De rastas, tetas y otros etcéteras

Publicado en Publicoscopia el 3 de abril de 2016

 

Somos víctimas de un fraude global continuo. No es una frase para empezar impactando, ni siquiera es noticia. Desde que se descubrió el poder de la propaganda, en las primeras décadas del siglo XX, todos los millones de individuos que formamos parte de lo que se llama la masa nos hemos convertido en objeto de los que nos meten mano para sacarnos lo que pretenden; y eso lo sabemos todos. Individualmente, los anónimos no valemos un pimiento; unidos, lo que se dice unidos, tampoco valemos mucho más. Porque nuestra unión no es, en realidad, de las que hace la fuerza con la suma de la fuerza de sus componentes. Estamos unidos como la harina, la levadura, el agua y la sal en una masa, algo que toma la forma que le da quien la está amasando. Y a nosotros nos amasa la propaganda de la mañana a la noche, todos los días de nuestra vida, hasta para llevarnos a la muerte del modo que más convenga al amasador. No somos nadie, dice la horrenda frase que algún estúpido todavía suelta para consolar a los deudos de un fallecido. En realidad, para los operadores de la propaganda no somos nadie, somos algo, somos lo que es la masa para el tahonero.

 

Y bien, así parece y así es y no pasa nada mientras las cosas van bien y a la masa se la lleva a consumir comida, ropa, música, libros cuyo valor no depende de su auténtica calidad, sino de la propaganda que nos ha impulsado a comprarlos. Pasa cuando la propaganda, en manos de los políticos o de los poderes que mandan a los políticos, mueve la masa a aceptar o realizar actos que perjudican a los individuos que la componen; es decir, a nosotros todos. Y lo que entonces pasa puede, para todos nosotros, acabar en tragedia.

Aquí, en las Españas, la propaganda dirigida por empresarios, financieros, Partido Popular y fundaciones e instituciones afines se echó encima de la masa en abril de 2004 con la fuerza de un tahonero enloquecido. Había ganado las elecciones José Luis Rodriguez Zapatero y su renovado Partido Socialista, con un programa concebido para resolver los problemas de los ciudadanos atendiendo a las necesidades de los ciudadanos desde la perspectiva cotidiana de los ciudadanos y no desde la visión lejana de una doctrina ideológica. Ese presidente, ese gobierno y ese programa eran una amenaza que el poder del dinero no podía permitir en un país que había vuelto a ser suyo durante los gobiernos de Aznar. Desde el primer día de ese gobierno intruso, los amos del dinero dedicaron toda la potencia de su propaganda a volver a la masa en contra de todo lo que oliera a socialismo, aunque ese socialismo discurriera por una nueva vía lejos de extremismos desestabilizadores.

Todos sabemos lo que pasó. El Partido Popular en la oposición, en vez de ponerse a remar con el gobierno para resistir la tormenta de la crisis, utilizó la propaganda para abrir vías de agua y acabar de hundir el país. “Que caiga España” dijo Montoro. “Ya la levantaremos nosotros

España no cayó en 2010 porque políticos responsables de otros partidos ayudaron a Zapatero a aprobar las medidas y los recortes imprescindibles para que el país no fuera intervenido por la Unión Europea. La propaganda se encargó de que la masa no viera en esas medidas y recortes el sacrificio de un hombre y un partido que anteponían la salvación del país a sus propios intereses. La propaganda se encargó de que un acto de suprema responsabilidad fuera percibido por la masa como una traición.

España no cayó en el 2010, pero sí caímos los españoles. La masa no pudo resistirse a la fuerza de la propaganda. En noviembre de 2011, la masa dio el gobierno a un hombre cuya trayectoria en los gobiernos del PP le había revelado mentiroso, gandul, incapaz de tomar decisiones urgentes para resolver problemas urgentes. Todos le conocíamos bien por sus obras. Su designación como candidato a presidente parecía una burla de Aznar; la elección del más inepto para evitar que alguien mejor hiciera sombra a su memoria. Pues bien, a ese inepto dio la masa el poder absoluto para que decidiera el destino de los españoles. Esa masa, manipulada por la propaganda, se hizo así colaboradora necesaria en la destrucción de millones de compatriotas que en estos cuatro años han perdido hacienda y vida gracias a las leyes del PP.

Que los votantes nunca se equivocan es otra mentira elevada por la propaganda a la categoría de lo políticamente correcto que pocos se atreven a cuestionar. Se equivocaron los que votaron al PP en 2011 y se volvieron a equivocar los que volvieron a votar al PP en diciembre de 2015. Negarlo es dar una patada brutal a cada uno de los millones de desempleados, de infraempleados, de pobres, de desesperados que el gobierno del PP ha creado en este país desde que empezó a ejercer el poder absoluto con la firme voluntad de entregar nuestros recursos, materiales y humanos, a los amos del dinero. Negarlo es decir que quienes convirtieron a España en marca de país corrupto, endeudado y desmoralizado, lo hicieron bien. Negarlo es aceptar que lo políticamente correcto está por encima de la dignidad y la vergüenza. Claro que los electores se pueden equivocar y claro que se puede y se debe decir que moralmente se equivocaron, en abril de 2004 y en diciembre de 2015, sin que tal aseveración suponga un ataque a la democracia.

