La bofetada de Dios

Publicado en Publicoscopia el 23 de abril de 2015

Escribí este artículo el año pasado. Centenares de emigrantes se acababan de ahogar en las aguas del Mediterráneo buscando la salvación en una tierra distinta a la suya. Soñaban con Europa. Europa era tierra de paz, de democracia, de respeto a los derechos humanos, de bienestar para todos.

Lo publico ahora aquí porque centenares de miles de seres humanos consiguieron sobrevivir a las aguas del Mediterráneo y llegar a una tierra donde esperaban la salvación. Soñaban con Europa sin saber que Europa era una gran mentira. Mentira la democracia, palabra que se usa para maquillar gobiernos corruptos, intereses inconfesables. Mentira el respeto a las leyes que los poderosos infringen cuando su cumplimiento se opone a su ambición. Mentira el respeto a los derechos humanos, porque solo reconocen los derechos de quien se los pueda pagar, y para ellos solo es humano el que tiene de sobras. Mentira el bienestar social porque solo está bien quien puede pagarse lo que cuesta vivir bien.

Y bien, ya no podemos engañarnos. Los que llegaron a Europa buscando refugiarse de guerras provocadas por los amos del dinero ya no nos permiten seguir viviendo en la inopia, creyendo todo lo que nos dicen, sin enterarnos de la realidad. Ahora todos sabemos la realidad, y la realidad son esas imágenes horrendas de dolor y muerte que nos enseñan por todas partes, que no podemos evitar.

Hace muchos días que me culpo por no decir nada. Pero los días pasan y no encuentro nada que decir porque el horror del sufrimiento de esos seres humanos que piden que les dejen vivir, y la ira contra quienes son capaces de abandonarles a su suerte, y el dolor de la impotencia lo dejan a uno sin palabras y hasta con vergüenza de ponerse a componer palabras. Hace un año pude escribir sobre la muerte de aquellos inmigrantes porque al llegar a tierra, los supervivientes se encontraron, al menos con una ayuda mínima. Los que hoy buscan refugio no encuentran ni eso.

El artículo del año pasado sigue vigente. Sólo hay que cambiar la palabra inmigrante por la palabra refugiado, y parece que estuviera hablando de lo que pasó esta mañana.

La bofetada de Dios

¿A qué adulto mentalmente sano le puede sorprender el hecho de que el dinero valga más que las personas? Siempre ha sido así. Pero era algo que uno descubría, consciente o inconscientemente, con las primeras experiencias vividas. Tal vez la mayoría ni siquiera se lo plantea. Percibe o siente que es así, lo acepta, como acepta las costumbres y los conocimientos que se le imponen, y actúa en consecuencia para no verse marginado de su grupo. Las cosas son como son; es lo que hay, son frases que repite el sentido común para conformarnos. La vida es así, dice la canción; no la he inventado yo.

 

Pero ahora, como recibimos noticias en tiempo real desde cualquier punto del planeta, la certeza de que el dinero vale más que las personas, aceptada como algo inevitable que nos servía para quejarnos o de estímulo para convertirnos en personas de provecho, se ha convertido en una bofetada; una bofetada tan fuerte que se diría propinada sobre todos nosotros por la mano de Dios.

Se han ahogado en el mar más de ochocientas personas. Trataban de encontrar refugio, vida. Salieron de sus casas pagando al dueño de un barco el derecho a vivir. No sabían que en la orilla a la que querían llegar, ese derecho no se les iba a reconocer porque no tenían con qué pagarlo.

Horas de radio y televisión, miles de páginas de opinión en todos los diarios en papel y digitales. Hay que hablar de esto, aunque no nos apetezca oírlo, verlo, escribir. Aunque no le apetezca a nadie que le llegue a la conciencia y le amargue el día. Nosotros no tenemos la culpa. No tenemos por qué cargar con el peso de esas muertes. En todo caso, su inmoralidad salpica a esos primitivos bestiales que alimentan su orgullo discriminando a extranjeros. Si no somos de esos, si en nuestro código de valores tenemos el respeto por todos los seres humanos, la justicia, la compasión, sentirnos culpables es ceder a la intención perversa de quienes quieren descargar sus culpas sobre todos para pasar desapercibidos entre la multitud.

No somos culpables de esas muertes ni de las políticas que están destruyendo la vida de millones de compatriotas en nuestra tierra. ¿Por qué entonces sentimos la bofetada? ¿Por qué nos golpea dejándonos aturdidos, incapaces de pensar, con el ánimo por los suelos?

Nos horroriza plantearnos con plena consciencia que el dinero vale más que las personas; que es así, que aceptamos que sea así, que en nuestra vida cotidiana actuamos de acuerdo con ese valor porque ese valor forma parte, lo aceptemos o no, de nuestro código de valores.

Tal vez no dejaríamos morir a un inmigrante que se estuviera ahogando. Pero tal vez hemos borrado de nuestras vidas al amigo que se quedó sin trabajo y sin subsidio. Esa persona a la que llamabas amigo se quedó de pronto sin dinero y se convirtió en un incordio. No hacía más que quejarse de su situación. Te sentías obligado a prestarle un billete que sabías que no te podría devolver. Una, dos, tres veces, pase. Pero a ti tampoco te sobra. Claro que podrías haberle dicho con toda franqueza que no podías ayudarle económicamente, pero que contara contigo para un consejo, para ayudarle en alguna gestión o simplemente para escucharle. Pero empezó a resultarte incómodo. Hacerle caso, sentarte con él en un café, invitarle a una comida en un sito público podía hacer que la gente pensara que tú estabas tan mal como él. Puede que esa gente no te conociera de nada, pero tu amigo no pudo renovar su ropa, y si llevaba algo nuevo, se notaba que era algo barato. La gente podía acabar juzgándote según ese refrán tan cierto: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Estás acostumbrado a tu círculo de clase media; media alta, tal vez. No se te puede pedir que cambies tus costumbres, que comprometas tu imagen por un amigo.

