Yo

Hace poco, un amigo de Facebook comentó una nota mía tildándola de “yoísta”. Tan impresionado había quedado el hombre por lo egocéntrico de mi escritura, que dijo no haber visto tanto “yoísmo” en su vida. Agradecí su comentario de corazón y sin ninguna ironía. Él no podía saberlo, pero estaba elogiando mi coherencia, una coherencia que me ha costado mucho esfuerzo y muchos años alcanzar.

En un libro que escribí y se publicó en España y América allá por el 87, dediqué el penúltimo capítulo a la explicación y defensa de lo que llamé perspectiva egocéntrica. No era un invento mío, por supuesto. Lo mío era el término y la manera de enfocar el asunto. Lo resumí así: “Es en el espacio interior de cada individuo donde se decide la búsqueda de información, su integración y todas las relaciones que establece con el espacio externo a él…El hombre sólo puede conocer y actuar en función de su conocimiento, desde una perspectiva egocéntrica”.

Cada uno de nosotros tiene una realidad interior distinta a la del espacio que le rodea; un mundo absolutamente propio y sólo parcialmente comunicable. Es en ese mundo interior donde habita eso que llamamos Yo, el yo que percibe, piensa, siente, se emociona; el yo que decide nuestros actos, nuestra relación con el mundo de afuera.  Sólo desde el yo se puede entender el mundo y decidir qué vamos a hacer en él.

Pero ocurre que las convenciones sociales han querido darle un significado peyorativo a palabras como ego, egocéntrico, egoísmo. Convencionalmente, al Yo se le presenta como enemigo de cualidades bien consideradas y bien vistas como la humildad, la generosidad, el altruismo. Es decir, que eso que somos por dentro y que no podemos dejar de ser, resulta que es malo, razón por la cual tenemos que aceptar que todos somos malos o, como dice la Iglesia, pecadores. Lo que convierte al mundo en un valle de lágrimas,  y a nuestra existencia, en una tragedia sin remisión ni solución.

¿A quién se le ocurrió la brillante idea de convencer al ser humano de que es un ente infecto incapaz de cosa buena si Dios no le ayuda; condenado a complicarse y amargarse la vida, complicándosela y amargándosela, por extensión, a los demás? Respuesta fácil. Pergeñó la idea eso que llamamos genéricamente el Poder, incluyendo en el nombre a todos los seres infectos que a lo largo de los siglos han utilizado su fuerza, la bruta o la de cualquier otra índole, para exprimir al más débil. Destruye el amor y el respeto que un ser humano debe sentir por sí mismo si quiere cumplir su obligación natural de ser feliz, y tendrás un individuo dócil que no se atreverá a cuestionar ninguna norma que le impongan.

¿Y por qué sociedades enteras han aceptado los conceptos que el Poder les ha inoculado con el fin de destruir el Yo, único gobernante legítimo del mundo interior de cada individuo humano? ¿Por qué la mayoría acepta convertir su mundo interior y el de los demás en mero depósito de conceptos, valores y creencias ajenos, incorporándose y obligando a sus iguales a incorporarse al rebaño que transita, sin pensar,  por las colladas que le designa el Poder? ¿Por qué los domesticados acuden prestos a aplastar a cualquiera que manifiesta un yo saludable, libre, que se niega a dejarse domesticar? Otras preguntas de fácil respuesta; por el miedo.

El Poder se ha impuesto siempre por el miedo. ¿Significa eso que la mayoría de la sociedad es cobarde? Significa que la mayoría se aferra a la supervivencia sin saber que eso que en ellos se empeña en sobrevivir es su yo. La gran tragedia de la existencia de la mayoría de las personas es precisamente la lucha constante del yo por sobrevivir contra la constante presión de aquellos que intentan destruirle. El yo sufre, se queja de los ataques que recibe y son sus quejas y su pataleo lo que nos angustia, nos agobia y nos impide conseguir el equilibrio, llegar a esa satisfacción con uno mismo que es la felicidad permanente. Pero el yo, a pesar de las convenciones sociales y el miedo a rebelarse contra ellas, sólo se destruye cuando el cuerpo se apaga para siempre. Todos conocemos el “Pienso, luego existo” que se atribuye a Descartes. ¿Quién piensa? Yo. Y si pienso que existo no cabe duda de que existo.  O lo que es lo mismo, mi existencia depende del Yo que la confirma. De aquí que quien vive acallando o intentando ignorar eso que piensa y siente dentro de sí mismo vive luchando contra su propia existencia, es decir, se condena a una angustia perpetua cuya causa ni siquiera consigue identificar.

