En serio

Dice uno de sus abogados  que Puigdemont pedirá una autorización al Supremo para acudir al pleno de investidura.  ¿Por carta? Si alguien conoce un caso igual que me lo cuente.

Sigue diciendo el abogado que “cuando se dice Puigdemont o Puigdemont, se está diciendo democracia o democracia”. ¿Que democracia?

Los catalanes no votaron por Puigdemont en 2015; lo puso Mas. La mayoría de los catalanes no votó por Puigdemont en diciembre ni dice Puigdemont o Puigdemont. Pero tras largos años de experiencia, los políticos independentistas son expertos en la manipulación de conceptos. Cataluña es Puugdemont, como antes lo fue Pujol. Puigdemont es la democracia porque en la República de Cataluña no hay ley ni democracia extranjera que valgan. La nueva república tiene sus propias leyes, sus propios conceptos, y no reconoce ley ni concepto alguno que no sean los propios. ¿Los propios de quién? Dice Puigdemont que del “poble”. Puigdemont llama “poble” a la minoría que le vota y esa minoría es la que manda lo que dice Puigdemont porque lo dice Puigdemont.

La prensa internacional empieza a reconocer que Puigdemont está trastornado. ¿Lo están quienes le votan y quienes le siguen? El personaje fascina por su juego de estrategias para burlar las leyes de la democracia española y ridiculizar a su gobierno.

Muchísimos catalanes, resentidos por siglos de humillaciones, se ven reivindicados por el juego de Puigdemont. Pero quien conserva el uso pleno de su razón comprende que, por poca o mucha gracia que hagan sus locuras, las consecuencias de esos juegos para Cataluña, para los catalanes, son terribles. A ese se le han acabado las sonrisas que Puigdemont le provocaba al principio. Le ha vencido el hartazgo y la precupación por su futuro y el futuro de sus hijos.

Los incondicionales siguen riéndole las gracias, llenando las calles de esteladas y lacitos amarillos, manifestándose por cualquier cosa que les pidan Omnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana. La propaganda ha conseguido desatarles la histeria del adolescente que se niega a crecer, que se niega aceptar el paso del tiempo con su imposición de arrugas, canas y de responsabilidad de adultos. Es, en el fondo, la histeria que enloquecía a los adolescentes en los conciertos de Elvis Presley, por ejemplo; en los mítines de Adolf Hitler. Da miedo recordar  que esa histeria fanática persiste hasta que al personaje idolatrado le retiran las circunstancias.

¿Qué circunstancias retirarán a Puigdemont?

Dice que pedirá permiso al Supremo para asistir al pleno de su investidura. ¿Y si no lo pide? ¿Y si, arrastrado por su pasión al espectáculo, decide colarse entre las miles de caretas con su cara que se manifestarán ante el Parlament el día de autos? ¿Se imaginan el bombazo mediático que estallaría en el mundo entero si cientos de guardias civiles corrieran desesperados quitando caretas y, antes de que consiguieran revisar todas las caras, Puigdemont apareciera triunfal en el hemiciclo y se quitara la careta con un gesto dramático, bienvenido por el estruendoso aplauso de los suyos? La risa puede ser universal, acompañada por esa alegría empática que produce el triunfo del “underdog”.

¿Y después qué? Nadie puede predecirlo porque la siguiente jugada depende de una mente irracional. Lo que sí se puede predecir sin ningún temor a equivocarse es que a Cataluña, a los catalanes, no habrá quien vuelva a tomarnos en serio hasta que desaparezcan de este mundo los últimos que puedan recordar esta etapa esperpéntica de nuestra historia.

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3 comentarios sobre “En serio

  1. Esto, que empezó como una aventura independentista, que se sabía imposible, pero que pensaron que poco a poco, podrían ir metiendo en todas las mentes de los suyos y las anémicas del resto, empezó con el cabreo, pasando por momentos al aburrimiento y después al hartazgo.
    Ya, tanta tontería, tanto infantilismo, fanatismo… cabrea, aburre y harta, todo junto.
    Un movimiento del que nunca he sido partidario, ahora me está convirtiendo en enemigo acérrimo. Otro fanático más, pero con la polaridad contraria.
    Han conseguido que sienta verdadera náusea, cada vez que se anuncia un nuevo movimiento y les veo por la caja tonta.
    Lo siento por aquellos que pueda molestar, pero si digo la verdad, ahora ya me dan asco. Un asco que no recuerdo haber sentido, más que por algunos políticos PPeros.
    Estos, superan la resistencia de cualquiera. Al menos, han conseguido superar la mía.
    Por supuesto, sigo queriendo y hasta admirando a los catalanes. Quizás aún más que antes, a los que más los sufren y siguen manteniéndose firmes en la cordura y la solidaridad con todos los pueblos de España.

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  2. Los sainetes de Carlos Arniches tenían mucha gracia, El Trcicle tienen mucha gracia, Eugenio q.e.d. tenía mucha gracia, Arniches era alicantino, el Tricicle y Eugenio catalanes. No es fácil ser catalán y ser gracioso, son más de seriedad y seni, o eso creía yo hasta que conocí a Puigdemont y sus palmeros.
    Por eso “Hablando en serio” me cuadra más, porque hay cosas que no se pueden tomar a risa, por más que nos provoquen hilaridad, el juego del gato y el ratón está muy bien para chiquillos, todos hemos jugado a eso cuando eramos infantes, pero cuando llega la hora de la responsabilidad, de la serenidad y el sentido común, todos cambiamos y lo aceptamos. Un hombre gris, insignificante intelectualmente, se ha propuesto poner en evidencia a su tierra y por extensión a toda España.
    No tiene gracia, ninguna gracia, al igual que tampoco la tienen todos esos tuiteros hiperventilados que le secundan, dicen odiar todo lo español y no se cortan a la hora de descalificar a los que no pensamos como ellos. Me dirán que son pocos comparado con el número de habitantes de Cataluña, cierto, pero hacen mucho ruido, un ruido que les impide oír a los demás, a razonar, porque hablan y escriben desde las vísceras y no desde el cerebro, ese órgano tan poco aprovechado por los fanáticos de uno y otro signo.
    Yo no odio a Cataluña, no conozco a nadie de mi entorno que lo haga, lo único que pedimos es que se cumplan las leyes, que la Constitución, con todos sus defectos, se cumpla, y a partir de ahí podemos dialogar y mejorarla.
    Tratar de burlar la ley, de inventarse una ad hoc y tratar de imponerla, eso se llama rebelión, sedición y atentado contra los principios democráticos de un país, porque la democracia no se construye dividiendo, enfrentando, la democracia se construye con leyes y con respeto a esas leyes.
    Puigdemont podrá hacer lo que le venga en gana, es lo que está haciendo desde que huyó de España, podrá soltar todas las soflamas que guste, incluso presentándose mañana en el Parlament para que todo el mundo vea en directo como es detenido y puesto a disposición de la justicia, pero nunca, y digo nunca, tendrá la autoridad moral para presidir ni su comunidad de vecinos, cuanto menos La Generalitat.

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