Hablemos del PSOE, con perdón

Publicado en Publicoscopia el 15 de febrero de 2015

Publico aquí uno de mis artículos más leídos y comentados, a pesar de ser de los más cortos o tal vez por eso,  esperando que vuelva a servir para reflexionar. Estamos viviendo uno de los momentos más críticos de nuestra historia de los últimos cuarenta años. Da miedo comprobar cómo la mayoría parece no darse cuenta de que está en peligro la democracia que nos costó años y esfuerzo consolidar y derechos que nos fuimos ganando a pulso en medio de enormes dificultades. Tal vez es el miedo el que hace que la mayoría trate de convencerse de que no pasa nada. Cuando el miedo se vuelve insoportable , una de las defensas de la mente es negar la amenaza. Esa es la reacción más peligrosa, porque la amenaza no desaparece y el miedo, en vez de impulsarnos a la defensa, nos hipnotiza y nos paraliza, como la sustancia que inyectan algunos depredadores a sus presas antes de devorarlas. Del miedo solo puede librarnos la voluntad; a la voluntad la mueven la razón y las emociones. Cuando la mueven las emociones, el movimiento, ciego, puede llevarnos al error. Cuando la mueve la razón, podemos calcular, valorar y decidir la solución más conveniente. Para calcular y valorar correctamente, es necesario  que hagamos acopio de toda la información posible.  El objetivo de este artículo era informar y por eso vuelvo a publicarlo.

Hablemos del PSOE, con perdón

Un día de 1982 los españoles decidieron meter guerra, posguerra y dictadura en el olvido y lanzarse a alcanzar a los europeos que ya hacía décadas que avanzaban por la vía del progreso dejando sus propias tragedias atrás.

 

No fue un milagro. El Partido Socialista Obrero Español. libre de la dogmática marxista y del ansia de aventuras revolucionarias, ofreció a los ciudadanos crear las estructuras y las leyes que a todos garantizasen el derecho a la sanidad, a la educación, a una vejez digna; el derecho a convivir como seres humanos en una sociedad más justa y democrática. Diez millones de españoles le creyeron y pronto empezamos todos  a aprender, a vivir, lo que era la socialdemocracia. No solo en las escuelas, en los hospitales, en las fábricas. La transformación de una sociedad oprimida por miedos y prejuicios ancestrales, dividida en una casta que acaparaba los privilegios y otra a la que correspondía el trabajo sin más beneficios que el salario a voluntad del patrón; la transformación que hizo del español un ciudadano se notó enseguida en la calle. La mayoría entendió que la igualdad tenía que ser para todos y que la libertad solo es posible donde se respetan la libertad y los derechos de los demás.

La historia de las décadas siguientes está en los libros y en la red a la que nada escapa. Quien no sepa lo que ocurrió en esos años en que vivíamos con la sensación de ir avanzando por una vía cada vez más amplia y más cómoda de transitar, es que, por razones diversas, no quiere recordar ni quiere aprender ni quiere saber nada de su propia historia. Saben los de entonces que en la euforia de la marcha nadie quería mirar atrás. Los salarios cubrían las necesidades básicas para vivir bien y el crédito daba acceso a lujos hasta entonces reservados a la clase superior. La profecía de Ortega se había cumplido. La masa exigió su lugar en los museos, en los teatros, en las pistas de esquí. Y los hijos de esa masa crecieron como los hijos de los ricos de toda la vida, creyendo que el dinero era un recurso natural inagotable y que el poder adquisitivo era cosa de familia que se transmitía de generación en generación.

Tan segura estaba la mayoría de que su estatus era irreversible que un día del 2000 decidió votar como los ricos dando el poder absoluto al partido que defendía los privilegios de la casta superior. Volvió la prepotencia del más fuerte, el gobierno por decreto. Empezó a desdibujarse el ciudadano para volver a la condición de súbdito que repite las consignas que dicta el poder. ¿Para qué rebelarse si los que mandaban habían puesto todo el suelo de España a disposición de los constructores, y los constructores ofrecían dinero a manos llenas a cualquiera que trabajara montando edificios en ese suelo? ¿Para qué rebelarse si los bancos multiplicaban el poder adquisitivo de los salarios prestando dinero como si los billetes fueran cromos? ¿Cómo iba a rebelarse una generación convencida de que el valor supremo de la existencia era el dinero y de que mientras mandaran los que tenían el dinero como valor supremo, el dinero no les iba a faltar? Pero aún no estaba convencida del todo. Una explosión de sangre y muerte despertó de pronto las conciencias. Volvimos a sentirnos solidarios, humanos. Recuperamos de golpe los valores del ciudadano de una sociedad democrática que no acepta el desprecio y la mentira de sus gobernantes. La mayoría frenó, dio marcha atrás y devolvió el gobierno al partido que garantizaba derechos y libertades, la posibilidad de vivir una existencia humana.