La propaganda nos presenta el resultado del 20D como la rebelión de los ciudadanos contra el bipartidismo; como la irrupción de políticos nuevos con nuevas ideas para la regeneración y recuperación del país. Es falso. Otra mentira de la propaganda que se le mete a la masa como otro ingrediente más. Podemos y Ciudadanos fueron dos instrumentos que la propaganda utilizó para evitar que la brutalidad y la velocidad con que el Partido Popular había destrozado la vida de millones de españoles, quitaran a ese partido los votos para seguir gobernando y se los dieran al Partido Socialista.

Ciudadanos salió de un grupo de intelectuales autoexiliados de la España progresista por diversos motivos, que refugiados en la derecha se ganaban la supervivencia y adquirían notoriedad lanzando diatribas contra todo lo que estuviera fuera de su círculo. Los amos del dinero dan a ese grupo todos los medios para crear un partido que recoja el voto de los electores que, profesando los principios de la derecha, sientan escrúpulos que no les permiten votar a un partido tan flagrantemente sucio como el Partido Popular.

Podemos surgió de un grupo de intelectuales marxistas calcado de los grupos de intelectuales marxistas de las décadas siguientes a la guerra mundial. En este grupo, algunos se distinguieron como oradores en tribunas callejeras y uno de ellos se reveló como líder carismático capaz de atraer multitudes. Los amos del dinero no tardaron en descubrirle y poner a su disposición todos los recursos de la propaganda para encumbrarle. Era el personaje ideal para eclipsar al candidato del PSOE y arrebatarle el voto de millones de socialistas.

Ciudadanos se ha vuelto de centro, dispuesto a ayudar con sus votos tanto al Partido Socialista como al Partido Popular. Podemos ha dado tantos bandazos que ya no se sabe dónde está aunque la propaganda sigue insistiendo en colocarlo a la izquierda haga lo que haga y diga lo que diga su líder. Ahora la propaganda machaca a la masa presentando las elecciones como un mal que no quiere nadie. ¿Cuál es la alternativa? Un gobierno de coalición entre Podemos y PSOE, dicen los que quieren a toda costa un gobierno de izquierdas. ¿Pero quién les ha dicho que Podemos es de izquierdas? La propaganda, claro.

El programa de Podemos propone unas medidas que favorezcan a los ciudadanos con menos recursos, pero esas medidas son imposibles de aplicar en un país comprometido a mantener déficit y deuda dentro de los parámetros exigidos por la institución supranacional a la que pertenecemos. Pues convencemos a la Unión Europea o nos vamos, dicen los más radicales. Sí, sí, que se lo cuenten a los griegos. El programa de Podemos no es de izquierdas, es demagogia populista de imposible aplicación.

Un gobierno de coalición entre Podemos y PSOE duraría meses, lo que tardase Podemos en culpar al PSOE de los recortes necesarios para impedir la intervención de España. Eso no nos lo dice la propaganda aunque debería ser evidente para cualquier ciudadano que se detenga unos minutos a pensar. ¿Por qué no nos lo dice? Un gobierno de esa coalición no le iría nada mal al Partido Popular y, por ende, a los amos del dinero. Lo único que tienen que hacer sus líderes en caso de que ese gobierno se llegara a constituir, es lo mismo que está haciendo Mariano Rajoy, estratega genial donde los haya; sentarse a esperar que Iglesias se ponga a decir y hacer disparates, como han hecho los suyos en Madrid y Barcelona, por ejemplo, y que Sánchez agote toda su energía intentando enmendar los disparates de Iglesias, como está teniendo que emplear su energía la alcaldesa de Madrid para salir de los berenjenales en los que la meten los de Podemos.

Unos meses de rastas, tetas, señoras orinando en medio de una avenida para protestar; trasiego de bustos y de placas con nombres de calles; errores mucho más gordos y serios que todo lo anterior; avisos imperiosos de las autoridades europeas; amenazas de empresas que se van y de bancos a punto de cerrar, y al final tendremos a la masa dispuesta a echarse en los brazos del Partido Popular para que la rescate del desastre, pase lo que pase y robe quien robe lo que quiera robar. Dicen los de Podemos que este panorama es invención de sus detractores para meter miedo. Este panorama no es un futurible. Lo estamos viendo ya.

Es muy posible que tanto si pactan PSOE y Podemos, como si hay que volver a las urnas, la propaganda consiga que dentro de unos meses volvamos a tener en el gobierno al Partido Popular. ¿Puede evitarse? Solo enfrentándose a la propaganda, exigiendo la verdad, reflexionando. Si la masa se vuelve a equivocar, dentro de cuatro años habrá convertido a España en el paraíso para los privilegiados en que Franco la convirtió, es decir, nos habrá hundido a todos.

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