Vade retro Pedro Sánchez

Publicado en Publicoscopia el 24 de enero de 2016

Toda la clase política tiene la atención clavada en Pedro Sánchez. Y los periodistas y opinantes también. La atención, que no los ojos. Los ojos se ven, y quieren los que mandan de verdad en este país que los ojos de los que pueden influenciar a la masa miren en otra dirección. Así que los ojos miran a quienes los poderosos mandan mirar, que no está la cosa para ir por libre; mientras que la atención se fija donde la razón la manda, no sea que la realidad deje a periodistas y opinantes en cueros.

 

Pedro Sánchez aterra. También aterró Felipe González en su tiempo, pero eran otros tiempos. La juventud de entonces hacía gala de leer. Llevar un libro o un periódico en las manos era señal de pertenecer a una pujante clase media orgullosa de tener a sus hijos en la universidad. El libro y el periódico eran la insignia de quienes querían salir de la atmósfera oscura, cerrada, maloliente de la dictadura, al camino de la libertad y el progreso. Además, no había televisiones privadas que embotaran la mente. El Partido Socialista pudo hacer su campaña apelando a la dignidad, al orgullo de los ciudadanos; los ciudadanos, que leían y escuchaban para informarse y que estaban estrenando con entusiasmo la libertad de pensar, se vieron saliendo de un túnel tenebroso a un mundo de oportunidades, y votaron en masa y sin miedo al Partido Socialista. Felipe González tranquilizó enseguida a los poderosos. Sabía lo que se podía y lo que no se podía hacer, y enseguida dio muestras de tener el pragmatismo de un hombre de estado.

Hoy, Pedro Sánchez ofrece lo mismo; ponerse a reconstruir un país económica y moralmente devastado, respetando las reglas de un sistema con el que ni siquiera los que se llaman antisistema quieren acabar. Pedro Sánchez ofrece lo posible, como en su día dieron todo lo posible los gobiernos de Felipe González poniendo a España en pie y a la altura de los países económica y socialmente más avanzados, pero son otros tiempos. La sociedad a la que Pedro Sánchez intentó convencer en la campaña electoral de que el Partido Socialista era la única alternativa posible para librarnos de un gobierno inhumano, es una sociedad desquiciada, desvalorizada, desestructurada, idiotizada y cobarde. Lo demuestra el resultado de las elecciones.

¿Quién en su sano juicio votaría por un partido que en solo cuatro años creó desigualdad y pobreza a extremos que se consideraban, hasta ahora, secuelas de guerra? 7.215.530 españoles, es decir, el 28,72% de la población, es decir, los de nómina y tarjeta y ande yo caliente y púdrase la gente. Mariano Rajoy prometía estabilidad, las cosas como están; los otros ofrecían cambio. Le votaron los que ya están bien como están y como están quieren quedarse aunque se hunda el mundo a su alrededor. En cuatro años, el Partido Popular consiguió dividir a la sociedad en tres grupos que discurren por cauces paralelos; los de nómina y sueldos decentes, los que sobreviven a trancas y barrancas y los que se consideran eufemísticamente en riesgo de exclusión social por no decir que ya están excluidos del todo no sea que alguien descubra su existencia en las cunetas. Votar al Partido Popular en las pasadas elecciones significaba votar por más recortes que afectarían aún más a los grupos más pobres. Votar al Partido Popular fue un acto de egoísmo; un ejercicio de insolidaridad. Algún voto obtendría Mariano Rajoy de algún pobre incauto que quiso creer en sus promesas de que tarde o temprano le alcanzaría la recuperación económica. Pero son pocos los que pudieron engañarse hasta el punto de creer que la recuperación económica llegaría a todos. La inmensa mayoría de los que votaron al Partido Popular lo hicieron defendiendo o sus cuentas bancarias o sus sillones o sus barrigas.

