Otra vez PPSOE, y en la calle, juerga

Hoy Facebook  me ha recordado mi nota del 2 de diciembre de 2015. El recuerdo de ese aciago mes de hace un año me obliga, como nos está obligando  a todos, a recapitular.

Ya sabemos lo que pasó desde entonces; lo que se esperaba porque lo anunciaban los medios y las encuestas: ganó las elecciones la derecha, dos elecciones. Solo hubo una sorpresa que no tenía por qué haber sorprendido a nadie porque llevaba dos años anunciándose sotto voce.

Un grupo de líderes regionales del PSOE obligan a dimitir al Secretario General y se apropian del partido, nombrando una gestora que a partir de ese momento actúa con atribuciones ejecutivas que los estatutos no le reconocen. Además de realizar las purgas habituales en estos casos, la gestora obliga a todos los diputados del PSOE a abstenerse en el Congreso para permitir el gobierno del PP. Naturalmente, la repulsa de los militantes por el incumplimiento de la promesa electoral de votar NO a la derecha es casi unánime y la repulsa de los votantes se cuenta por millones. El PSOE aparece en las siguientes encuestas de preferencia de voto en penúltimo lugar.
Parece inexplicable que el partido más antiguo de España y al que se deben las reformas que modernizaron el país tras la dictadura, se haya suicidado, resucitando ese PPSOE de la propaganda radical que el Secretario General defenestrado había conseguido desbaratar con su viraje a la izquierda. Pero, ¿fue verdaderamente un suicidio? Todas las evidencias apuntan a un asesinato.

Los líderes rebeldes, ninguno de ellos bisoño en lides políticas,  tenían que saber que los ciudadanos de cualquier país democrático reaccionan contra un partido que exhibe inestabilidad y división interna. ¿Cómo se explica entonces que en las campañas electorales de diciembre y junio esos mismos líderes aprovecharan cualquier oportunidad que les dieran los medios para atacar a su propio Secretario General y candidato, poniendo en cuestión su aptitud para liderar al Partido y gobernar el país?

La pérdida de votos de Pedro Sánchez no podía sorprender a nadie en tales circunstancias, pero los líderes rebeldes, con un cinismo propio de un Rajoy y otros miembros del PP, claman al cielo y a la opinión pública culpando a Pedro Sánchez de los peores resultados de la historia del PSOE. ¿Y qué resultados se podían esperar cuando el mismísimo Felipe González había puesto en entredicho la idoneidad del candidato?  Si Felipe González, artífice de la modernización del país y padre espiritual del PSOE se lanzaba en dos artículos y varias entrevistas a decir al candidato de su partido lo que tenía que hacer, transmitiendo la idea fuerza de que ese candidato no sabía lo que hacía,  ¿qué ciudadano iba a tener un criterio suficientemente claro y firme como para darse cuenta de la jugada y votar a Pedro Sánchez a pesar de todo?  Lo tuvieron cinco millones de votantes y eso sí que fue una sorpresa. De haber caído la mayoría de los ciudadanos en la trampa, el PSOE no habría superado los resultados ni de la UPyD.

La siguiente sorpresa, esta para los líderes rebeldes y sus valedores, como Felipe González, Zapatero, Rubalcaba, Corcuera, Bono  y otros, fue que Pedro Sánchez resistiera tan brutal presión y se mantuviera firme en su decisión de no entregar los votos del PSOE a una abstención que permitiera un nuevo gobierno del PP, como había prometido en su campaña electoral. Para eso le habían votado cinco millones de ciudadanos, insistía Sánchez, y él no les iba a traicionar.

Los líderes rebeldes se dan cuenta de que con un Sánchez vivo y coleando no van a poder realizar sus objetivos, y deciden convertirle en un cadáver político. A la desesperada, sin ningún escrúpulo ni freno, dan un golpe de mano para hacerle desaparecer, aún sabiendo que en el parricidio político de su Secretario General van a cargarse el futuro político del partido. Nada parece importarles, ni violentar los estatutos ni transmitir la idea a todo el país de que el ansia de poder de unos cuantos, siendo la más conspicua Susana Díaz, les ha vuelto locos.

De locos, nada. Pronto, los líderes rebeldes demuestran que todos sus actos responden a una hoja de ruta perfectamente planeada y organizada. En primer lugar, se abstienen y Mariano Rajoy es investido presidente quedando sujeto a agradecer a la gestora tan impagable favor. ¿Cómo?

