¿Nos hemos ido todos al garete?

La situación de España, de Europa, del mundo se volvió tan previsible en los últimos años que cualquier lector de periódicos, oidor de radios y espectador de televisiones podía hacer de futurólogo con cierto éxito.  Curiosamente, los que no la acertaban casi nunca eran los politólogos, comentaristas y encuestadores.  Algunos opinantes, entre los que me incluyo sin ninguna modestia,  esbozamos  en artículos  lo que iba a pasar con  tanta exactitud, que cabría atribuirnos  dotes paranormales de precognición;  si no fuera porque  entonces el presente  anunciaba con tan clara evidencia  el futuro  que solo podía dejar de preverlo quien  fuese muy corto de miras.

¿Quiere esto decir que la mayoría de politólogos, comentaristas y encuestadores de este país son cortos? Líbreme la Moira de insultar a tan prestigiosos y bien pagados expertos.  Sus múltiples errores  en la apreciación de acontecimientos  y en las predicciones de sus consecuencias  solían ser tan  flagrantes que, descartada su ineptitud, había que suponerles cierta intencionalidad dirigida por los poderes que a su vez dirigen sus respectivas cabeceras y emisoras.  Quién dude de mi equidad al destacar la torpeza escrita o locutada de muchos creadores de opinión, puede leer, por ejemplo,  mis artículos de los últimos dos años en Publicoscopia, El Socialista Digital y mi bloc Veoveo; y contrastar mis opiniones con las de muy conocidas y reputadas firmas  en diarios y revistas de primer orden. Que tales firmantes se equivocaran por cortedad o a posta es algo que el lector tendrá que dirimir por sí mismo.

En fin, que como era de prever de todas todas, España se ha ido al garete y se ha asentado en las cavernas del pretérito infrahumano  donde gozará durante algunos años de la distinguida compañía de Europa, del Reino Unido independiente y -lo que sí ha sido una sorpresa- de los Estados Unidos de América.

¿Pero qué dice esta ceniza? exclamarán quienes se han creído que de la derecha y ultraderecha saldrá el crecimiento económico que  aumentará el empleo y multiplicará la cuantía de los sueldos convirtiendo a los países ultracapitalistas en paraísos de bonanza y bienestar para todo ciudadano que espabile demostrando al mundo que espabilar y triunfar es privilegio de los hijos predilectos de dios, de ese dios de Calvino que beneficia a quien le da la gana y abandona a quien le parece  porque para eso es dios; un dios creado a imagen y semejanza de financieros piadosos.

Esta ceniza dice que el dios de los suizos no nos quiere. No hay que ser teólogo reformado para darse cuenta; ni siquiera economista. España, de paraíso, nada, ni ahora ni en un futuro previsible. Nuestras calles son las vías de un purgatorio gris tirando a negro por donde discurren más ancianos que jóvenes, menos niños que adultos; donde caminan los otros, unos individuos cejijuntos  de mirada errática que no saben que han muerto y que, abandonados por dios y la sociedad de la gente de bien, deambulan por un mundo que es, para ellos, la antesala del infierno al que irán a parar tarde o temprano porque, según la recta doctrina, dios no salva a los pobres.

La mayoría de los ancianos, todavía tranquilos, todavía dispuestos a premiar con sus votos al político que les garantiza mayor tranquilidad, pronto deseará que se agote la cuenta de sus días porque se habrá agotado el dinero con que le pagan la pensión que le permite una existencia digna. ¿Que dice la derecha que es mentira y que las pensiones no se bajarán mientras haya un solo político ansioso de que le voten los ancianos, ya casi mayoría en este país? Ya puede la derecha cantar Misa Pontifical que donde no hay, no hay, y el año que viene dentro de un par de meses ya no habrá para pagar lo que se paga y será necesario recortar.  Y menos habrá dentro de algunos años  cuando los jóvenes que hoy trabajan a salto de mata y donde caiga por salarios de  miseria lleguen a la edad de jubilarse sin poderse jubilar porque no habrán cotizado el tiempo establecido para poder cobrar una pensión. Y, esperando un poco más, ya no se podrán pagar pensiones ni recortándolas porque habrá más ancianos pululando que jóvenes trabajando.  Pero mientras tanto, maduritos y ancianos seguirán votando a los políticos de la derecha porque, aunque sean corruptos  –todos somos malos en el fondo, dice el dios suizo-, visten tan bien y tienen tanta pasta que es evidente que su dios les protege y por algo será. En cuanto a los políticos de la derecha, harán lo que tienen que hacer, recortar gastos sociales, porque el estado no tiene con qué pagar la sanidad y la educación a quienes no tienen dinero para curarse y educarse, ni tendría por qué hacerlo, aunque las arcas públicas estuvieran a rebosar, porque  ayudar al pobre va contra la recta doctrina del único dios verdadero, el dios de los ricos. Como decía aquel probo financiero: “Nunca doy limosna a un mendigo porque mi conciencia me impide premiar el fracaso”.