¿Y los once millones que no votaron al Partido Popular? Pues ya lo ven. Cinco millones y pico se fueron a un partido que hasta hace poco trinaba contra todos los partidos; que decía ser de allá y luego de aquí y luego ni de aquí ni de allá. Ofrecía el susodicho un programa trufado de medidas muy populares, pero de imposible cumplimiento. Sus líderes y seguidores, sin embargo, gritaban podemos y llenaban las redes de podemos escritos entre signos de admiración, y cinco millones de españoles prefirieron votar por la palabra mágica antes que ponerse a pensar en los trágicos problemas del país y en soluciones posibles. Su gurificado líder se daba el lujo de soltar cualquier parida sabiendo que los suyos y los medios se la iban a alabar, y poco le importaba desdecirse porque tampoco se lo iban a tomar muy en cuenta. Sonrían, sonrían, sonrían, dijo tocándose el corazón, y ganó un debate. Esta misma semana se atrevió a proponerse como vicepresidente y a decir el nombre de los ministros que pensaba imponer a Sánchez a cambio de aprobar su investidura. Y no hubo analista político que no se pusiera a analizar rigurosamente la oferta como si se tratara de algo digno de tomarse en serio y no de una muestra de infantilismo e ineptitud.

¿Puede pasar esto en España? Está pasando y se puede explicar. Rota la cohesión social, desmontada la autoestima de los individuos, quien busca salvarse desesperadamente antes que entregarse a la resignación, puede caer víctima de cualquier superchería publicitada con habilidad. ¿Pero cómo es posible que los medios publicitaran semejante patraña, fuera para alabarla o denostarla, pero procurando mantenerla en el candelero a toda costa? Por la misma razón por la que los medios siguen insistiendo en que la independencia de Cataluña es una amenaza real a la unidad de España aún sabiendo que esa independencia es imposible. Por la misma razón por la que los medios hablan más de la contestación a Pedro Sánchez dentro de su partido que a la propuestas que hace Pedro Sánchez para devolver al país una política humana. Por la misma razón por la que todos los partidos dedicaron gran parte de su campaña electoral a arremeter contra el PSOE. Porque hay que mantener al personal distraído para que no se dé cuenta del desastre que la derecha ha causado en el país. Y porque Pedro Sánchez aterra.

¿Pero por qué tanto miedo si Pedro Sánchez es un político normal que no se concede extravagancias ni ideológicas ni de estilo? ¿Por qué tanto miedo si propone mantener a España en la Unión Europea y en el mercado de la deuda aceptando que las ventajas para el país se consiguen negociando y no haciendo gala de bravuconadas inútiles? ¿Por qué tanto miedo si solo propone una distribución más justa de la riqueza y de la carga de los recortes para que no sean los económicamente más débiles quienes soporten el mayor peso de la austeridad?

Precisamente por eso, y precisamente por eso hay que preguntarse quién teme a Pedro Sánchez. Los electores, no, por más que Mariano Rajoy intentara señalarle como radical. No llega a tanto la idiotez y la credulidad de la mayoría. Pedro Sánchez aterra a quienes creyeron que su poder se había enseñoreado de España con la llegada al gobierno del Partido Popular, y que gracias al Partido Popular, que Dios iba a guardar por muchos años, nadie les iba a discutir sus privilegios. Pedro Sánchez tenía el porte y el aplomo que la mayoría, conservadora y convencional en juicios y gustos, podría aceptar sin reticencia. Había que ahogar su voz; había que transmitir la idea de que le rechazaban hasta en su propio partido; había que achacarle todos los errores de otros dirigentes socialistas; había que eclipsar su imagen en los medios con la cara simpática y fotogénica de un chico moderno de hermosa melena cuyo fluido discurso era capaz de emocionar a las masas aunque no dijera nada. Pedro Sánchez es, para quienes pretenden devolver a los españoles al reino del liberal-nacional-catolicismo en el que vivían a cuerpo de rey por sus fueros, el mismísimo Satanás.

¿Puede gobernar Pedro Sánchez con uno al que se le ocurre la chifladura de ofrecerse vicepresidente con ministros en las actuales circunstancias? No, a menos que el susodicho haga un acto de contrición que incluya hasta cortarse la coleta y dejar de hacer el indio en televisión. Harto improbable. ¿Puede Pedro Sánchez ganar por mayoría en caso de nuevas elecciones? Harto improbable también. ¿Y entonces? Cuatro años más en los que quienes voten por el Partido Popular lo ocultarán con vergüenza, y quienes no le voten vivirán acordándose de las madres vivas y de todos los muertos de quienes le votaron.

Este panorama político en el que no hay cómo elegir un gobierno estable, panorama que los opinantes ensalzan como muestra del cambio, de la renovación, de la regeneración del país, es prueba fidedigna de que a nuestra sociedad le patina el juicio. Lo demás son monsergas que a nadie servirán para recuperar derechos, libertades, una vida digna. Eso sí, quienes disfrutan con la queja y la protesta están muy próximos a tener garantizados cuatro años más de diversión.

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