La humildad sincera nace de la inteligencia cuando realmente consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Cuando la humildad se exhibe porque está bien vista, es falsa, como lo es la modestia. ¿Por qué está feo que yo diga que mi hijo es muy guapo o que escribo muy bien? Estaría feo decir lo contrario porque sería una mentira. Estaría feo callárselo por no molestar a quien molesta que otros ejerzan su derecho a reconocer públicamente sus cualidades o sus éxitos. Este suele ser un miserable aquejado por un complejo de inferioridad o por una carencia real de cualidades que, en lugar de esforzarse por superar sus problemas, padece segregaciones biliares ante la superioridad de un prójimo. ¿Merecen estos infelices que uno se oculte bajo una falsa humildad por miedo al rechazo social?

La generosidad es una cualidad loable que se da en los seres humanos que sienten empatía por el otro. El altruismo supone llevar la generosidad al extremo de procurar el bien del otro aún a costa del bien propio. Pero es falso que la generosidad y su extremo no cuenten con recompensa. La recompensa inmediata del que da es la satisfacción que le produce dar. Hay personas muy generosas que dejan de serlo en cuanto el beneficiado deja de cumplir sus expectativas. Hay personas aparentemente altruistas que dejan de serlo cuando se dan cuenta de que vivir para los demás no es el fin para el que un ser humano ha venido a este mundo. La generosidad auténtica es la que nace de una auténtica empatía y la empatía solo puede sentirla quien se ama a sí mismo.

Hace poco decía una política en la radio: “Me da miedo la gente que no duda, que tiene las cosas claras”.  A mí, a mi yo, le dan pánico los políticos que no tienen clara cosa alguna. La duda es necesaria en el sentido cartesiano porque es lo que nos conduce en busca de la verdad; busca que no debe cesar mientras dura la vida. Pero en el sentido ético y moral, no solo hay que tener las cosas muy claras,  hay que ser intransigente con aquello que es ética y moralmente incorrecto. El respeto a la libertad y a los derechos humanos, por ejemplo,  es un imperativo ético y moral en toda circunstancia. El ser humano debe exigírselo a sí mismo y a los demás. Si uno comulga con los valores llamados de izquierdas, no se vale condenar los atentados contra la libertad y los derechos humanos que perpetran gobiernos de derechas y abstenerse de condenarlos si los perpetran gobiernos supuestamente de izquierdas. Quien tiene esas cosas muy claras, no dudará a la hora de condenar a Trump y a Maduro por igual. El gran hombre que fue Albert Camus dio un ejemplo al respecto cuando, perteneciendo al Partido Comunista, se negó a silenciar la existencia de campos en los que se esclavizaba a los trabajadores  en la Unión Soviética. ¿Por qué sigue habiendo tanto estúpido empeñado en atacar al contrario y silenciar todo defecto en quien considera correligionario?

Las sociedades humanas, todas, han persistido y persisten a lo largo de los siglos en matar el Yo de sus individuos. La mayoría de los individuos se dejan matar el Yo por el miedo más antiguo que a todos aqueja; el terror a la soledad, a ser excluidos del grupo, a quedarse solos. Lo cierto, lo indiscutible es que todo en lo que la humanidad ha conseguido evolucionar, se ha debido a las conciencias solitarias que han reflexionado en su propio laboratorio interior, y que analizando y buscando soluciones desde su perspectiva egocéntrica, han conseguido ir mejorando el mundo.

Yo tengo muy poca paciencia con los cobardes que, incapaces siquiera de aceptar su propia cobardía, atentan contra la valentía del individuo que se niega a seguir al rebaño.

 

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