Tal vez no dejarías morir a un inmigrante, pero de repente tu pareja se transformó en un extraño que te resultaba insoportable. Cuando le conociste era un chico fuerte, valiente, con un buen trabajo, un buen sueldo, un porvenir sin más problemas que los problemas cotidianos que todos tenemos que lidiar. Te casaste enamorada. Un día echaron a tu hombre de la empresa. Le diste ánimo. Él mismo te dio ánimo a ti. Iba a conseguir trabajo muy pronto. Mientras tanto, con lo del finiquito, el subsidio y tu sueldo podríais tomar la situación como unas vacaciones para estar más tiempo juntos, como una segunda luna de miel. Pero pasaron los meses. El subsidio se acabó y lo del finiquito también. Tu hombre se fue apagando, deprimiendo. Se convirtió en un desgraciado que no hacía más que quejarse de su situación. Dejaste de reconocer en ese pobre infeliz al chico que te había enamorado. Nunca se te ocurrió que pudieras ser machista, que pudieras haber aceptado todos los tópicos que la sociedad inculca a los individuos de generación en generación. Un hombre tiene que ser fuerte, valiente; no se puede derrumbar. Pero esos tópicos penetran el cerebro y ahí se quedan, aunque no nos demos cuenta. Tu hombre, sin dinero ni perspectivas, ya ni siquiera te parecía un hombre. Y un día le dejaste para rehacer tu vida con otro. ¿Quién te lo podría reprochar?

Tal vez no dejarías morir a un inmigrante, pero cuando tu mujer pasó más de un año en el paro y en vez de aportar un sueldo, se convirtió en una carga, te hartaste. Empezaste a ver sus arrugas, sus ojeras; empezaste a ver cómo engordaba bajo los efectos del antidepresivo que tenía que tomar cada día para ir tirando; empezó a darte asco su desarreglo, el desarreglo de la casa. Cuando la conociste era una chica alegre, independiente, con un buen sueldo que os permitió comprar un piso, ir de vacaciones, cambiar de coche cada cinco años. Nada que ver con esa mujer envejecida, que chillaba por cualquier cosa y a la que encima tenías que mantener. Ya no te aportaba nada. El amor se acabó. No es de extrañar que te enamoraras de una mujer alegre, independiente, que estaba dispuesta a compartir su vida y su sueldo contigo sin causarte problemas. Y un día abandonaste a tu mujer para rehacer tu vida. ¿Quién te lo podría reprochar?

Los padres se divorcian y el que más tiene procura ganarse a los hijos comprándoles más cosas, y los niños disfrutan esas cosas y, sin darse cuenta, prefieren estar con el padre o con la madre que más cosas les pueden dar. Y en el colegio, los niños, sin saber por qué, prefieren ser amigos del compañero que viste mejor, del que mejor casa tiene, del que tiene el mejor móvil y el iPad y los mejores juegos. Los compañeros que no tienen cosas buenas porque sus padres no tienen con qué comprarlas, no son divertidos ni alegres. Los chicos con problemas son un tostón.

Se han ahogado en el mar más de ochocientas personas. Eran padres, madres, hijos. Malvivían porque en su país no tenían dinero ni forma de conseguirlo. Malvivían en medio de una guerra que amenazaba acabar con sus vidas. Más valía morir en el mar con esperanza, que ir muriendo en su tierra sin nada.

Y de pronto, al enterarnos de esas muertes, nos sentimos culpables aunque sabemos que nadie nos puede culpar. ¿Por qué? Tal vez por lo mismo que nos hace sentirnos culpables cuando nos recuerdan que en nuestro país hay millones de niños pobres, millones de hombres y mujeres, muchos de ellos padres y madres, sin trabajo ni subsidio. No dejaríamos que se ahogara un inmigrante, pero cuando nos preguntó un encuestador por teléfono a qué partido íbamos a votar, nos dimos cuenta de que votaríamos por el mismo que ha causado millones de pobres, millones de parados. Porque es el único partido que sabe cómo hacer las cosas para que los que tenemos no perdamos lo que tenemos, y porque en el fondo, lo único que nos importa es conservar el dinero que nos permite ser considerados personas, como es el dinero lo que nos hace considerar personas a los demás.

De pronto mueren ochocientos miserables de golpe, y todos los medios hacen caso a los muertos y nos machacan con imágenes, con artículos. Y nos quedamos atontados, como si hubiéramos recibido una bofetada propinada por la mano de Dios. Pero no es justo que nos culpemos. No tenemos la culpa de que el mundo sea así. No tenemos la culpa de estar dispuestos a cualquier cosa por sobrevivir, como esos que se echan al mar en una patera. No tenemos la culpa de estar dispuestos a sacrificar nuestra dignidad porque de dignidad no se vive. Las cosas son como son. Es lo que hay.

Pronto se cansarán de darnos la tabarra con esos muertos y podremos volver a sentirnos personas serias, personas de bien, personas con sentido común, personas que reconocen el valor del dinero sobre todas las cosas de este mundo, personas con dinero suficiente para pagarse el derecho a vivir. Y sobreviviremos. Mientras no nos dejemos arrastrar por valores ni escrúpulos ni sentimientos, sobreviviremos. Es lo único que nos importa y por lo que estamos dispuestos a sacrificarlo todo: hacer dinero como sea para ganarnos el derecho a vivir. Y nadie, ni Dios, puede pedirnos más.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s