Dejad de jorobar con las ideas

Publicado en El Socialista Digital el 5 de mayo de 2016

 

Iban todos muy serios, con unas caras tan serias que en ellas no se imaginaba una sonrisa ni pasada ni próxima. Tenía uno al mirarles la impresión de que su vida y la vida del mundo entero era para ellos algo tan serio que al sentido del humor lo debían considerar una tara despreciable. Pasaban todo su tiempo leyendo y memorizando nombres. Cosa que afirmaban, cosa que le atribuían a una auctoritas como si un código secreto les prohibiera firmar idea alguna. Como dice Mao, como dice Marcuse, como dijo Lenin, decían para introducir las proposiciones, y dice Mao, dice Marcuse, dijo Lenin para concluirlas. Un día me atreví a preguntar a uno de esos cerebros: ¿Y tú qué dices? Me miró con la curiosidad con que se mira a un insecto en un museo de ciencias naturales. Me dijo que yo no entendía nada y no volvió a saludarme ni cuando nos encontrábamos de frente en un pasillo de la universidad.

Eran los universitarios comunistas; unos, profesores; otros, alumnos preparándose para ser profesores que seguirían instruyendo a la humanidad sobre lo que decía Mao, Marcuse, Lenin, y por supuesto Marx y un largo etcétera de nombres que, según la memoria de cada cual, podían hacer que un lego tomara sus conversaciones por recitados de una guía telefónica. Eran los intelectuales, los únicos auténticos intelectuales, y cualquiera que osara cuestionar una sola tilde de sus dogmas o era un alienado o un agente del imperialismo yanqui. La inconsciencia de la juventud me empujó alguna vez a cuestionar alguna de las ideas que predicaban como infalibles. Pronto me desterraron al grupo de alumnas que, según ellos sentenciaban con cara de asco, estaban en la universidad buscando el míster que no el máster.

Como dijo Nietzsche, y simplifico, el tiempo gira en círculo y la vida se vuelve a repetir una y otra vez. Un día, con mi pelo gris tirando a blanco, volví a ver a unos cuantos de esos chicos serios en televisión predicando como aquellos intelectuales de mi juventud, y sentí como si hubiéramos vuelto cincuenta años atrás. Tenían la misma expresión de trascendencia, hablaban con el mismo tono pontifical de aquellos que, a finales de los sesenta, iban a transformar el mundo en una república socialista soviética. Y decía la prensa que eran lo más nuevo de lo nuevo. Joer, dije yo con esa libertad que dan los años para decir lo primero que a uno se le pasa por el magín prescindiendo de normas sociales. ¿Eso es lo nuevo? Uno con cara de Trotsky joven sin bigote ni barbita, otro que predicaba la igualdad con el desaliño, otro que acababa de descubrir el efecto rompedor de una melena en un hombre. De nuevo, nada, el eterno retorno de lo mismo.

¿Y qué es lo mismo? Marx, Engels y quienes les comentaron y glosaron después y revolucionaron la política y la economía y declararon la lucha de clases. Una lectura, una interpretación ética de aquellos textos revolucionarios podía haber supuesto una aceleración a pasos de gigante en la evolución del ser humano. Pero los primeros que decidieron llevar esas ideas a la práctica hicieron una lectura política, le aplicaron principios maquiavélicos y le dieron categoría de religión. El resultado fue una tragedia para millones.

Los rusos dejaron de ser siervos de sus amos, cierto, para convertirse en esclavos del estado. La URSS se convirtió en un paraíso para los trabajadores que garantizaba techo, comida, sanidad, educación para todos, todo ello decidido por autoridades deshumanizadas que decretaron la desaparición del individuo, de las necesidades del alma individual que diferencian a los seres humanos de los animales. La URSS se convirtió en un inmenso establo.

