¿Con quién nos revolcamos?

Todos, menos los del PP, exigen hoy  que el gobierno y Federico Trillo pidan perdón por la negligencia de un ministro del  gobierno del PP que causó la muerte de sesenta y tres españoles. ¿Quiere esto decir que la culpa de Trillo y del partido que le protegió se saldaría con el perdón y no haría falta otra cosa para olvidar el tema? Lo que esto significa es que al acto de pedir perdón se le atribuye el efecto de dirimir la culpa y esto es, racional y éticamente indefendible. ¿Hay que perdonar a Pablo Iglesias Turrión por haberse negado a dar la investidura a Pedro Sánchez y un gobierno de izquierdas al país; por haber preferido que millones de españoles sigan siendo víctimas de la política neoliberal de la derecha? ¿Hay que perdonar a los promotores de la Gestora del PSOE y a la Gestora que entregaran el país al capitalismo salvaje del PP? Para responder a las preguntas, primero hay que tener muy claro qué se entiende por perdón.

 

Las palabras, eso que nos sirve para comunicar los conceptos que alberga nuestra mente, son el arma más poderosa que la naturaleza otorga al ser humano para superar sus insuficiencias. A la Palabra atribuye el evangelio de Juan la creación de todas las cosas cuando nada existía, lo que nos permite suponer que la Palabra también puede destruir todo lo que existe.

 

Al margen de la interpretación de la teología y de la fe de los creyentes, todos sabemos y nadie puede negar el poder creador y destructor de la palabra. Mediante la palabra, educa el ser humano a sus crías marcando, de un modo u otro, el rumbo de su vida adulta. Mediante la palabra, educan los jefes de las tribus a sus súbditos marcando el rumbo de la sociedad. Ante esta realidad indiscutible, sobrecoge pensar la ligereza con que la mayoría utiliza las palabras sin reparar en que, además del significado que objetivamente les corresponde, muchas conllevan significados impuestos por preceptos religiosos y convenciones sociales; sin darse cuenta de que al aceptar esos significados, está renunciando a su libertad intelectual, entregando a otros la formación  de su criterio, permitiendo que la moral ajena determine su pensamiento y sus costumbres.

 

Para librarnos de significados engañosos impuestos por voluntades ajenas, no queda otra que contrastar el concepto que la palabra representa con la carga de significados  que se le han adherido; no queda otra que poner en duda lo que nos dicen que una palabra dice hasta descubrir su verdadera relación con la realidad.

 

Tomemos, pues,  por ejemplo esa palabra de máxima actualidad a la que generalmente se atribuye una connotación positiva: perdón.

 

Perdonar se adjudica siempre a la  generosidad del que perdona, pero no siempre se perdona por generosidad. Luego algo hay de engañoso en el significado que se adhiere a la palabra. El acto de perdonar sitúa a la víctima a nivel de juez: juez que condena el daño, declara culpable al transgresor y, en un acto magnánimo, decide perdonarle. Evidentemente, resulta inadmisible ser juez y parte en un estado de derecho. ¿Puede admitirse en el ámbito de nuestra mente? Puede y se admite; lo que cabe preguntarse es si se debe. Muchas veces, bajo el perdón se encubre un acto de soberbia, de superioridad, de despecho. “Te perdono porque soy mejor que tú”, en cuyo caso tal demostración podría encubrir también una forma sutil de venganza.

 

Pedimos a Dios que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Pero dice la Iglesia que el perdón de Dios no exime del castigo al pecador. Dice que por sus pecados, ya absueltos en el confesionario o por acto de contrición, el pecador tendrá que sufrir la pena del Purgatorio. De aquí que la Iglesia ofrezca diversos medios de acortar la condena, como indulgencias y misas para pedir a Dios que se apiade del alma del difunto y la lleve a su gloria más pronto que tarde. A los mortales, sin embargo, se nos exige que olvidemos agravio y perjuicio porque sin olvido no es sincero el perdón. Pero todos sabemos que el olvido, como el amor,  no depende de la voluntad. ¿Puede una madre olvidar el asesinato de un hijo por más que su magnanimidad la lleve a perdonar al asesino?  Entonces, si perdona y no olvida, ¿quiere decir que su perdón es falso? ¿O será que son falsos los significados que se adhieren a la palabra perdón?

