Carles Puigdemont: “Mi cabeza por un trono”

Carles Puigdemont recuerda a aquel  Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, que vivió toda su vida adulta y se fue de este mundo aspirando a un trono que, según él, le habían robado ilegítimamente. Don Carlos nunca aceptó que su hermano, el rey, publicara la Pragmática Sanción, aprobada por las Cortes en 1789; ley que permitiría a su hija Isabel heredar el trono España. La Pragmática Sanción era legítima y legal desde el momento de su publicación, pero Don Carlos, con su particular idea de la legalidad, decidió negarle  validez y movió a sus partidarios a iniciar una guerra en tres etapas, con diversos alzamientos y guerrillas entre medio, que cubrió de sangre  el País Vasco, Navarra y Cataluña durante cuarenta y tres años.

¿Qué tendrá que ver con el infante Don Carlos un alcalde de provincias que llegó a la Generalitat de rebote? Se trata de una analogía que admite todas las salvedades posibles, por supuesto.

Elegido diputado por aparecer en el tercer lugar de la lista de JuntspelSí por Girona, Puigdemont fue elegido por Artur Mas para que fuera investido President, y lo fue el 10 de enero de 2016. Al día siguiente, el flamante President hacía su entrada solemne en el Palau de la Generalitat ante una escuadra de Mossos que le rendían honores como Comandante en Jefe de las fuerzas armadas catalanas. Tal vez  fue en  ese momento cuando, por misteriosas redes preternaturales, el espíritu de Don Carlos de Borbón descendió sobre  su alma poseyéndola plenamente.

Carles Puigdemont  se sintió cómodo en el trono desde el primer instante en que sus nalgas lo tocaron, tan cómodo que decidió que ningún poder de este mundo le iba a expulsar el culo de tan egregio lugar, aunque fuera el poder en pleno de todo el estado español. ¿Con qué fuerzas contaba para oponerse a las de España? Puigdemont y los suyos se pusieron a trabajar rápidamente para diseñar un Full de ruta en el que se detallara punto por punto la estrategia a seguir para ganar la guerra.

Tomando en cuenta la inferioridad numérica de los Mossos con respecto al ejército español y considerando que no era de esperar que potencia extranjera alguna ofreciera su ejército para  asistir a su  causa, Puigdemont y sus asesores comprendieron desde el principio que la guerra solo podría ganarla el poble de Catalunya. Concentraron, pues, sus esfuerzos en analizar la composición de tan abigarrado ejército, dividiendo a sus integrantes en grupos según su grado de adhesión. Los individuos que formarían la  tropa de vanguardia, la que se podía mandar al combate con solo pedírselo por redes y prensa, eran aquellos que, para entenderse, llamaron convencidos hiperventilados. Esos convencidos y otros que se pudieron convencer por el camino formaron la élite del ejército de la República de Cataluña tomando calles, carreteras, estaciones de tren, colegios electorales ilegales y hasta las calles de Bruselas. Es un ejército pacífico que se divierte agitando banderas, gritando consignas y cantando canciones patrióticas, pero resulta invencible ante las fuerzas del orden españolas; policías sin recursos para enfrentarse a los móviles de la multitud dispuesta sacar fotografías en cuanto un uniformado con material antidisturbios aparece blandiendo una porra.

¿Quiénes son los hiperventilados? ¿Quiénes forman el poble de Puigdemont? Curiosamente, una población muy similar a la de los carlistas del siglo XIX: pequeños propietarios, el clero, lo más tradicional y conservador del mundo rural. En lenguaje moderno, los carlistas serían la derecha en oposición a los liberales, que serían la izquierda.  Pero, ¿no obtuvo Puigdemont la investidura gracias a un partido de extrema izquierda radical? Cuando se trata de conservar el trono no se le hace ascos a nada ni a nadie.

Y fue así como se desató la primera guerra carlista en la Cataluña del siglo XXI. Hasta ahora no ha habido muertos. Todavía no está el poble para sangre de verdad. Pero en el momento en que Carles Puigdemont anuncia una pronta separación de España, se rompen las hostilidades entre los catalanes dividiendo familias, separando amigos, enemistando a vecinos. Se diría que el ambiente está preparado para estallar si Carles Puigdemont recupera su trono y sigue dirigiendo la guerra desde la presidencia de la Generalitat durante cuatro años más.

¿Es esto posible? Puigdemont cree que sí. Exiliado en Bélgica por voluntad propia, sigue considerándose President de la Generalitat, y como tal se presenta ante los gobiernos europeos esperando que le otorguen la legitimidad que las leyes españolas le niegan. Su futuro y el futuro de Cataluña siguen dependiendo del poble, ese poble mayoritariamente rural que, representado por sus alcaldes,  hace poco rindió honores en Bruselas a su President depuesto en una escena que, de haber ocurrido en otro recinto, nos hubiera catapultado hacia atrás, a los tiempos del medioevo.

Siglo XII o siglo XIX, qué más da. Puigdemont vive fuera del espacio y del tiempo. Algunos dicen que ha perdido la cabeza. También la perdió Don Carlos por el trono de España.

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2 comentarios sobre “Carles Puigdemont: “Mi cabeza por un trono”

  1. Nunca, por más que lo intente, Puigdemont podrá demandar legitimidad alguna para presidir una República independiente catalana.
    Para empezar, y como bien dices en tu artículo, jamás ha sido elegido para ser president. Fue elegido digitalmente por un presidente inhabilitado, por sus supuestas corruptelas, ya que como dices, había concurrido a las elecciones como número tres de la lista, y como sabemos, a alguien que se trata de elegir como president, nunca ocupa ese puesto en la lista.
    Era un hombre oscuro, que fuera de Catalunya, no lo conocía nadie. Su historial, había sido ser alcalde de Girona, Una ciudad de casi 100.000 habitantes. De su trayectoria como alcalde, poco se sabe. No debió tener una trayectoria muy sobresaliente, ya que, como dije antes, no era especialmente conocido .
    Y de golpe, por arte de birlibirloque, (birlibirloque=dedo de Más) se vió convertido en molt honorable. Algo para lo cual era muy pequeño. (Aunque no más que Mas o Pujol). Pero eso ya le hizo sentirse la reina de los mares, y no conformándose con ser president, quiso “más”; ser emperador de las naciones catalanas.
    Del resto, tenemos que responsabilizarnos los ciudadanos de a pié, que le elevamos a los cielos del catalanismo nacional-independentista.
    Si fuésemos algo conscientes, deberíamos dejarle de nuevo en el suelo. Si así lo hiciésemos, (bueno, los catalanes), quizás le libraríamos de bajar estrellándose.
    Por ahora no ha habido sangre. Espero, deseo y no creo que la haya. Pero si las cosas se llevan a extremos extremos, (esto si que es una redundancia) nada es descartable. Ya hay alguien como Borrell, que si la Historia Interminable, continúa mucho en el tiempo y ganando intensidad, podría haberla.
    Esperemos que, aunque reine el fundamentalismo durante mucho tiempo, nuestro poco sobrado buen juicio, nos dé algo de lucidez para evitarla.

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  2. Muy acertada la analogía, María, un artículo entretenido y que viene muy bien para desengrasar de tanto blabista televisivo.
    Puigdemont es un juguete roto, un alucinado que terminará sus días, o bien en el exilio o en una cárcel del estado español, aunque cabe la posibilidad, nada despreciable, de que termine con un gorro de papel y una espada de madera recorriendo el pasillo de un frenopático proclamándose president del manicomio. No se lo deseo, pero veo que va por ese camino.

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