacer lo que les aconsejaran sus propios intereses. Entramos en la democracia sin dar crédito a la posibilidad de que los ciudadanos pudieran elegir a los gobernantes según su propio criterio y pudieran ejercer libremente un cierto control sobre los elegidos. Los años de pan, circo y palos nos acostumbraron a no inmiscuirnos en los asuntos de la dimensión en la que habitan los poderosos; nos acostumbraron a  buscarnos la vida como a cada cual daban a entender su inteligencia y su conciencia; nos acostumbraron a sobrevivir sin hacer ascos a los chanchullos que hicieran falta para mantenernos a flote. La democracia garantiza un cierto grado de libertad, pero no infunde decencia. Nos acostumbramos a la indecencia, a vivir como guarros en una sociedad equivalente, en sentido moral, a una pocilga.

¿Suena extremadamente duro y, además, no es cierto? En 2011, los votantes se lanzan en tromba a dar la mayoría absoluta a un partido que había gobernado a espaldas de los ciudadanos, a un hombre que como ministro de ese gobierno había mentido sin reparo ni mesura, sin tomarse siquiera la molestia de dar una disculpa o una excusa cuando la realidad le desmentía. ¿Le creyeron cuando prometía en campaña que subiría las pensiones? En ese caso habría que concluir, que, además de cómplices de la indecencia, los votantes que dieron el poder absoluto a ese hombre y a su partido son tontos de capirote.

Como cualquier persona medianamente inteligente podía predecir, la mayoría absoluta permitió al gobierno y a los legisladores del PP imponer leyes retrógradas que menoscabaron la democracia, como la ley mordaza y la ley de educación de Wert. Sin embargo, la mayoría volvió a votar al PP en 20015. Que esa mayoría no fuera absoluta, que  tres millones de votantes se arrepintieran de haber votado al PP, permitió a algunos concebir la esperanza de que nuestra sociedad empezara a regenerarse.  Pero en 2018, las encuestas nos dicen que la mayoría puede votar en las próximas elecciones por Albert Rivera, un mentiroso compulsivo, y Ciudadanos, un partido que se proclama liberal, lo que en plata significa capitalismo salvaje. A estos defensores a ultranza del nacionalismo español, del orden y mano dura, de dejar hacer a los que más tienen sin interferencias ni control. a estos dicen las encuestas que  quiere dar el poder la mayoría de una sociedad  que, después de cuarenta años, parece no haber superado aún la pérdida del padre protector, parece no atreverse a vivir en libertad, parece incapaz de librarse de una resignación paralizante que le impide exigir los derechos que constitucionalmente nos corresponden a todos.

Los medios, que todos sabemos controlados por los accionistas o por el gobierno, siguen con su propósito de convencer a la mayoría de que la izquierda no ofrece una alternativa fiable al gobierno de la derecha. Cuentan con que una sociedad inmoral, atontada y resignada no hará ni siquiera esfuerzos por entender a qué se llama hoy derecha o izquierda. A Pablo Iglesias, por ejemplo, se le presenta como líder de la izquierda radical. En Cataluña, sin embargo, defiende el derecho a la autodeterminación, es decir, a separarse de España si así lo decide la mayoría de los catalanes, postura que en Cataluña lidera, mayoritariamente, la derecha rancia y corrupta de la Convergència varias veces rebautizada. Esquerra Republicana de Catalunya también se pliega a Convergència reduciendo su nombre a nada más que un nombre. ¿Queda alguien por la izquierda? Para los medios, no. Pedro Sánchez, secretario general del Partido Socialista merece ser mencionado solo para decir que ha desaparecido, que no cuenta. Y es verdad, no cuenta porque ni suena en las radios ni ocupa portadas de periódicos ni aparece en televisión.

Será porque hoy es día mundial de la poesía, uno descubre algo poético en los valores socialdemócratas y el modo en que los defienden Pedro Sánchez, llevando sus propuestas por toda España, y Miquel Iceta, llamando a la racionalidad y la reconciliación en Cataluña. Porque la poesía es el más alto grado de evolución del  lenguaje y, por ello, la máxima expresión humana. Y la socialdemocracia es la más humana de las ideologías que inspiran la acción política. Los resultados electorales en todo el mundo desarrollado parecen confirmar la decadencia de la socialdemocracia. Siendo la socialdemocracia la defensa de los derechos y libertades de los ciudadanos, la deducción a la que llevan sus fracasos es espeluznante. ¿Quiere esto decir que la mayoría de los ciudadanos votan sin reflexionar sobre lo que les ofrecen los candidatos y la posibilidad de que cumplan o no sus promesas según la credibilidad que ofrezca su trayectoria?  ¿Quiere decir que el votante actúa como una criatura irreflexiva, una marioneta a la cual la propaganda puede manipular a su antojo? ¿Quiere decir que han triunfado los valores inhumanos del capitalismo salvaje y que la sociedad no puede seguir evolucionando en el camino de la humanidad? ¿Quiere decir, entonces,  que la mayoría se ha resignado a vivir como guarros en una pocilga moral, en un mundo inhabitable?

Uno que piensa tiene la tentación de renunciar al heroísmo que la situación política y social exige a las minorías pensantes para nadar contracorriente. Uno  se siente tentado a mandar a corruptos, cómplices y resignados a hacer puñetas  y encerrarse en su parcela ignorando a los demás, como cualquier egoísta de clase media, baja o medio alta,  satisfecho con la plenitud de su barriga y su aceptable posición social o a evadirse de la repugnante realidad construyéndose su propia utopía.  Pero cuando uno pone atención y distingue a todos los que siguen luchando por humanizar el mundo, por mantener viva la esperanza en que el ser humano siga adelante sin retroceder hacia las cavernas , la tentación pierde fuerza. Porque uno se da cuenta de que vive aquí y ahora y de que vivir exige seguir actuando aquí y ahora hasta que le llegue el momento de irse a la otra parte.

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Un comentario sobre “Tentación

  1. Como muy bien indicas en tu artículo :”la dimensión en la que habitan los poderosos”, es sin lugar a dudas, el meollo de la cuestión en la deleznable actuación que lleva ya más de 6 años este registrador de la propiedad, que piensa que es el ‘caudillo’ de la ‘honorabilidad’ y el ‘buen hacer’ en la cosa pública. Tengo la triste sensación de que los verdaderos políticos (que los hay)han decidido tirar la toalla ante la pocilga en la que nos encontramos.
    Un abrazo

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