 

Si perdonar no significa olvidar el perjuicio porque eso es imposible, parece que el perdón es un concepto sin contenido  que solo sirve para pregonar la generosidad del que perdona. Lo que nos lleva a deducir que el perdón auténtico no puede ser otra cosa que la comprensión de las circunstancias que han forzado al culpable a portarse mal y, si la magnanimidad nos alcanza, a sentir compasión por el que nos ha agraviado. Pero para eso es necesario conocer las circunstancias particulares a las que pueda culparse de que una persona obre mal, haga daño a otro. Lo que, volviendo al tema que provocó el análisis, nos abre otras preguntas.

 

¿Cuántos conocen las circunstancias particulares que llevan a un político a corromperse sustrayendo dinero público que corresponde al bien común? Si el pobre sufrió una infancia traumática que le produce una incontrolable cleptomanía, ¿cómo podemos saberlo los ciudadanos anónimos; cómo se nos puede pedir que le perdonemos? ¿Cómo se puede pedir que perdonemos a un presidente del gobierno que lanzó a millones de españoles a la pobreza causando la fractura incurable de la sociedad? ¿Cómo podemos perdonar a quienes le votaron para que siguiera gobernando? ¿Cómo se puede pedir que comprendamos y nos compadezcamos del narcisismo de Pablo Iglesias Turrión que le impidió facilitar el gobierno a un partido socialista si no le ponían de vicepresidente?  ¿Cómo pueden pedir a los militantes y votantes del PSOE que perdonen a quienes no repararon en exhibir la división interna del partido poniéndolo en la picota ante todo el país para librarse de un Secretario General que amenazaba sus intereses particulares? ¿Cómo se nos puede pedir que perdonemos a un hombre que, por negligencia u otros motivos que no conocemos, condujo a la muerte a sesenta y tres compatriotas? ¿Cómo podemos perdonar al presidente del gobierno por ignorar esas muertes y librar de toda responsabilidad al responsable? ¿Cómo podemos perdonarle por dividir el país en un coto de privilegiados y un campo de batalla donde la mayoría lucha por sobrevivir, donde una tropa de millones tiene que luchar en condiciones infrahumanas? Solo en su casa, en el seno de su familia sabrán los traumas que llevan a los culpables a causar todo el daño que causan. A los demás, solo nos queda condenar.

 

Porque una cosa que hasta la Iglesia admite, es que el perdón no redime de la condena, de la pena que se debe aplicar al culpable. Para que esto quede bien claro, se inventan el Purgatorio y le atribuyen el invento al mismo Dios. Según este dogma de fe, la familia de los políticos inhumanos tendrían que pagar más misas para rescatar a sus almas de las que ordenó  Felipe II para rescatar a la suya.

 

Y aquí surge otra respuesta indiscutible. Perdonar es renunciar a la venganza, pero no a la condena. Hace poco, Rajoy dijo a los medios que eso de Trillo había pasado hace mucho tiempo y que no se debía actualizar. En un engaño interesado, Rajoy quiso confundir el perdón con el indulto, confusión también habitual a la que contribuye el diccionario definiendo indultar con el verbo perdonar. El indulto es gracia por la cual se remite total o parcialmente o se conmuta una pena. Esa gracia la concede el Jefe del Estado y, en España, el gobierno, y no hay nada más que juzgar. Es evidente que a los ciudadanos no se nos puede pedir que indultemos.