Generaciones de rusos nacieron y murieron sin poder realizar las elecciones que ponen el destino de una persona en sus propias manos; nacieron y murieron sin saber lo que era la libertad y la responsabilidad que la libertad exige; nacieron y murieron sin saber en qué consiste la humanidad que hace de una persona un ser único, dueño de su existencia y de todas las cosas. Esa esclavitud se extendió por toda la Europa del este reduciendo a millones de seres humanos a la condición de objetos productivos durante cuarenta años. En aras del comunismo, perdieron la libertad millones de cubanos; se crearon grupos guerrilleros y terroristas que extendieron el odio y la sangre por el mundo entero; se propició la reacción asesina de los ejércitos en varias partes del mundo que, con el pretexto de acabar con el terror, instituyeron el terror.

Ahora resulta que en España, como restos arqueológicos que cobraran vida en un museo fantástico, salen a la luz teóricos del comunismo, tan serios, tan puristas como ayatolás que velan por el cumplimiento del Corán.

Izquierda Unida, con el Partido Comunista instalado en su sala de máquinas, se proclama la única izquierda auténtica porque no puede haber otra izquierda que la marxista ni otro camino hacia la evolución social que la lucha de clases. ¿Pero de qué clases nos estáis hablando, almas de Dios? ¿Es que no os habéis enterado de que en este país nadie quiere bajar de la clase media; de que las medidas urgentes que exige la situación de millones de españoles empobrecidos por la crisis no pueden tener como fin empobrecernos a todos para que nadie se enfade? La hoz y el martillo ya no se usan, ni para clavarnos ideas en la cabeza a martillazos ni para cortar la cabeza de quien no se deja adoctrinar.

Y la misma reflexión vale para esos que claman por el retorno a los principios marxistas desde el seno del PSOE, cual caballos de Troya, rindiendo un servicio impagable a la propaganda de la derecha. Ni en los medios más ultras se leen diatribas peores que en las de algunos artículos escritos por socialistas de toda la vida, dicen, que no están de acuerdo con el secretario general del partido y su equipo. Uno se pregunta por qué no se van a otro partido habiendo, hoy por hoy, tantas opciones de izquierda auténtica, alternativa, revolucionaria, anarquista, de todo, en fin, menos socialdemocrática. Porque somos socialistas y tenemos derecho a decir lo que pensamos, replican. Claro que sí, y nadie tiene derecho a cuestionar vuestro derecho a decir lo que pensáis. Pero si el modo de expresar lo que pensáis produce el efecto de hundir al partido, a los miles que constituyen sus bases, a los millones de españoles a los que vuestro guirigay desencanta moviéndoles a la abstención, ¿no tienen todos estos derecho a pediros que vayáis a buscar notoriedad en otra parte en vez de hacer todo lo posible por cargaros al único partido socialdemócrata del país, desprestigiando a la única alternativa democrática y social que puede librarnos de la pesadilla de un gobierno de derechas?

Y lo mismo vale para esos nuevos novísimos que predican la muerte de todo lo viejo para sustituirlo por nadie sabe el qué. Resulta que estamos en la Unión Europea sujetos a unas normas cuyo incumplimiento significaría la destrucción económica de España. ¿Queréis acabar con esta sociedad consumista atenazada por el neoliberalismo brutal? De acuerdo, ¿pero por qué cosa vais a sustituir la realidad en la que vivimos? La gente que piensa sabe perfectamente que no nos valen besos ni abrazos ni manos en el corazón. Sabemos que esos miles de millones que nos prometéis para rescatarnos de la pobreza demuestran muy buena intención, si la intención es consolarnos con palabras que nos ilusionen durante un rato, pero nada más. Por la sencilla razón de que la gente que piensa y se informa en este país sabe que los miles de millones que prometéis no existen. Sabemos que vuestras promesas populistas no tienen más enjundia que un anuncio de la lotería y que la lotería solo toca a unos pocos. ¿Quiénes pocos serán los beneficiarios de la bonanza que prometéis? Por ahora, solo lo son los diputados que conseguís colocar en Parlamentos y administraciones porque cobran un sueldo que para sí quisiera la inmensa mayoría del país.

