El túnel

Publicado en Pulicoscopia el 24 de junio de 2014

 

Dice Rajoy que ya estamos saliendo del túnel. Por fin.Y al final, ¿qué hay? Hace dos años, lo  vi así.

 

El túnel

Estamos viendo la luz al final del túnel, dicen los que mandan, repiten los que repiten lo que mandan repetir los que mandan. Pasen la voz. Que vuelva a encenderse la esperanza entre la multitud que se apretuja en la oscuridad. Ya falta poco para llegar a la luz. ¿Qué luz? A la luz que ya se vislumbra al final del túnel.

Nos fueron metiendo en el túnel poco a poco. Los primeros en llegar tenían espacio para caminar hacia adelante con la esperanza de encontrar la salida. Empezaron a caminar. El túnel era un castigo para unos cuantos por haber vivido por encima de sus posibilidades. Los castigados reconocían su culpa y aceptaban su castigo con vergüenza, sin armar bulla para no hacerse notar: para salir de allí rehabilitados, curados para siempre de su insensatez; para que nadie les recordara nunca que habían tenido que pasar por el túnel.

Pero el túnel era largo, largo. No se le veía el fin.  Algunos empezaron a caer por el camino sin que nadie se detuviera para ayudarles a  levantarse. No se podían detener. Tenían que seguir adelante para no caer y ser arrollados por los que iban entrando; una multitud cada vez más numerosa, miles de seres grises que caminaban hacia adelante cegados por la oscuridad, empujando, pisando, sordos a los lamentos de los que iban cayendo. Ya no importaba encontrar el final, solo importaba seguir caminando para no caer y ser pisoteados y quedarse para siempre en el lodo negro. Ya no eran miles, eran millones que  avanzaban con lentitud hasta quedarse  atascados, estirando el cuello para respirar, con los ojos ciegos fijos en un final imaginario que tal vez no existía. De pronto alguien rompió el silencio y la voz fue pasando de un oído a otro. Algunos habían encontrado la luz, decía; algunos estaban saliendo. ¿Adónde? A un mundo distinto, a un mundo nuevo.

Las mayores eminencias de las finanzas se habían unido para concebir y diseñar un mundo feliz. ¿Cómo el de la novela de Aldous Huxley que lleva ese título en español? Sólo en el fondo. Puede que de ella sacaran el concepto de la felicidad, aunque también pudieron inspirarse en la conocida sentencia: “No es feliz quien más tiene sino quien menos necesita”. Los genios de las finanzas no tenían la intención de perderse en complejidades. Pareciéndoles evidente que la felicidad se basaba en la conformidad,  se propusieron crear un mundo en el que cada cual pudiese vivir libre de la angustia que causan el deseo y la necesidad de competir; en el que cada cual tuviese que vivir conforme con su destino sin deslomarse escalando para acceder a un destino superior. ¿Pero cómo lograrlo cuando a la mayoría se la había programado durante décadas para que necesitara cada vez más cosas, para que viviera en perpetua lucha contra el vecino por conseguir más y mejor, para que creyera en una justicia universal que a todos otorgaba la justa recompensa por sus esfuerzos?  Habría que desprogramar a la mayoría e introducir en sus mentes un programa nuevo; cambiar, cambiarlo todo, empezando por las costumbres para sustituirlas por nuevos hábitos que a su vez se encargaran de modificar las ideas acabando con cualquier tipo de contestación.

La consigna había recorrido el universo de las finanzas reducida a una sola palabra: cambio; crisis, para que se entendiera en griego y en latín. Crisis, para que, repetida a todas horas en los cuatro confines de la tierra, la palabra penetrara a través del oído como un gusano abriéndose paso hasta el cerebro. Crisis.  ¿Pero en qué consistía el cambio, la nueva programación que debía dar lugar al mundo nuevo?

