¿Cómo dice?

Publicado en Publicoscopia el 23 de agosto de 2015

Antes de ayer, el PP sacó un vídeo que ha pasmado al personal por el descaro absoluto con que suelta mentiras y manipula la verdad. Nos habíamos acostumbrado a las mentiras de los miembros del partido y del gobierno. Ver y oír a Mariano Rajoy mintiendo en el senado fue el colmo que a todos nos curó de espanto. El vídeo propagandístico, sin embargo, lo ha superado todo hasta tal punto, que después de verlo con la boca abierta, al final uno acaba riendo. Semejante exhibición de desvergüenza parece imposible fuera de una comedia de pícaros españoles.

A poco que se reflexione, sin embargo, uno se pregunta para qué se toman la molestia de pergeñar mentiras gordas exponiéndose a la irrisión general, siendo muy probable que, aún diciendo la verdad, vuelvan a cosechar la mayoría de los votos. Debe ser una cuestión de principios. Hay gente  que evita decir la verdad como si decirla fuese un pecado mortal.

Hace  poco menos de un año se me ocurrió imaginar qué diría Mariano Rajoy si de pronto se viera incapaz de mentir como el personaje de una película reciente que tuvo mucho éxito. Diría lo que piensa y siente, claro. Y eso, ¿escandalizaría más que sus mentiras? Probablemente, no. En España deben quedar muy pocos ingenuos que no sepan lo que piensa y siente de verdad Mariano Rajoy.

 

¿Cómo dice?

¿Cree el Partido Popular que los ciudadanos le pasarán factura por los recortes, por los casos de corrupción y los escándalos como el recientemente protagonizado por el Ministro del Interior?

La culpa de que haya parecido reprobable que el Ministro del Interior recibiera en su despacho al ex presidente de gobierno, señor Rodrigo Rato, la tiene el Partido Socialista. El hecho no tenía nada de malo hasta que el PSOE lo manchó con una vil calumnia. Menos mal que la Justicia ha permitido que todos los calumniados por los populistas estén en libertad y hayan podido disfrutar de unas vacaciones a la altura de su categoría. Si fuera por el Partido Socialista y sus cómplices a la izquierda, esos grandes señores estarían todos en la cárcel produciéndose en la sociedad española un grave y peligroso desequilibrio. ¿Qué sería del país si se encerrara a los prohombres en prisión? El gobierno, las instituciones, la calle estarían en manos de la chusma.

Dijo un juez que las leyes se hicieron para los robagallinas y los populistas enseguida utilizaron la frase para atacar a la Justicia. Pero la mayoría no se deja engañar. Sabe la mayoría que el que roba una gallina se la va a comer, privando a su dueño, de modo irreversible, de algo que le pertenece. El respeto a la propiedad privada es uno de los pilares de los países libres y es justo que la sociedad se defienda de quienes pretenden atentar contra tan sagrado derecho. Salta a la vista de cualquier persona con sentido común que no se puede castigar con el mismo rigor a un dirigente que comete algunas irregularidades en el desempeño de las graves responsabilidades que en sus cargos asume, que a otro que roba bienes ajenos en un supermercado, por ejemplo. Este ladrón consume lo que no es suyo sin producir nada, mientras que el primero mantiene en movimiento la rueda de la política y las finanzas que si se detuviera, causaría la ruina del país.

Es muy fácil ponerse de parte de una sexagenaria con hijos y nietos a su cargo que tiene que ingresar en prisión por desobedecer a la Justicia que le exige derribar su casa. Los populistas saben muy bien cómo manipular los sentimientos de las personas de buena fe. Pero la mayoría tiene sensatez suficiente para comprender que un país en el que se tolera la desobediencia a los tribunales deriva en la anarquía. La desobediencia merece siempre un castigo ejemplar para disuadir a quienes pretenden imponer su propia ley. Además, consentir que una familia ocupe espacio público para procurarse una vivienda serviría de llamada para que cualquier familia hiciera lo mismo donde le pareciera. Otra vez los populistas recurren a la falacia comparando la ocupación de un espacio destinado al ocio público, como un parque nacional, con la ilegalidad de un gran hotel situado en primera línea de mar. Es evidente que no cabe comparar ambas circunstancias. El hotel atrae riqueza y crea puestos de trabajo. Una casa situada en un parque nacional afea el paisaje, perjudica el medio ambiente y no produce más que suciedad.

El Partido Socialista no tiene reparo en tergiversar la realidad para transmitir mensajes falsos a la ciudadanía. Prueba de ello la tuvimos esta semana en el debate sobre el presupuesto cuando los diputados de ese grupo radical se atrevieron a culpar al partido de gobierno de que en este país murieran 100.000 personas sin recibir la ayuda que les correspondía por la Ley de Dependencia. En primer lugar, la simple acusación revela una mala fe que no se detiene ante nada para extender la calumnia. Es evidente que quienes se acogen a la Ley de Dependencia están enfermos, por lo que las muertes que se producen en este colectivo obedecen a la consecuencia natural de las diversas patologías y no a las medidas del gobierno. Lo que el Partido Socialista persigue al pronunciar tal disparate es desviar la atención de un grave problema que amenaza al núcleo de nuestra sociedad. Fue Rodríguez Zapatero, de infausta memoria, quien tuvo la ocurrencia de promulgar una ley que no solo comprometía gravemente las finanzas del estado sino que atentaba contra los fundamentos de la familia tradicional.

