¿Hemos fracasado?

Respondamos a la pregunta sin preámbulos. ¿Hemos fracasado? Periodistas y comentaristas han decretado que sí.

La palabra fracaso encarna todo lo dañino que imaginarse pueda superando su fuerza negativa a cualquier otro concepto con excepción de muerte. El fracaso es el fin deshonroso de algo o de alguien que nació con la esperanza de triunfar; es el fin de la esperanza que solo con la muerte se pierde, dicen; es la muerte de algo. Si el fracaso se predica de alguien que aún sigue viviendo, es el diagnóstico de su muerte social.

Acaba de fracasar, dicen, una legislatura que ha durado cuatro meses.  Ha fracasado porque el triunfo dependía de sumar un número de diputados que se pusieran de acuerdo para formar gobierno, y ese número no se alcanzó; cuestión de simple aritmética. Se trataba simplemente de sumar diputados, vinieran de aquí o de allá, con asambleas o círculos o comités o presidencias, todos con sus bases, unos de su padre y otros de su madre, pero todos con derecho a opinar. ¿Qué cómo se las apañaría toda esa tropa para legislar cualquier cosa? Esa pregunta no tocaba; tocaba sumar. Y como no consiguieron sumarse, la sentencia indiscutible e inapelable es que la legislatura fracasó.

Se da el caso, sin embargo, de que en esta legislatura se han debatido y aprobado muchas medidas de interés vital para los ciudadanos de este país; medidas de urgencia para paliar los efectos trágicos que la austeridad ha causado a millones, por ejemplo. ¿Cómo es que no las enumera la prensa? ¿Cómo es que nadie las comenta? ¿Será porque la máxima prioridad de algunos políticos y de la prensa que les sirve de altavoz no es el interés vital de los ciudadanos de este país?

En vez de destacar que en estos cuatro meses el Congreso asistió a los esfuerzos de varios partidos por cambiar el rumbo de un país abocado al garete, los medios de comunicación se han lanzado a predicar el fracaso de políticos y partidos con la alegría de unos cerdos que se refocilan en una pocilga a rebosar de deshechos. ¿Por qué? Las  empresas que viven del interés del público saben que el fracaso tiene el morbo que excita a los cotillas y a quienes les escuchan fingiendo que cotillas no son, aunque el cotilleo les divierte. El cotilleo divierte a la mayoría, y si no divierte, entretiene. Eso no se puede negar. Los periodistas y comentaristas de este país han visto en el fracaso un filón que les dará carnaza para cotillear, entreteniendo a su  público, hasta junio.

Está podría ser una razón de peso. Y también se les podría conceder  otra excusa con que salvar su honestidad. ¿De qué sirven, dicen, todas las medidas que se han aprobado en esta legislatura si no se pueden transformar en leyes porque la legislatura ha fracasado y hay que volver a votar? Visto así, uno casi les da la razón. Pero la razón del que está acostumbrado a utilizarla arguye: pues oiga, usted, sirven para saber qué medidas ha presentado quién y quiénes han aprobado o votado en contra de qué. Sirven muchísimo para ayudar a la gente a  decidir su voto; para que el 26 de junio, el votante tenga más información y razones más racionales que le ayuden a votar más racionalmente que en las elecciones pasadas.

Ya. Dígale tal cosa a algunos políticos y a la prensa de este país  y sentirán por su intelecto el mismo respeto que nos merece el de un  niño de pecho. Vamos a ver, tonto del haba, dirían al arguyente si se atrevieran, ¿quién le ha dicho a usted que alguien quiere que la gente elija racionalmente a quienes la van a gobernar?  ¿No se ha dado cuenta de que las precampañas y las campañas electorales son un concurso en el que gana quien haya convencido a más para que le voten, no a base de razones, sino de colores, diseños, musiquitas, estilismos, posturas, frases y estrategias que no apelan a la razón sino a las glándulas? ¿Y sabe por qué? Porque los políticos saben que las razones aburren y que a la mayoría no le importan más razones que las que cada cual engendra en su cabeza. Las razones del prójimo, por más que uno pueda estar de acuerdo, no dejan de ser un tostón.

Seamos, pues, indulgentes con la prensa. Los medios viven del público y el público acude, como moscas, a un suceso, a una tragedia, a un drama personal, a un fracaso sonoro. Háblesele de programas electorales, de perspectivas ideológicas, de proposiciones no de ley y cambiarán de canal, de emisora, de periódico. Las buenas noticias no suelen ser noticia salvo en el fútbol. La gran noticia en nuestro empobrecido y, en muchos sentidos pobre país, será hasta junio el fracaso de quienes, por diversos motivos,  se negaron a formar parte de una macedonia de siglas para constituir un gobierno condenado a fracasar más pronto que una coalición italiana.

