Manifiesto del ciudadano jorobado

Publicado en El Socialista Digital el 4 de septiembre de 2016

ELECCIONES GENERALES, 26/06/2016.- Votaciones en el colegio electoral Infant Jesús de Barcelona. | EFE/Marta Pérez

 

Este va sin firmas. Nuestros nombres solo suenan en casa, en el trabajo, en el bar, en la peluquería. Encima, somos millones; tanto nombre solo cabe en el censo electoral. Pero que no lleve firmas de nombres rimbombantes no le resta importancia a este documento en este preciso instante de nuestra historia. Porque se da el caso de que es muy posible que tengamos que volver a votar, circunstancia que altera la epidermis de los políticos y les estimula la memoria.

 

Mientras dure la apasionante campaña electoral que parece que se avecina, siguiendo las instrucciones de sus asesores, los candidatos volverán a acordarse de sus abuelos, de sus padres, de sus hijos, de nuestros hijos, padres y abuelos y hasta de nosotros mismos en un esfuerzo ímprobo por parecernos cercanos. Lo que para los candidatos significa someterse a la tortura de abrazos; besitos; toquecitos en cabezas de niños justificadamente hostiles y hasta tomar en brazos a algún bebé superando el miedo a embarrarse con residuos ajenos; mensajes de amor a audiencias dándose golpecitos en el corazón, lo que puede ser un peligro para la salud al cabo de decenas de mítines; y lo peor de lo peor, someterse a selfies, a miles de selfies de quienes tienen la ilusión infantil de soñarse amigos de sus ídolos políticos y de quienes creen que podrán utilizar la foto para conseguir trabajo o algún privilegio, ilusión infantil también, pero patética –se dice que hay quien se está haciendo fotos con candidatos de todos los partidos para utilizar la que más oportunamente le convenga en caso de necesidad.

 

Demostrando que los ciudadanos jorobados no somos tan egoístas como se nos supone, declaramos, en primer lugar, nuestra profunda solidaridad con los candidatos que muy probablemente tendrán que volver a sufrir tan horrendas pruebas, tras un período de recuperación que ha resultado brevísimo por culpa de los diversos trastornos mentales que aquejan a todos los estamentos de nuestra sociedad y que hace tiempo causaron a la mayoría, políticos incluidos, la pérdida de sentidos varios, entre ellos, los de ubicación y orientación.

 

Somos conscientes de que muchos de los que aspiran a gobernar nuestras vidas, no saben, hoy, dónde están ni a dónde van. Los hay que tras haberse creído anclados a perpetuidad en tronos victoriosos, sienten cómo el terreno se estremece a sus pies sin que haya cemento que lo contenga. ¿Pero qué está pasando aquí? se preguntan con ojos de rapaces nocturnas hambrientas que sobrevolaran precipicios desprovistos de vida. Otros, que tampoco saben lo que está pasando, se han colgado de lianas para poder desplazarse de un extremo al otro de la selva hasta que pase el terremoto, pero con los intestinos contraídos por el miedo a que se caigan los árboles. Mientras otros aún, que se las prometían felices a bordo de una locomotora de alta velocidad, viéndose varados en una vía muerta increpan a los dioses de diestra y siniestra por haberles dejado allí. Alguien tendrá que asumir la responsabilidad de rescatarnos llevándonos a la gloria que merecemos, digo yo –grita su líder. Pero nadie le escucha porque sabido es que en una catástrofe, lo primordial es salvar el culo propio. En medio de la confusión, hay también alguno –como dicen ciertos políticos- que aguanta, en posición de firme y en el más conspicuo de los silencios, el clamor universal para que se convierta en salvador de la patria, entregándonos a todos a los traidores que quieren reducirnos a la esclavitud o embarcándose en una aventura que puede convertirle en César por unos meses y dejarle después exangüe en los brazos de algún Marco Antonio tras ser apuñalado por todos los demás, los Brutos incluidos.

 

Comprendemos con profunda compasión que en medio de tan negra incertidumbre, la inmensa mayoría de los políticos de este país estén dispuestos a sacrificar cualquier cosa; amigos, siglas y dignidad, para evitar a los ciudadanos, dicen, la insufrible tribulación que a todos causarían otras elecciones. Y porque somos conscientes de que la incertidumbre les carcome, queremos librarles al menos de la paternal preocupación por nosotros que les acora.

Los manifestantes de este manifiesto manifestamos con absoluta franqueza y sin restricción mental nuestra disposición a votar otra vez. En primer lugar, solo se trata de dar un paseo hasta el colegio electoral. Si hay cola, no tiene por qué suponer un contratiempo. La política nos ha dado este año materia de sobras para montarnos conversaciones amenas. Y verse en una cola para votar un día de Navidad es un acontecimiento tan insólito que ni los mudos se abstendrían de comunicar lo que piensan y sienten. En una sociedad que ha sucumbido a la incomunicación entre próximos que ha impuesto la tecnología, el súbito bullicio de voces humanas en bares, calles, colas, colegios electorales puede ser un hito en la historia de la humanidad.

 

Nos dice el evangelio de San Juan que en el principio existía la Palabra y que por la Palabra se hizo todo. El día de Navidad de 2016, mientras el mundo cristiano conmemora el nacimiento de la Palabra, los ciudadanos españoles podríamos volver a sentirnos como criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios, creadores, gracias a la palabra, de una España reconstruida sobre las ruinas mefíticas de la sociedad franquista. Vale que la ilusión no nos duraría más de un día, pero para quien pueda sentirla, comprenderla y valorarla en todo su profundo significado, puede ser de esas ilusiones que justifican toda una vida.

 

Por eso, los ciudadanos jorobados, rebautizados por Galeano con el nombre de Nadies, no solo pedimos a los políticos que no se preocupen por librarnos de la molestia de votar otra vez. El síndrome del pastor que nos relató la escritora Victor Català en su “Soledad”, síndrome que a todos nos agobia con la horrible sensación de impotencia cuando comprobamos que nuestros representantes no nos escuchan ni nos dejan siquiera hablar con ellos, hace que siempre estemos dispuestos a votar porque el voto nos permite, al menos, sentirnos alguien mientras dura la farsa de las campañas y en el momento de elegir la papeleta con la que creemos poder mejorar nuestras vidas y las de nuestros conciudadanos.

No nos amordacéis. Dejadnos hablar. Dejad que el oprobio caiga sobre quien calle. Dejadnos soñar que nuestra palabra vale y que con ella podemos cambiar el mundo, el infinito aunque pequeño mundo en el que nos ha tocado vivir.

Decís que queréis nuestro bien, el bien de España. Por nuestro bien y por el bien de España, dejadnos hablar a nosotros ya que vosotros no os podéis entender. ¿Que teméis que nosotros volvamos a decir lo mismo que os ha metido a todos en este berenjenal? Bueno, ¿no decís que vivimos en una democracia y que los votantes nunca se equivocan y cosas así?

Pues bien, los ciudadanos jorobados os decimos, apechugad; acostumbraos a apechugar como nosotros hemos tenido que apechugar con nuestras desgracias, la mayor de las cuales no es, de ninguna manera, volver a votar. No sigáis utilizándonos como excusa para camuflar vuestros miedos. Si hay que volver a votar, se vota, porque para aguante, el nuestro, como lo hemos demostrado y lo seguimos demostrando hasta la saciedad.

Escritora y columnista.

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3 comentarios sobre “Manifiesto del ciudadano jorobado

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