Comunistas del mundo, socialistas de la izquierda pura de antes, quedaos en vuestras bibliotecas universitarias revolviendo textos con el ansia de rabinos fanáticos que se pasan la vida estudiando la Torah y el Talmud porque no tienen otra cosa que hacer. Como dijo Serrat, “niño, deja ya de joder con la pelota”. Porque resulta que estamos a dos meses de jugarnos, en unas elecciones, los próximos cuatro años de nuestra vida y tal vez muchos más por venir. Y no necesitamos teóricos ni clérigos laicos que prediquen el advenimiento de un mundo feliz. Necesitamos que un equipo de adultos serios gobierne nuestro país respetando lo que hay para que no vaya a peor, y concentrando todos sus esfuerzos y todos los recursos por curar las heridas que la crisis dejó en millones de víctimas y por aplicar las medidas necesarias para que la catástrofe que hemos sufrido no se vuelva a repetir. No necesitamos cerebros ni personajes con vocación de estrellas televisivas que enardezcan a las audiencias con su carisma y sus promesas de Shangri-Las. Necesitamos hombres y mujeres dispuestos a trabajar formulando acuerdos para gobernar, esforzándose por gobernar con el máximo consenso, contando con políticos y con ciudadanos que en vez de jorobar con ideas, se arremanguen blusas y camisas para luchar por el bienestar de todos. Necesitamos hombres y mujeres que reconociendo y respetando la realidad, dediquen todos sus esfuerzos a transformarla haciéndola progresar.

Necesitamos hombres y mujeres como el político que se atrevió a pactar doscientas medidas sociales con un adversario para devolver al país de inmediato a la senda del progreso.

Necesitamos democracia social que es, ni más ni menos, el régimen que defiende la libertad del individuo y le ofrece la asistencia del estado para que pueda contribuir, con lo mejor de sí mismo, a su propia evolución personal y, por ende, a la evolución de la sociedad. Eso es lo que necesita la mayoría y lo que quiere aunque, por los motivos que sea, no lo pueda o no lo quiera manifestar.

Así que, intelectuales y listos de la tierra, dejaos de jorobar con las ideas que estamos en medio de una emergencia nacional y todos tenemos que transformarnos en obreros que trabajen con mente y cuerpo todo lo que haga falta para reconstruir el país.

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Un comentario sobre “Dejad de jorobar con las ideas

  1. Parece ser que con los que hay ahora, estamos bien, todos hemos conseguido nuestros propósitos y todos somos felices y vamos sonriendo a la vida, me parece que hablas desde un pedestal que no te deja ver que somos millones los que no hemos podido hacer lo que nos hubiera gustado ser, estar económicamente bien, y dejar a nuestros hijos y nietos un mundo mejor.
    Por lo que a falta de educación verdadera, ni vamos sonriendo, ni nos preocupa lo que digan señores ya muertos, lo que nos preocupa es que un partido que se hace llamar socialista y obrero, se ha pasado al lado oscuro de la derecha, y eso lo digo porque va detrás y firma con ellos todos los pactos necesarios para seguir mangoneando a los ciudadanos de este país, con una corrupción instaurada desde Felipe González, ha sido un fraude y un desengaño.
    Nos metían miedo con el partido comunista descalificado continuamente y sin embargo los que nos han llevado a la miseria eran los otros. Y para saber esto, no es necesario ni ser intelectual, ni haber estudiado varias carreras para dejarlas a medias, cuando ha habido gente que no se ha podido permitir ninguna y hemos sido muchas las mujeres las que hemos pagado un precio muy alto por ir en contra de las normas machistas.
    No necesitamos un político que pacte 200 medidas sociales, sino políticos que las cumplan, y pactar con la derecha no es pactar para los débiles y necesitados, y para eso no hace falta ser comunista, sino un verdadero socialista y de esos no sé si queda alguno en el partido que representan, tal vez algún tonto útil que les sigue votando por inercia o por analfabetismo político

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