Entonces, ¿hemos fracasado? Todavía no.

El triunfador indiscutible de esta primera vuelta es Mariano Rajoy. Negándose a jugar, ha conseguido que nadie pueda incluirle en el grupo de los perdedores sentenciándole culpable del mismo fracaso que a los demás. Eso le señala como gran favorito en las elecciones de junio. En España, el pícaro goza de mayor predicamento que cualquier pobre pero honra’o. Mariano Rajoy puede seguir descansando porque si le faltan votos el 26 de junio, Rivera se los dará de mil amores el 27.

Pero eso significa que nos esperan más reformas estructurales, lo que quiere decir más recortes en libertades, en derechos, en servicios básicos; menos empleo digno, menos condiciones de trabajo humanas. Entonces, no cabe otra, hemos fracasado, todos.

Todavía no.

Sin ningún reparo, los opinantes de casi todos los medios están consumiendo casi todo su tiempo en proclamar el fracaso de Pedro Sánchez, los conflictos internos del PSOE, las luchas de poder dentro del partido, la dificultad de montar listas, todo detalle, en fin, grande o pequeño, que convenza al público de que Pedro Sánchez es un fracasado, un cadáver político que el 26 de junio será enterrado en el anonimato para siempre. ¿Pero por qué tanto empeño en cargarse a Sánchez y al PSOE? ¿Qué tienen este hombre y su partido que para sacarles de circulación se recurre a historias de hace treinta años, a decisiones de otros con los que Sánchez no tiene nada que ver porque contra Sánchez no encuentran nada que decir? Por lo que parece, Sánchez es el líder político más peligroso de este país porque es el único que podría ganarle al PP si los suyos no sucumben a la propaganda por la abstención y se deciden a votar en masa.

Sin ninguna vergüenza, los opinantes más sonoros del país proclaman a Podemos sucesor del PSOE como representante de la izquierda, aunque el mismo Iglesias ha dicho y repetido que de izquierdas no es. Según ellos, quien se sienta de izquierdas solo tiene dos opciones; votar a Podemos o quedarse en su casa acogiéndose a su derecho a la abstención, haciendo un favor a los ganadores que, si no encuentra recompensa, tampoco encontrará castigo. Cuando el PP acabe definitivamente con la España de progreso que disfrutaron dos generaciones, el que se abstenga tendrá el consuelo de poder decir, mientras se está ahogando, que no les votó.

¿Entonces, hemos fracasado?

Todavía no.

Todavía podemos exigir que los medios nos digan y expliquen qué proyectos no de ley se presentaron en el Congreso en estos cuatro meses; quién los presentó, cómo los defendió; quiénes votaron en contra y quiénes a favor. Y si los medios no nos hacen caso, podemos buscar la información y publicarla en las redes. El favor de informar a los demás será favor que nos hagamos a nosotros mismos por evitar el fracaso de todos.

Todavía podemos creer que la mayoría de los españoles conserva la cordura. Cuando la mayoría de los votantes se encuentre con la papeleta de un partido que le ofrece dos renglones de siglas, algunas de las cuales ni siquiera consigue identificar, es posible se dé cuenta  de que hablar y cantar y gesticular con el poder de convicción de un líder religioso, y ser capaz de reunir multitudes de fieles devotos como las que reunía Clemente en el Palmar de Troya, por poner un ejemplo,  no hace a una persona idónea para gobernar un país. Es posible que entonces, el miedo a jugarse su futuro y el futuro de sus hijos a la aventura, alerte su razón y decida votar por quien le ofrece el gobierno que mejor pueda cuidar de su futuro y del futuro de sus hijos. Es posible que entonces se dé cuenta de que del voto que depositará en la urna puede depender el triunfo o el fracaso de su propia vida.

Que nadie nos diga que hemos fracasado, todavía no.

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2 comentarios sobre “¿Hemos fracasado?

  1. Lamentablemente, alguna izquierda no ha estado a la altura de las circunstancias. El resultado de las elecciones implicaba un gobierno transversal para remediar los peores resultados del gobierno del PP y comenzar una regeneración política y social con as fuerzas que quieren cambios. En fin esperemos que los electores tengan en cuenta como han obrado cada uno de los partidos.

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  2. Los electores tengan o no en cuenta a sus partidos no van a apreciar el trabajo desarrollado por los señores diputados en esta legislatura y seguro que no vamos a cambiar el voto. El gran problema va a ser cuando se repita el número de diputados y tengan que pactar. Por esto debemos de votar cuantos mas mejor y si es al PSOE mejor.

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