Mentiras de mis entrañas

Publicado en Publicoscopia el  17 de enero 2015

Basándose en la biología evolutiva, nos dicen los psicólogos que la tendencia al engaño es esencial para la supervivencia y la evolución de la especie humana. Para sobrevivir, tenemos que engañar a los demás, no hay otra. Es lo que hacen todos los seres vivos. Engaña el camaleón cuando recurre al camuflaje para ocultarse del enemigo; engaña la polilla emitiendo sonidos que despistan el sistema sonar de los murciélagos; engaña la monstruosa portia, araña que caza a otras arañas utilizando técnicas tan sofisticadas de mimetismo y simulación que parecen producto de la más retorcida inteligencia humana. Nosotros, las criaturas más complejas de la Naturaleza,  no sólo tenemos que engañar a los demás, sino que estamos obligados a engañarnos a nosotros mismos. ¿Cómo? La capacidad de ocultarnos la verdad revela la existencia de un otro oculto dentro de nosotros; el inconsciente.

Si tienen razón los que, para entender al ser humano, estudian la conducta de insectos, artrópodos, reptiles  y otros bichos, desde los virus a los primates, y si es cierto que tenemos a un gran embaucador que nos manipula desde las profundidades de nuestra propia mente, hay que concluir que la verdad es una entelequia, como la perfección; en cualquier caso, un anhelo que nos permite engañarnos sobre la grandeza de nuestro espíritu. El ardor con el que defendemos la existencia de la honestidad y proclamamos que habita en nosotros no sería entonces más que otra prueba de nuestra capacidad de autoengaño surgida de la necesidad de creernos lo que no somos para poder soportar sin vergüenza lo que somos en realidad. David Livingstone Smith, filósofo e investigador de psicología moral y autor de varios libros sobre la materia, nos desarma el tinglado con una sentencia rotunda: “La sociedad humana”, dice  “es una red de mentiras y engaños que se derrumbaría bajo el peso de una excesiva honestidad”. De lo cual se deduce que decir la verdad a toda costa y exigir la verdad a los demás es una conducta gravemente antisocial y  destructiva.

Todo esto para explicar un fenómeno que asombra dentro y fuera de España. Bombardeados durante años con las mentiras más burdas por parte del gobierno y su partido, los españoles, según las encuestas,  volverán a votar por quienes les mienten, lo que podría señalar unas tragaderas propias de la idiocia o una profunda empatía con quienes no están haciendo otra cosa que lo que hacemos todos los demás. Es decir, que la mayoría es idiota o que es tan justa como el más justo de los justos, que salvó a una adúltera de la lapidación recordando a los verdugos sus propios pecados y queriéndoles  liberar, a ellos y a todas las generaciones posteriores, del rigor de la justicia. Si la Jerarquía que ha gobernado a los cristianos desde entonces hubiera seguido todas las enseñanzas de Cristo, no habría existido la Inquisición. Aunque, corrijo, la Inquisición nunca castigó a nadie; entregaba a los reos al brazo secular para que los quemara vivos. ¿Autoengaño? Y engaño al personal, de paso, y a Dios, si existe.

Mariano Rajoy llegó al poder con un programa falso. Durante la campaña electoral, su principal contrincante se desgañitó advirtiendo del peligro como el Bautista. “Mariano Rajoy y el partido Popular tienen un programa oculto”, clamaba Rubalcaba en el desierto, hasta que los electores le cortaron la cabeza, cual ofendida Salomé, por haberles dicho la verdad arrebatándoles la ilusión. Una vez en el trono con poder absoluto, presidente y partido sacaron el programa que tenían intención de implementar y empezaron a implementarlo sin demora. Fue tan poco lo que esperaron, que  la proximidad en el tiempo de sus mentiras dejó al descubierto su mendacidad y les obligó a taparse con lo de la herencia recibida del gobierno anterior.