La historia de las dos últimas legislaturas del PSOE está en los libros y en la red de la que nada se escapa. La más reciente, la de esa estampida hacia la irracionalidad que llevó a la mayoría a poner sus casa, sus familias, sus vidas en manos del partido que ya había demostrado lo que era capaz de hacer con el poder absoluto ya no puede ignorarla nadie porque la estamos sufriendo todos; el que no tiene porque no tiene y el que tiene porque teme quedarse sin tener.

¿Tan fea era España? ¿Tan fea era y tan sucia antes de que la mayoría de hombres y mujeres intentaran convertirla en un país democrático, lugar de convivencia de una sociedad justa e igualitaria? ¿Qué ha pasado para que la mayoría siga tirando de su nómina y del crédito por su nómina ignorando a los millones que han perdido todo derecho a una existencia digna? ¿Qué ha pasado para que no le avergüence un gobierno que miente sin medida, un partido gobernante acusado de corrupción, un presidente sospechoso de corrupción también que no contesta o contesta con mentiras a los representantes de la soberanía popular? ¿Puede una sociedad caer más bajo? Puede.

Azuzados por una propaganda goebeliana que achaca al PSOE, desde su fundación, todos los males de España, miles de voceros del partido de gobierno, algunos a sabiendas y muchos sin saber siquiera lo que hacen, intentan convertir las siglas del único partido socialdemócrata del país en anatema. Hablar del PSOE hoy por hoy, son ganas de pifiarla. Si hablas mal, todavía tiene un pase, aunque mejor que no. Hay que conseguir que el día de las elecciones nadie se acuerde la existencia de ese partido; que sus siglas, por repetición, se fundan con las del PP para que el elector que va a votar vea PPSOE. Unos tienen la esperanza de que, visto así, el ciudadano agarre cualquier otra papeleta para cambiar el gobierno por lo que sea. Los del PP, a su vez, esperan que el ciudadano agarre esa papeleta y la meta en la urna por asco que le dé porque, ¿a quién va a votar si no que le garantice, al menos, que no va a perder lo poco o lo mucho que tiene? Al menos el PP sabe de qué va la Economía, ese ámbito esotérico donde las cosas parece que van bien aunque nadie lo perciba con ninguno de sus sentidos.

Hablar del PSOE y encima, no hablar mal ya es saltar de la pifia a lo escatológico. ¿A quién se le ocurre ir contracorriente y subirse al carro del perdedor? Pues mire usted, tal vez a quien no tiene nada que perder ni nada que ganar excepto la impagable sensación de sentirse libre diciendo sin miedo ni ambages lo que le dicta la razón.

Al paso que vamos, con los medios de comunicación empeñados en ningunear al PSOE salvo para destacar sus problemas internos, la mayoría se verá obligada a decidir entre dos opciones: una que nos ofrece seguir como estamos, en una sociedad desmoralizada, podrida hasta el tuétano en la que cada cual lucha por la supervivencia ignorando al vecino, renunciando a convivir en una sociedad regida por valores humanos; otra que nos ofrece cambiar por el cambio, por la ilusión, por la esperanza, cruzando los dedos para que a los ignorantes ciudadanos no se les ocurra pedir mayor concreción. ¿A quién votará el ciudadano que se siente responsable del bienestar de su familia y que no quiere arriesgar lo poco o mucho que tiene a la aventura que ofrecen unos que dicen que podemos no se sabe qué? Pues eso.

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2 comentarios sobre “Hablemos del PSOE, con perdón

  1. eso es lo que digo yo no hace tanto tiempo y en cambio parece que nadie se acuerda que hasta que no gobernó el partido socialista no tuvimos derecho a casi nada ellos fueron los que hicieron que fueramos ciudadanos de primera y lo malo es que los de siempre si aprovecharon las mejoras pero nunca las han querido reconocer esperemos que la gente que se dice de izquierdas piense que su voto es valioso y vote al partido socialista que ganaremos todos

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