La gestora que se ha apropiado del PSOE procede enseguida a justificar el golpe transmitiendo a la ciudadanía que son los artífices del desbloqueo que impedía tener un gobierno efectivo. La abstención era necesaria  para dar al país un gobierno que pudiera tomar decisiones urgentes, sobre todo económicas, dijeron. Pero esa abstención no significaba de ninguna manera que el PSOE abstencionista diera un giro a la derecha. Una vez instalado como primer partido de la oposición, el PSOE de la gestora iba a aprovechar la precariedad en votos del PP para imponerle al gobierno una política social propia del socialismo.

Los militantes fieles al PSOE lo mande quien lo mande respiran aliviados ante tan buena justificación  y no tardan en defenderla. Y a defenderla se apuntan todos los medios del país en cuya lista de accionistas destacan bancos, multinacionales y superempresas; es decir, los más firmes defensores de un capitalismo libérrimo y salvaje, sin trabas ni regulaciones del estado. ¿Y cómo la defienden?

Durante toda la semana pasada, los principales medios del país han dedicado portadas y titulares a destacar la labor socializante del PSOE de la gestora imponiendo al gobierno la derogación de leyes antisociales y la aceptación de medidas  como la subida del salario mínimo interprofesional.  Titulares falsos que hacen creer que una moción tiene fuerza de ley.

Ni la universalmente odiada Ley de Educación se ha derogado ni tiene el gobierno intención de derogarla. Ni se ha derogado ni se va a derogar la llamada Ley Mordaza. Ni se va a revisar la reforma laboral ni se va a subir el salario mínimo a la cifra que ya había solicitado en el congreso Unidos Podemos. Todo eso lo explican los medios en sordina en los artículos que siguen a los titulares, pero saben ellos muy bien, que quienes se detienen a leer los artículos son una minoría, mientras que la mayoría, para saber lo que está pasando y formarse una opinión, se limita a leer los titulares. Por ejemplo, titulé uno de mis artículos “Pedro Sánchez no tiene salvación”, y un fiel seguidor del Secretario General, que entonces aún lo era, me envió un tuit poniéndome a parir. Si hubiera leído el artículo hubiera sabido que se trataba de una encendida defensa del Pedro Sánchez sitiado por los rebeldes. Le pedí que leyera el artículo; lo leyó y me pidió disculpas. Pero ¿quién va a conseguir que la mayoría de los ciudadanos no se deje engañar por cuatro líneas y dedique unos minutos leyendo un poco más para enterarse de la verdad?

Mariano Rajoy acostumbró a la mayoría a aceptar las mentiras, las más pequeñas y las más gordas, que desde su campaña de 2011 lanza, con los suyos, sin escrúpulos ni ambages y sin ceder casi nunca a la tentación de decir la verdad. La mayoría del país ha demostrado con los votos que acepta mentiras y corrupción y lo que les dé la gana a Rajoy y los suyos con tal de que alguien le asegure la pitanza, y el único que hoy por hoy puede asegurarla, es el Partido Popular. Esto también es una mentira, pero ya puestos a tragar, al ciudadano medio no le viene de una.

Hoy por hoy, España puede darse el lujo de estar gobernada por un partido corrupto y de tener de jefe de la oposición a un partido encabezado por unos líderes rebeldes que tampoco tienen ningún reparo en saltarse normas y lo que haga falta para conseguir lo que les conviene. Todo muy homogéneo, muy coherente, muy garante de lo que más aprecia el ciudadano español: la estabilidad. Domados y bien entrenados por cuarenta  años de dictadura tras una guerra salvaje, nuestros padres y abuelos nos transmitieron en la sangre el gen de la resignación. Parece que a nadie importase flotar en un estanque de mierda siempre que a nadie se le ocurra chapotear y levantar olas.

La estabilidad de la situación política en España está perfectamente garantizada. El PSOE de la gestora, feliz con su nuevo papel de controlador del gobierno como si con él estuviera a la par en votos, no pide más que frecuentes apariciones en la tribuna de Antonio Hernando, el portavoz convertido en rebelde y dispuesto a defender a la gestora con pasión de converso porque en ello le van cargo y sueldo; apariciones que le garanticen titulares en los principales medios,  que presenten al PSOE de la gestora como azote de la derecha y adalid de las políticas sociales. El PP seguirá, como siempre, haciendo lo que le dé la gana  sin temer que el PSOE de la gestora se salte los límites. Mariano Rajoy tiene en su mano derecha, firmemente agarrado, el mango de la sartén. Si Antonio Hernando y los que le mandan se desmandan, la mano omnipotente del presidente firmará la disolución de las Cortes y la convocatoria a nuevas elecciones, mandando, ahora sí definitivamente, al PSOE de la gestora a hacer puñetas en el penúltimo lugar; dándole la jefatura de la oposición a Unidos Podemos que, con un PP sobrado de votos, tendrá que limitarse a repetir los sainetes de Antonio Hernando en plenos y sesiones de control.