Nuestro país se ha distinguido siempre por el trabajo abnegado y desinteresado de la mujer en el cuidado y protección de los suyos. Ofrecer sueldo y seguridad social a una madre que cuida de su hijo discapacitado o a una hija que cuida de su madre impedida es un insulto que ninguna mujer está dispuesta a tolerar. El Partido Socialista, como todos sus futuros socios radicales, pretende privar a la mujer de los privilegios que la propia naturaleza le confiere, en aras de una igualdad imposible que pone en grave riesgo su integridad emocional y, en ocasiones, hasta su integridad física. Predicar la igualdad de hombre y mujer y pretender, encima, que se reconozca por ley tal disparate violenta a las personas y a la sociedad. Una sociedad sana es aquella en la que sus miembros reconocen y aceptan el lugar que les corresponde y procuran desempeñar lo mejor posible las funciones que ese lugar les exige. A la mujer ha correspondido desde siempre el cuidado de la casa y de la familia. Obligarla a incorporarse al mercado laboral y a competir como un hombre por cargos y salarios lesiona gravemente sus derechos y causa la degradación moral de la sociedad. Esto lo sabe la mayoría de las mujeres de nuestro país que luchan en silencio desde sus hogares contra el despropósito de los radicales que quieren quitar a la mujer lo que le corresponde como mujer. Asistimos con profundo dolor a casos extremos de violencia doméstica que derivan en tragedias. Afortunadamente, la mayoría no se deja confundir por quienes se escandalizan cuando rigurosos y reconocidos expertos apuntan a lo que puede ser la causa más profunda de este comportamiento anormal. Los mensajes sobre la falsa igualdad producen en algunas mujeres actitudes impropias de su sexo que en ocasiones producen, a su vez, reacciones violentas en el sexo contrario que no deben tolerarse, pero que sí se pueden comprender.

La irresponsabilidad de los populistas altera gravemente la cohesión social. Al despropósito de exigir igualdad entre hombres y mujeres, el socialismo agrega el despropósito aún mayor de exigir la igualdad de todos los hombres. ¿Cómo va a ser igual un niño que se está formando en el seno de una familia estructurada que no escatima esfuerzos para dar a sus hijos la mejor educación, y otro niño al que las circunstancias familiares no permiten formarse debidamente ni acceder a los estudios que requiere pertenecer a las clases dirigentes que garantizan el progreso de un país? No tendría ni que decirse algo que percibe sin dificultad el sentido común. De lo cual se deduce con claridad que un sistema de becas responsable no puede basarse en subvencionar los estudios según los ingresos de las familias porque, además de ser insoportablemente gravoso para el estado, resulta profundamente injusto. El dinero público, el que todos pagamos con nuestros impuestos, debe invertirse en la educación de los mejores para garantizar que el dinero invertido redunde en beneficio de la sociedad. Que la mayoría de los mejores provenga de las mejores familias no es, como predican los agitadores socialistas, un signo de injusticia social, es la consecuencia, probablemente, de la cadena genética y, con toda seguridad, de la educación recibida.

Los socialistas, como todos los populistas radicales, montan sus campañas a base de palabras que agitan las emociones; palabras que suenan bien, pero que bajo su significado aparente, amenazan los fundamentos de una sociedad que, como la nuestra, ha defendido su estabilidad durante siglos superando todas las aventuras suicidas que hasta hoy han pretendido derrumbarla. Afortunadamente, la mayoría entiende muy bien las cosas cuando se las explican con claridad y sin complejos. Es lo que hace y continuará haciendo el Partido Popular. ¿Quién quiere libertad si la libertad significa que cada cual puede hacer lo que le dé la gana poniendo en peligro la libertad de los demás? La Ley de Seguridad Ciudadana garantiza que puedan sentirse libres quienes no se salen de su sitio ni alteran la paz social con opiniones y discursos desestabilizadores. ¿Quién quiere igualdad si la igualdad significa que pueden acceder a los cargos de mayor responsabilidad personas de estamentos inferiores que carecen de la debida preparación y experiencia? Una sociedad feliz es aquella donde cada cual permanece en su sitio sin someterse a las tensiones que causa ambicionar un sitio superior. ¿Quién quiere realmente la fraternidad? ¿Quién se siente verdaderamente cómodo teniendo que aceptar como hermano al obrero inculto que corta una vía de comunicación principal para gritar obscenidades exigiendo subidas de salario y condiciones laborales que pueden hacer que una empresa se vea obligada a cerrar dejando a cientos de obreros en la calle? ¿Quién se siente hermano del que, por las razones que sea, vaga por las calles incomodando a los viandantes para que mantengan su mala vida con una limosna, en vez de ponerse a trabajar como cualquier persona de bien? ¿Quién se siente hermano del que deja su país para meterse a la fuerza en el nuestro con la intención de aprovecharse del progreso que tanto nos ha costado a todos; con la intención de ocupar nuestras viviendas y consumir los fondos de los que disponemos para sanidad y educación?

Hay que llamar a las cosas por su nombre. Hay que decir la verdad. Europa es el continente donde sobrevive el que acepta las normas que garantizan la prosperidad económica, como bien ha tenido que aprender Grecia a las malas. España es un país europeo donde la mayoría no quiere otra cosa que sobrevivir en una economía estable que garantice la estabilidad de su casa y la paz social. La mayoría de los españoles no quiere, por lo tanto, saber nada de ética ni de las monsergas que predican el Partido Socialista y sus cómplices. La mayoría de los españoles volverá a votar al Partido Popular.

-¿Cómo dice?

-Y tal. Siguiente pregunta.

 

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