Otra mentira. La ley que liberalizó y abarató el suelo y elevó los precios de la vivienda a unas alturas solo asequibles a cajas y bancos    que llenaban sus arcas hipotecando las vidas de los pobres con ganas de casa propia y llenando los bolsillos de los constructores con ganas de edificar cualquier cosa donde fuera; la ley que congregó a jóvenes e inmigrantes en las obras haciéndoles creer que ya tenían el provenir garantizado porque mientras quedara un palmo de tierra sólida, se iba a seguir construyendo;  esa ley que nos llevó en jubilosa procesión por la llamada bonanza económica fue promulgada por José María Aznar López. ¿Pero quién se acuerda? ¿Quién se quiere acordar? Nos engañaron haciéndonos creer que teníamos y que lo que teníamos nos iba a durar siempre. Pero qué bien que nos lo pasamos. Hasta que llegó el desaborido con su talante, su honestidad, su verdad. Con Zapatero se encendieron las luces y se acabó la fiesta dejándonos solo la amarga cantinela de los perdedores: “Que nos quiten lo bailao”. ¿Y la crisis? Eso, eso. Hubo crisis porque Zapatero no la quiso reconocer.

Mariano Rajoy Brey pasará a la historia con varios superlativos: el presidente más mendaz, el más práctico, el más dotado con la facultad de leer los pensamientos y las emociones del pueblo. Mientras los diversos portavoces de su partido se esfuerzan por  retorcer el lenguaje para dar a sus mentiras al menos un toque de verosimilitud, el presidente observa sus trabajos con la sonrisa bobalicona que produce cierto tipo de ataraxia. ¿Para qué camuflar una mentira vistiéndola con el gris plomizo y antipático de una verdad? “¿Quieren Sovaldi? Decidles que se les va a dar Sovaldi a todos y se acabó”. “Pero pronto descubrirán que es mentira”, replica el amedrentado ministro que lo tiene que decir en rueda de prensa. “¿Y qué?” le tranquiliza  Don Mariano. “La mayoría no necesita Sovaldi”. “Pero nos llamarán mentirosos”. “Ya nos lo llaman. ¿Por qué crees que nos sienten tan cercanos?”  ¿Cercanos? Por lejos que los perciba en sus palacios y residencias de lujo, maquinando en sus despachos, flanqueados por guardaespaldas, la mayoría puede sentirlos cercanos porque nada acerca más que la complicidad.

¿Qué nos prometerán en las campañas electorales de este año? Pregunta ociosa donde las haya. Nos dirán y prometerán lo que Mariano Rajoy y equipo saben que queremos oír; más o menos lo mismo que nos dicen y prometen los intelectuales de Podemos. Los discursos de los unos y los otros pueden parecer diametralmente opuestos, pero un análisis en profundidad revela que en el fondo dicen lo mismo variando las palabras para adecuarlas al producto que nos quieren vender. “Votadnos y os haremos felices”. Poco más puede o quiere entender ese 91% de los españoles que, según el Instituto Nacional de Estadística, ve la televisión, como actividad principal o como secundaria, durante una media de casi 3 horas diarias. Entre ellos estaban los 4,3 millones de espectadores que el pasado 15 de enero siguieron un reality show con el alma en vilo porque expulsaban a dos zafios y entraba un famoso. O sea, el 31,5% de la audiencia. Este porcentaje puede ser suficiente para gobernar el país.

La comparación entre el PP y Podemos no ha sido tendenciosa aunque a saber si en ella se han colado las entrañas de mi inconsciente. La he reducido a los dos partidos o castas, por ponerlo en moderno, que, según las encuestas, podrían ganar las elecciones si se celebraran hoy. Pero me parece evidente que lo dicho se aplica a todas las formaciones políticas en campaña.

Se ha abierto la temporada de los expertos en comunicación verbal y no verbal. La comunicación no tiene nada que ver con la verdad; tiene que ver con la supervivencia del más hábil, como en su día demostró Darwin y sigue demostrando la biología evolutiva. Entonces,  ¿quién tiene mayor probabilidad de ganar las elecciones? Científicamente está clarísimo, quien consiga engañar más y mejor.

 

 

 

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