¿Y qué harán Unidos Podemos y su carismático líder mientras tanto? Lo que también se anunciaba hace más de dos años, solo que, probablemente, con más ruido y aparato visual.

Tras los titulares que ayer y hoy ponían al PSOE de la gestora como artífice del gran logro de obligar al gobierno a subir el salario mínimo, Pablo Iglesias  estará hoy maquinando cómo defenderse de la injusticia de que apenas se mencione que fue Unidos Podemos el que exigió la subida, una subida superior a la que supuestamente ha conseguido el PSOE de la gestora.

Hoy, Pablo Iglesias tiene más peligro que una bestia herida. ¿Que no le reconocen su labor en el Congreso? ¿Que los mismos medios que le catapultaron a la fama cuando a la derecha le convenía que un partido de izquierda radical le quitara votos al PSOE, hoy le ignore dando portadas y grandes titulares al nuevo PSOE defensor de los capitalistas? Pues, a la calle, a armarla en la calle con gritos y puños alzados y mítines  y canciones que permitan soñar a los más jóvenes, incluyendo a Iglesias, con un asalto incruento a La Moncloa. Después de todo, no hay por qué lamentarse de no haber sorpasado al PSOE. Hacer la oposición en el Congreso es de un aburrimiento mortal. Todo lo que se puede hacer para echarle un poco de sal y pimienta al asunto es sacarse una teta  o exhibir una pancarta provocadora; nada que no puedan finiquitar los de seguridad en un santiamén echando  a los alborotadores a la calle.

Pablo Iglesias parece saber lo que hace, mucho más de lo que parece. En su pugna por el poder con el moderado Errejón, sale triunfante por haber entendido que entre los elefantes de toda la vida, no tienen nada que hacer las propuestas radicales, y que si no se ofrecen propuestas radicales, los nuevos pueden acabar convertidos en un PSOE cualquiera. La radicalidad es de la calle, de la minoría dispuesta a sacar a la calle su indignación y de la mayoría que les sigue en las pantallas de los televisores porque, en medio de sus vidas moribundas, agradecen la distracción que proporcionan las peleas de Gran Hermano, los líos de Sálvame y las manifestaciones movidas. Dado el nuevo equilibrio de fuerzas, a Pablo Iglesias no le queda otra que convertirse en el gurú que enseña al país cómo engañar su  miseria; papel que seguramente agradece porque colma su más profunda inclinación, el histrionismo.

Y bien, ya tenemos un país estable, pero si eso fuera poco, España vuelve a estar, como le corresponde, al mismo nivel que los países europeos más desarrollados y hasta al mismo nivel que la primera potencia mundial. España es de derechas, por el derecho del PP y por el revés del PSOE de la gestora. Nada tiene que envidiar a la Francia que pronto decidirá la presidencia entre Le Pen y  el ultraconservador Fillon; ni a la Austria del ultraderechista Hofer ni a la gran América de la derecha salvaje de Trump. Por una vez marchamos al unísono con los países que importan en el mundo; los países cuyos ciudadanos han comprendido que lo único que importa es defender sus cuentas bancarias, por magras que sean, aunque el resto del mundo, parientes y vecinos incluidos, tenga que sobrevivir a la intemperie o se muera de hambre.

Ante este panorama de mentes y almas moribundas, de seres a quienes la degeneración va minando cada día su condición humana, la única esperanza  radica en el compromiso de cada individuo con la defensa de un derecho que ningún gobierno le puede quitar: el derecho a guiarse por un código de valores que le permita vivir al aire libre, por encima y lejos de las cloacas, respetándose a sí mismo y haciendo respetar lo que considera digno y justo; es decir, viviendo como un ser humano. ¿Es una ingenuidad pensar que la realidad actual permita vivir así a quien intenta sobrevivir en este mundo? Habría que preguntárselo a quienes no se resignan y luchan activamente por mejorar las cosas. No suenan porque el capitalismo triunfante y sus medios no les dejan sonar. Pero son millones lo que, en el silencio del anonimato, demuestran cada día que lo que dice el Génesis es cierto; que Dios creó al hombre, macho y hembra, a su imagen y semejanza; es decir, que les creó con la facultad de crear, de seguir creando todo eso que a Dios, después de crear el mundo, le pareció bueno. Cuando uno se asoma a la vida de uno de esos soñadores ingenuos que viven ocupándose de sus cosas y de las cosas de los demás como si también fueran suyas, uno se da cuenta de que esas personas viven como Dios.

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