España ha fracasado. Los españoles hemos fracasado. No puede discutirse el fracaso mental y moral de un país con casi catorce millones de pobres y una cifra tal vez similar que vive temiendo caer en la pobreza, en el que unos ocho millones, en los que están revueltos los de un grupo y el otro, votan por el partido que nos ha empobrecido a todos, menos a los ricos. ¿A qué se debe ese fracaso de las facultades intelectuales que nos permiten elegir, con ciertas probabilidades de acierto,  entre los políticos que pueden hacer progresar el país o los que pueden hundirlo en la miseria? La causa no entraña tanto misterio como parece si echamos un vistazo a las circunstancias.

Los llamados padres de la Constitución concibieron en 1978 un sistema dividido en dos pisos. En el de abajo, los ciudadanos a quienes se pediría el voto para elegir a los candidatos de los partidos. En el de arriba, los políticos, enfrascados, en primer lugar,  en el bienestar de sus partidos y, en segundo lugar y a mucha distancia del primero, en aplicar al gobierno del país la política acorde, más o menos, con su ideología, siempre que las circunstancias lo permitan. Este sistema, que las consultas electorales permiten llamar democracia, es, en realidad, una oligarquía, con el poder concentrado y ejercido por un grupo de personas insertas en los partidos políticos. Los del piso de arriba, los políticos, viven de sus partidos, y los partidos viven de los votos de los de abajo, los ciudadanos que les financian. Se dirá que esto ocurre en todos los países llamados democráticos. Pero aquí, en este artículo, estoy hablando de España y no me va a desviar ni Schopenhauer.

Lo anterior puede considerarse evidencia que conocen hasta los lerdos. Lo es. Pero la tragedia política que se ha vivido en España durante casi un año y que, estando al borde del precipicio, la ha empujado a dar un paso al frente, requiere reflexionar repasando aunque uno repita evidencias.

Aquí se ha vivido una experiencia insólita, inédita en país democrático alguno. El Secretario General y candidato del partido socialista en las elecciones generales propone un programa detallado fundado en un proyecto que pretende regenerar la política y restaurar la cohesión social del país, perdida durante el gobierno de la derecha, con medidas orientadas por los valores  socialdemócratas.  Y los líderes de más influencia y poder dentro de su propio partido empiezan a cuestionarle públicamente diciendo, entre otras cosas, que el partido necesita un proyecto que no tiene. Todos sabemos lo que pasó a partir de aquí. Se ha escrito tanto sobre el asunto que una recopilación en libro de los artículos le ganaría en páginas a la Biblia. Quien quiera repasar, aquí tiene por muestra mis artículos de los últimos dos años.

Saltémonos, pues, repeticiones innecesarias para llegar al final del drama. El candidato socialista se niega firmemente a que su abstención y la de los diputados de su partido permitan el gobierno del partido de la derecha y ultraderecha que, además de haberse lucrado con dinero público, ha desprestigiado las instituciones del país y ha empobrecido a millones de ciudadanos. Ni a un Chaplin en su vena más surrealista se le hubiera ocurrido que, en la escena siguiente, las personas más influyentes del PSOE se pusieran de acuerdo para echar al candidato de la Ejecutiva y montar una gestora que obligara a todos los diputados del partido socialista a votar al PP.

Todo esta tragicomedia racionalmente inexplicable  provoca que vuelva a gobernar en España el partido que  amenaza arrastrar al país a la época franquista y, lo que es mucho peor, provoca además  el desprestigio del PSOE de modo que, de haber nuevas elecciones, quedaría relegado al penúltimo lugar, con suerte, eliminando a la socialdemocracia como alternativa.

