Terrorismo financiero

Es pobre. De pronto se da cuenta con estupor de que es pobre. Ha sido la cifra que ha oído en la radio, que ha visto en la portada de un periódico. 13,6 millones de pobres; 28,6% de pobres; uno de cada cinco españoles pobres.  Años viendo esa cifra como una realidad oscura, maloliente, pero afortunadamente lejana. Los pobres vivían en otra parte, en una especie de leprosería, algo feo a lo que no era sano ni mirar.

Ahora hay un pobre en su casa, comiendo en su mesa, durmiendo en su cama. Su casa ya tiene en la puerta el letrero que avisa que en esa casa hay un apestado. Cuando suene el timbre, cuando suene el teléfono, sabe que no será un amigo; será una cara, una voz impersonal, imperativa, exigiéndole que pague algo. El timbre de la puerta, el timbre del teléfono empezaron a sobresaltarle aún antes de darse cuenta de que era pobre, y los sobres sobresaliendo del buzón y ver de lejos al presidente de la comunidad y no verle, pero presentirle, imaginarle exigiéndole el pago de gastos que nunca podrá pagar. Ahora sabe que el miedo que no le dejaba dormir y que se despertaba con él y no le dejaba despertarse del todo y le atenazaba las piernas obligándole a arrastrar los pies para llegar al baño y hacía que le temblara la mano al acercarla al interruptor de la luz que en cualquier momento dejaría de encenderse porque el banco habría devuelto la factura; ahora sabe que ese miedo no era estrés por haber perdido el trabajo y que se le pasaría pronto, como le había dicho el médico de cabecera; ahora sabe que el miedo que apareció como un tumor el día que supo que le iban a despedir ha ido creciendo, ocupando toda su mente y su cuerpo; ahora sabe que el miedo es la única compañía con la que podrá contar por el resto de su vida de pobre. Ahora sabe que ser pobre es poseer dos cosas seguras: el miedo y la soledad.

Va el nuevo pobre a cobrar el paro con miedo de que no se lo hayan ingresado porque había tantos requisitos y siempre le faltaba algo y cuando al fin le dijeron que lo podía cobrar, ya ni se lo creía. Miedo hasta que ve los billetes salir por el cajero. Coge los billetes, los cuenta, y la sangre le abandona la cara. No le alcanza para la hipoteca. Debe haber un error. Va al cajero, pregunta, le explican. De la prestación hay que deducir el impuesto sobre la renta. ¿Pero qué renta si no tiene renta? La prestación es una renta, es lo que hay.

Y así un día y otro. Caminar por la calle sintiéndose cada vez más como una rata asustada que corre a esconderse en cuanto un ruido le advierte de  un peligro mortal. El peligro es la gente; el dueño de la tienda que en cuanto le ve pone cara de no me pidas que ya no te fío, el amigo que apresura el paso al verle y hace ver que no le ha visto, el acreedor que le cobra, el juez que ordena embargos y desahucios, el político que hizo la ley para que pudieran despedirle pagándole una miseria. Pero ninguno de ellos tiene la culpa de su pobreza. El único culpable es él por no haber estudiado lo que tenía que estudiar; por no haber sabido medrar; por no haber ganado más; por no haber ahorrado;  por haberse comido lo que había ahorrado; por haber ido perdiendo poco a poco todo lo que tenía sin detener la hemorragia; por haberlo perdido todo; por ser un perdedor. Al pobre no le quiere ni Dios porque algo malo habrá hecho para que Dios y la suerte le hayan abandonado.  Junto al tumor del miedo, al pobre le crece el de la culpabilidad.

Y un día o una noche, porque los días y las noches son iguales, en una duermevela, se ve convertido en una enorme llaga llena de agujeros que supuran. Es tal la repugnancia que le inspira la visión, que no le extraña dar asco a los demás.  Ya no le queda nada que merezca estimarse. Ya solo le queda la muerte o el vivir sin vivir que es la resignación.

¿Quién le mató a ese pobre el valor convirtiéndole en un cobarde  incapaz de superar el miedo? ¿Quién le arrancó los afectos condenándole a la soledad? ¿Quién le convirtió en un animal tan repugnante que ni él mismo soporta su propia imagen de sí mismo?

En los altos despachos se monta y organiza el terror que en forma de leyes se extenderá para someter a quienes algo tienen y a quienes ya no tienen nada. En los altos despachos se montan y organizan las campañas para aumentar el terror entre la población y conseguir que la población vuelva a dar el poder a quienes causan el terror, convenciendo a la mayoría de que si ellos saben administrar el dinero en su propio beneficio, son también los únicos que pueden evitar que los que tienen algo lo  pierda todo y que se rebelen los que no tienen nada.

Dicen las encuestas que volverán a ganar las elecciones quienes, durante cuatro años, sembraron el terror con leyes injustas que excluyeron de la sociedad a millones convertidos en pobres. La mayoría de esos millones ya no tiene ni ganas de votar. Volverán a ganar las elecciones quienes robaron cuanto pudieron a quienes el 26 de junio volverán a elegirles. ¿Cómo es posible? El terror obnubila la razón. Basta hacer creer a la mayoría que todos son iguales y que los otros lo harían peor.

Se define el terrorismo como “el uso sistemático del terror, para coaccionar a sociedades o gobiernos, utilizado por una amplia gama de organizaciones políticas en la promoción de sus objetivos, tanto por partidos políticos nacionalistas y no nacionalistas, de derecha como de izquierda, así como también por corporaciones, grupos religiosos, racistas, colonialistas, independentistas, revolucionarios, conservadores y gobiernos en el poder”.  Cuando las armas que utilizan los terroristas producen la asfixia económica de los más vulnerables, puede hablarse de terrorismo financiero.

Dicen las encuestas que el 26 de junio volverán a ganar las elecciones los terroristas financieros del Partido Popular.

 

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