Amigos

Cuando recibí un mensaje de mi hijo el jueves, entre las 5 y 6 de la tarde, diciéndome que estaba corriendo por una calle de Barcelona, sólo pude contestarle: “Corre”. Su mensaje decía: “Cagant llets, mama. Cap a casa.”  Luego aparecieron frases de las que sólo capté palabras. Ni metro ni autobús. Ambulancias. Helicóptero. Collons.

No quise llamarle para preguntar. Mi alma estaba en sus piernas.  No quise detener sus piernas ni un instante. Esas piernas tenían que correr por donde fuera. Que nada interrumpiera su carrera por su vida.

Se me hizo un silencio absoluto, un instante de ese silencio que en la tierra no existe. Por un instante mi cerebro se encerró  como en una de esas cámaras que aíslan de todo sonido exterior. Un instante después, mi mente empezó a llenar el vacío con una avalancha de imágenes y mi cuerpo a reaccionar con una avalancha de sensaciones. El instinto de supervivencia de mi mente me llevó a la pantalla que tenía delante. Busqué Facebook. Escribí: “Mi hijo está bien aunque corriendo hacia su casa” o algo así. Empecé a clicar en todos los avisos de los periódicos a los que estoy suscrita. Me puse a compartir noticias teniendo de fondo a la Cadena SER. Tenía que mantener mi mente ocupada en algo que sirviera para algo. Ese era el único razonamiento que movía mi voluntad.

Y de repente, poco minutos, tal vez segundos después, empezaron a llegarme, en Facebook y Twitter, los comentarios de los amigos; amigos virtuales,  esos que los petulantes desprecian considerando falsa la amistad en las redes. Uno tras otro me comunicaba su alegría, me animaba, me aseguraba que mi hijo llegaría bien a su casa, todas esas frases que decimos para animar o consolar a un amigo cuando no podemos hacer otra cosa. Durante la espera infinita hasta que mi hijo llegó a su casa y me apareció su cara en la pantalla y su voz sonó diciendo que estaba bien, no estuve sola.

Mi hijo y yo hablamos,  mientras sonaban las sirenas, intentando librarnos del peso que nos asfixiaba. Cuando terminó la conversación, pensé enseguida en los amigos que me habían acompañado. Escribí rápidamente que mi hijo estaba a salvo y di las gracias a todos lamentando que no pudiesen ver hasta qué punto sentía el agradecimiento. Otra vez me abrumó una cantidad de comentarios de quienes compartían mi alegría. Otra vez, como tantas otras veces, reconocí en cada nombre, algunos conocidos por habituales y otros nuevos, a una persona, a un ser humano, que a solas en su casa se comunica con otro  para decirle que se ha puesto en su piel, que sabe y que comprende lo que siente, que está a su lado; lo más cerca que podemos estar uno del otro.

Al cabo de un rato, cuando la mente, agotada por la tensión, empezó a razonar en frío, aparecieron en mi memoria otros nombres, otras caras,  las del puñado de personas que debían haber aparecido y no aparecieron ni para preguntar; esas que, a saber por qué motivo, se declaran amigos para siempre, un para siempre que resulta ser un para siempre y cuando no interfiera en sus intereses, de la índole que sean. Aunque a algunos nos parezca increíble, fueron muchos los que ayer no se sintieron aludidos por lo que pasó el jueves en las Ramblas, muchos para los que la noticia fue una más de las que salen por la tele, una más que no tiene nada que ver con la minúscula parcela de sus vidas.

Comprendí que lo peor que podía hacer conmigo misma era dar pábulo a pensamientos dolorosos que se sumaran al horror por lo que había ocurrido. Me subí al coche como si me estuvieran persiguiendo y bajé a Lo Pont, el restaurante familiar donde como cada día. Allí volví a encontrar a los amigos. Cargados de trabajo, con el restaurante lleno, me prepararon una mesa y me dieron el calor que buscaba. De allí me fui al hotel Pessets buscando los ojos de una amiga en los que siempre he encontrado comprensión. Encontré lo que buscaba y algo más. Estaba por casualidad con su familia un hombre en el que siempre reconozco el pelo blanco brillante y abundante de mi abuela. El día me regalaba alguien de mi propia sangre, y el alma lo agradece porque la sangre fluye por un misterioso cauce común. Hablamos un rato en la terraza del hotel, y un rato aún más largo con su mujer y unos turistas de Barcelona que tomaban una copa en otra mesa; ambos empleados de El Corte Inglés a quienes no había pescado el horror porque ese mismo día habían empezado sus vacaciones en Sort. Volví a casa a una hora para mi intempestiva. Y a pesar de todo, pude dormir gracias a la receta del hijo mayor de los dueños de Lo Pont, una manzanilla con anís.