¿Es posible que políticos curtidos del PSOE y sus protegidos hayan causado tal desastre por ignorancia o por inconsciencia?  Imposible creerlo. Solo los opinantes interesados y los seguidores de esos personajes, tal vez también interesados, pueden negarse a ver una intencionalidad evidentísima. El político dispuesto a hacer cualquier cosa para cargarse a la socialdemocracia, incluyendo cargarse a su propio partido, está rindiendo un servicio al liberalismo imperante en todo el mundo desarrollado. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿En qué puede beneficiarles? Puesto que el miedo inoculado en la mayoría de la sociedad de todas partes, está otorgando mayorías a las derechas en todas partes, concluyen los analistas de partido que la única posibilidad de entrar en gobiernos y tocar poder que le queda al socialismo, es convertirse en un socialismo light dispuesto a entrar en coalición o a pactar con las derechas mientras intenta convencer a los ciudadanos de que su alianza  amortiguará los efectos de la política antisocial de gobiernos conservadores.

Todos estos enredos incomprensibles para el ciudadano racional causan un cierto aumento de votos de la derecha porque la derecha habla menos y manda más y ofrece cierta sensación de estabilidad.  Pero a quien más benefician  los enredos haciéndola ganadora de cualquier contienda electoral es a la abstención. Y la abstención, ¿beneficia o perjudica a los partidos?  Se dirá que según. Veamos.

Decir que la mayoría de los ciudadanos esta desencantada de la política  es poner al asunto un calificativo casi poético. La mayoría está harta, tan harta que muchísimas personas dicen que la política no les importa en absoluto y lo dicen con aire de superioridad. El interés por la política solo se le concede al político que tiene influencia, poder y que cobra por ser político. Es decir, al político profesional. Pero al político profesional se le denuesta precisamente por serlo. ¿En qué quedamos?

Quedamos en que los políticos viven en el piso de arriba y que forman un grupo que, como esos vecinos maleducados, no dan a los de abajo ni lo buenos días salvo en campañas electorales. Por otra parte, a los de abajo no les interesa lo que hacen o lo que dicen los vecinos de arriba. No les queda más remedio que soportarlos porque alguien tiene que gestionar para que marche el país, pero con una mezcla letal de sensación de  impotencia y resignación, los de abajo dejan que los políticos hagan lo que les dé la gana sin darse cuenta de que lo que les permite hacer lo que les da la gana es la indiferencia de los ciudadanos.

Los de abajo no entienden de las luchas de poder ni de las componendas de los políticos. A excepción de algunos militantes comprometidos, los asuntos del aparato y de los órganos y comisiones y comités y agrupaciones y etcéteras de los partidos, a los ciudadanos se las traen al pairo. Cuando los analistas y opinantes empiezan a soltar el rollo de los entresijos de este u otro partido, los del piso de abajo desconectan cambiando de emisora, de canal o de pensamientos. Lo mismo ocurre cuando un político responde a una entrevista con el mismo rollo.

Antes de lanzarse a hablar de sus partidos como si fueran el centro neurálgico de la nación, ¿se preguntan los políticos si eso interesa a los ciudadanos y por qué? No. Si se lo preguntaran, nos evitarían las palizas. ¿Se creen que impresionan con sus explicaciones sobre el funcionamiento de sus partidos? Impresionan tal vez a los de partidos más jóvenes que corren a complicar aún más sus organizaciones  para no ser menos; pero a los ciudadanos, no.  Y si se hicieran preguntas por el estilo, si reflexionaran sobre lo que les aleja de los ciudadanos, ¿saldrían los políticos de su paraíso para bajar a la tierra en la que sobreviven los que les pagan sus sueldos? Probablemente, tampoco. De los ciudadanos, a los políticos solo les importa el funcionamiento de un órgano de su cuerpo el día de las elecciones; les importa la mano que se dirige a coger una papeleta que puede colmar o frustrar su ambición de poder.

Entonces, ¿es cierto que a los políticos les preocupa la abstención? No tanto como dicen. Depende de los cálculos de sus analistas por ver a qué partido beneficia. La abstención es el silencio absoluto del ciudadano; su absoluta resignación, su claudicación, su abdicación a la responsabilidad de participar en el gobierno del país, algo que la mayoría de los políticos  desean y aprecian. Porque si hay algo a lo que temen los políticos casi como a la muerte, es a los ciudadanos cuando deciden dar su opinión y hacerse escuchar.

El sainete del PSOE, por ejemplo, pasa todavía  por una batalla incruenta pero no inocua en  la que los militantes exigen a los de arriba que les devuelvan la voz y el voto que les había dado el Secretario General defenestrado. Porque el pecado imperdonable de Pedro Sánchez fue intentar demoler el suelo que divide a los de arriba de los de abajo; fue, como le dijo alguno, carecer de cultura de partido.