 

Los ciudadanos, cada persona en la intimidad de su mente, no pueden dejar de condenar los actos corruptos, los injustos y los negligentes de los políticos que les representan. No condenar lo que éticamente es malo lleva a la persona a la degeneración de su criterio moral, y si esas personas son mayoría, lleva a la degeneración moral de la sociedad entera. ¿Por qué entonces nos piden los políticos que no condenemos sus despropósitos? Evidentemente, porque la relajación moral hace a la persona cada menos exigente, cada vez más condescendiente con las lacras morales de los demás, y unos  ciudadanos cada vez menos exigentes y más condescendientes son el tipo de súbditos que desean los políticos que anteponen su poder a las necesidades de la ciudadanía.

 

Hoy el PSOE de la Gestora y Podemos exigen que Trillo y el gobierno pidan perdón por haber llevado a la muerte a sesenta y seis españoles por su negligencia. ¿Para qué? ¿Es que no saben que pedir perdón no significa absolutamente nada? ¿O es que, como el PP, conceden al perdón categoría de indulto y por eso con el perdón se conforman? ¿O es que quieren hacernos creer que son moralmente superiores solo porque exigen a los responsables que pidan perdón?

 

Hoy los de la Gestora del PSOE y sus seguidores exigen a los militantes que perdonen a quienes causaron la división del partido con el golpe del 1 de octubre. Hoy exigen que militantes y votantes superen el odio y el rencor y perdonen a quienes, faltando a  la promesa electoral, traicionaron a todos los españoles permitiendo el gobierno de un hombre y un partido que condenaron a la pobreza a millones y sumieron al resto en la incertidumbre, en el miedo a perder su bienestar.

 

Hoy los políticos con poder nos piden que les dejemos hacer lo que les parezca sin condenar lo que hacen porque las condenas causan división y la división es una palabra muy fea aunque Dios nos haya dicho que el día del Juicio Final, dividirá a su rebaño entre los buenos y los malos. O sea, que algunos políticos, y entre ellos muchos de los que presumen de católicos, apostólicos y romanos, nos piden que le enmendemos la plana a Dios.

 

Hoy los políticos repiten en todos los medios la frasecita que dice  que es más lo que nos une que lo que nos separa, y lo repiten para que dejemos de discriminar y aceptemos confundirnos  con la peor escoria perdiendo la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Hoy nos piden que nos unamos todos en fraternal abrazo sin mirar con quien para que todos nos habituemos a revolcarnos con todos en la misma mierda.

 

 

 

 

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Un comentario sobre “¿Con quién nos revolcamos?

  1. La palabra PERDÓN, ha perdido todo valor que no sea cuando se usa como regla de cortesía, que normalmente. se pide cuando no se ha hecho nada con voluntad de hacer el mal causado.
    Esa palabra tiene el valor de cuando dos niños pequeños se pelean y les obligas a que se den un beso.
    No puede ser aquello tan feo que recuerdo decíamos en la adolescencia de: ” Si con metértela te he ofendido, con sacártela estamos en paz”, Perdón por usar tal expresión, pero no he querido cambiar nada de ella.

    Nadie en su sano juicio, (y aquí incluyo a los talibanes creyentes) puede perdonar a quien por echarse unos dineros a su bolsillo, causa la muerte de un hijo, hermano, esposo, padre…. Y después, jamás reconoció su culpa, jamás pidió ese perdón a los familiares y agravó su acción con otra, si cabe, más culposa, como llevar a una gente de su confianza a hacer unas autopsias, cuando ni tan siquiera eran forenses. Estas cosas no son achacables a un accidente, están hechas con el abominable propósito de intentar cortar, al menos en parte, una sangría de votos.
    Aquí dejo algo en el tintero, porque no tengo pruebas. Pero casualmente, me llegó una información, donde de demuestra la vileza de cierto personaje,

    Cuando alguien comete una acción punible, con toda intención, premeditadamente, sin propósito de enmienda y sin reconocimiento del hecho causado, no puede haber perdón para él.

    El pueblo entero y en especial los familiares no tienen siquiera el derecho de perdonar.

    La palabra perdón, es simplemente, eso: una palabra sin valor real y hasta ni siquiera simbólico.

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