Los genios financieros se habían reunido con los políticos para explicarles los detalles y comunicarles con rotundidad que solo se permitiría gobernar a  quienes se comprometieran a implantar el cambio. Quienes mostraron su disconformidad quedarían apartados del poder. No sería necesario silenciarlos con métodos violentos. Para arrinconarlos, bastaría aplicar una propaganda bien diseñada de acuerdo a los principios de aquel ministro genial que consiguió transformar la ética y la moral de  Alemania en los años gloriosos del Tercer Reich. Después de la programación, la mayoría, transformada por el pánico, ignoraría cualquier voz que la llamara a la aventura. La mayoría no querría otra cosa que estabilidad.

Y nos metieron en el túnel. Y empezamos a perder por el camino, primero, lo que sobraba, luego lo que creíamos esencial. Pero seguíamos caminando. Lo único esencial era la supervivencia y se podía sobrevivir sin libertad, sin derechos, sin dignidad, con casi nada. Y seguimos, seguimos, aún cuando casi habíamos perdido la esperanza.

Ahora parece que la esperanza vuelve. Ya se ve la luz al final del túnel, repiten cada vez más voces. Es la nueva consigna. Ya se ve la luz. Estamos saliendo, algunos ya han salido, saldremos. ¿Adónde?

Saldremos cambiados, renovados, a la luz de un mundo nuevo en el que ya no tendremos nada de lo que creíamos esencial, pero tampoco nos hará falta. Ahora ya hemos aprendido, sabemos que lo único esencial es la supervivencia. Si conseguimos salir, ¿qué importa lo que tengamos que hacer, a lo que tengamos que renunciar? Nada puede ser peor que volver al túnel, a caminar en la oscuridad con peligro de caer y quedarse para siempre en el lodo negro.

Shakespeare quiso que uno de los personajes de La tempestad, una joven criada en una isla desierta que sólo había visto en su vida a dos  hombres y algunos espíritus, exclamara al ver llegar a la isla a unos marineros borrachos: “¡Oh maravilla! ¡Cuántas criaturas grandiosas! ¡Qué hermosa es la humanidad! ¡Oh insólito nuevo mundo en el que vive gente así!” Aldous Huxley tomó el último verso como expresión de la máxima ironía para dar nombre a su  utopía inhumana. “Brave new world”, exclama un personaje marginado cuando contempla un mundo de seres de apariencia humana a los que se ha programado para no pensar ni desear; para trabajar para los seres de rango superior a cambio de la supervivencia. Desde la primera traducción al español, el título se convirtió en “Un mundo feliz”. ¿Feliz? ¿Por qué no? Los que entraron en el túnel siendo niños verán la luz con la alegría con que la joven de La Tempestad descubría a los borrachos.

Ya son millones los que se han librado del esfuerzo de comunicar sus pensamientos. Las palabras se acortan. El ruido hace el habla innecesaria.  ¿Para qué hablar si nadie escucha? Ya son millones los que trabajan por lo que les quieran pagar. ¿Qué más da si el vecino es igual de pobre y ya no puede haber envidia que obligue a presumir?  Ya son millones los que han dejado de quejarse de las mentiras y de la corrupción de los seres de rango superior. Son ellos los que garantizan la estabilidad, el fútbol, los toros, las procesiones, las fiestas. Ya no se quejan de los curas. Sin curas no hay bodas ni bautizos ni comuniones.

Los genios de las finanzas sonríen con satisfacción en sus mundos de lujo. La programación ha sido un éxito. Se ha librado a los inferiores de la tensión por superarse, de pagar impuestos para imponer una igualdad injusta. Los hombres no son iguales, no pueden serlo. Siempre ha habido una élite de hombres superiores por su inteligencia y por el entorno en el que han crecido. En realidad, el mundo que ha conseguido imponer la sensatez de las mentes privilegiadas no es tan nuevo. Es el mundo de siempre, el que había antes de que el socialismo introdujera el disparate de la igualdad.

 

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