Entonces, aún se oyen gritos. Todavía no se ha estrellado la socialdemocracia en el negro fondo en el que cayó España con la investidura de la derecha, y en el que podría yacer moribunda durante años con los países que han cedido al miedo buscando amparo en los ogros del liberalismo. Si de España salió, tan a destiempo,  un político que quiso reanimar los valores de justicia, igualdad y solidaridad de una ideología que daban por muerta; si pronunciaron cadáver a ese político, y su  voz vuelve a escucharse por los pueblos más fuerte que nunca llamando a sus militantes; si sus militantes le responden dispuestos a rescatar a España, a sus vidas, de quienes quieren acabar con sus aspiraciones más preciadas, tal vez sea precipitado y equivocado decir que nos hemos ido todos al garete.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4 comentarios sobre “¿Nos hemos ido todos al garete?

  1. Coincido contigo en todo, lo cual no dice mucho en favor de mi modestia.
    Lo mismo que hay solo dos formas de hacer las cosas: bien y mal; hay dos clases de personas, las de arriba y las de abajo.

    El problema muchas veces es no saber distinguirlos. Porque distinguirlos bien, sería reconocer que los nuestros, los gerifaltes de los partidos de los de abajo, cuando llegan arriba en la formación orgánica de los partidos, se unen automáticamente a los de arriba, olvidándose del partido que representan, y al final es que los de arriba son todos los que manejan los hilos que nos mueven a los de abajo y quien se atreve a desatarse de la cruz de madera que mueve los hilos, tiene los días contados.

    Y nunca reconocerán que han mutado con su ascenso, más bien defenderán su estatus con uñas, dientes o golpes de estado.

    Hace menos de una semana, leí un artículo del blog, del número dos del partido en mi comunidad, y como puedes suponer porque algo me debes ir conociendo, le hice una respuesta de las mías: larga y diciendo lo que pienso. Para ello empecé por decirle que difería de su artículo y después me enrollé desarrollando ese disenso.

    Unas horas después, recibí un correo suyo, diciéndome que eso teníamos que discutirlo en persona. No se si en tono de amenaza. Me da igual. Ni ese ni el jefe de estado, me van a hacer cambiar de opinión si no es con razonamientos. Igual me da el último simpatizante del partido que el Secretario general. Dejaría de ser quien soy aunque solo sea uno de los nadies.

    Pueden hacer lo que quieran con el partido y con el mundo. Ya tengo mi historial completado y solo espero lo que viene después de todo.

    Si mañana recibiese una carta anunciando una sanción o la expulsión directamente, te prometo que sería un honor ser expulsado de esto que ahora siguen llamando el Psoe. Incluso sería un buen final para el honor de haber participado en este partido, que siempre fue mi partido.

    Mi lucha continuará a pesar de la creciente dificultad. Dificultad que se ve muy acrecentada, a comprobar como incluso has de luchar contra los que creías tuyos. Me da igual. Creo como dices, que esto se ha ido al garete. El partido puede que tenga remedio, pero la solución a la auténtica guerra que nos ha declarado la parte de arriba, dudo que tenga soluciones que no requieran verter sangre.

    La mía la ofrezco desde ya. .

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  2. Sin duda alguna, irse al garete tiene sus consecuencias. Pero si lo miras de un lado de la moneda, cuando vamos, también volvemos, somos así de insistentes los humanos. Y del otro lado de la moneda, está el irse para no volver. Claro, cuando se arroja la moneda del destino están en juego muchas cosas. Para algunos trascendentales. Para el pueblo, los de abajo, los que construimos con nuestros esfuerzos el país y su maquinaria, un gobierno corrupto, dañino, rompe en pedazos nuestros anhelos de soñar con una vida mejor. Ahí vemos cómo todo se va al garete. Pero resistimos, como si una fuerza sobrenatural nos sostuviera. Mientras los de arriba sin mancharse las manos vírgenes porque solo han tocado algún libro y poco más, con sus vidas solucionadas, velan por no caerse de ese pedestal al que accedieron y con un cuchillo entre los dientes no permitirán que nadie boicotee sus ambiciones.
    Si no recuperamos la dignidad y cortamos por lo sano, los que nos vamos al garete somos nosotros mismos.

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