La tarde del jueves, el mundo no se detuvo en Las Ramblas. España tampoco. Brotó la solidaridad y la amistad con la fuerza de las emociones, pero también brotó el odio, la estupidez, la imbecilidad. A algunos les salieron los detritos que guardan en sus almas oscuras: xenofobia, etnocentrismo, nacionalismo,  antagonismos políticos; miserias de las que no pueden librarse ni un instante pase lo que pase.  Sus comentarios ensuciaron periódicos, Facebook, Twitter. Necesitan respuesta, no por la esperanza de hacerles razonar sino por la esperanza de que otros no caigan y se contagien de las mismas enfermedades. Pero será mañana. Hoy toca llorar de dolor por todos los que han perdido un ser amado y llorar de alegría por una buena noticia.

Hoy ha aparecido en un hospital Julian Cadman, el niño australiano de siete años que había desaparecido en el atentado de Las Ramblas. También su madre está en otro hospital, pero fuera de peligro. El padre está viajando hacia Barcelona. Quedémonos con este y con la certeza de que Barcelona está muy bien protegida, no solo por las fuerzas de seguridad. Está muy bien protegida por su gente. Ayer, unos vecinos de La Ramblas se enfrentaron a los neonazis que pretendían manifestarse contra los musulmanes.

El jueves, hoy y siempre, la vida nos va recordando que, a pesar de todo y de muchos, quien busca amor, lo encuentra, y que quien da y recibe amor vive, día a día, la mayor gloria de la condición humana.

PS. Después de noticias y desmentidos, hoy han confirmado que Julian Cadman está entre los fallecidos. No quiero eliminar el párrafo en el que celebré su aparición. Julian Cadman nos regaló un momento de alegría, una sonrisa, tan franca como la suya, cuando creímos que se había salvado. Quedémonos con esa sonrisa

 

 

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5 comentarios sobre “Amigos

  1. Que bien escribes y con que exactitud defines los momentos y circunstancias. Un abrazo y me alegra sobremanera saber que todo te ha ido fenomenal en lo personal y familiar. Gracias de corazón por contar esta bella historia personal, y ánimo para todas las personas involucradas en este terrible atentado terrorista. Gracias de nuevo María….

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  2. Llegué tarde al Facebook buscando tu comentario. Estaba relativamente tranquila por ti pero no pensé en que tu hijo podía estar allí. Me centré en el grupo de WhatsApp de catalanes y cuando se calmó un poco aquel caos y vi tu comentario en el Facebook sobre tu hijo me quedé helada.
    Los malos pensamientos me invadieron. Me imaginé a mi hijo corriendo allí, perdido, buscando, llorando,… y era ahogo lo que sentí. Miedo.
    Siento mucho lo que tuviste que pasar. Tú y tantos como tú. O peor. Para los que el miedo se ha materializado en muerte.

    Muchísima fuerza, María. Me alegro de que, al final, tu vivencia tenga final feliz.
    Abrazo.

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  3. Nada diré sobre lo ocurrido el jueves. O sí porque se refiere a ello, aunque de otra forma. El jueves tuve que bloquear a una persona, que creía socialista, por sus comentarios racistas y xenófobos.

    Recuerdo que el primer comunicado, nada más producirse el atentado, fue el de los musulmanes residentes en España. El primero y el único.

    Hace dos años tuve que hacer lo mismo con un chileno que me dijo que a los judíos sí se podía matarlos.

    Llevo diecisiete años luchando contra el racismo y la xenofobia y por la defensa de los Derechos Humanos, desde Internet, cuando no había RRSS todavía, para que intolerantes y fanáticos de todos los signos aprovechen un atentado terrorista -que lo único que debe producir es rechazo hacia quienes lo llevaron a cabo, dolor y empatía hacia quienes lo sufrieron-, para sacar lo peor de su fanatismo.

    Son momentos de estar unidos contra el terror, momentos de solidaridad y empatía hacia las víctimas. No de sacar lo peor de nosotros hacia personas y colectivos que bastante desgracia tienen en sufrir esos mismos fanatismos por los que tienen que huir de sus lugares de origen.

    Un fraternal abrazo para ti y para tu hijo.

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