Trabajos de un amor traicionado

Publicado de Publicoscopia el 27 de marzo de 2016

“Que la fama, perseguida por todos…viva registrada en nuestra tumbas…” (Trabajos de amor perdidos. William Shakespeare).

Bajo mi frente marchita, mis cejas grises velaron los postreros destellos de mis ojos cuando los suyos me lanzaron un relámpago de amor. Sonríe, me dijo, golpeándose el corazón con un puño cerrado que contenía todo el vigor de su juventud y la firmeza de su determinación. Sonríe, decía sonriendo, porque ¡podemos!, ¡podemos! En los oídos de mi memoria volvieron a vibrar los versos de aquel amante de los finales de mi adolescencia, que en la intimidad de mi habitación me cantaba, girando en un círculo negro: “Lo posible, mi vida, puede hacerse al instante. Lo imposible es aquello que se logra después.” Podemos, repitió mi alma, cautiva de los ojos que me miraban a través de la pantalla del televisor. Y en ese instante me sentí capaz hasta de comerme un entrecot sin que me dolieran las muelas.

¿Pero tú no eres socialdemócrata de toda la vida? me advirtió mi conciencia cuando el espectáculo terminó. ¿No hace tiempo que predicas la falsedad de ese divo con la buena intención de evitar que una asonada populista acabe de hundir al país? Hice callar a la aguafiestas. Una noche es una noche y los sueños, sueños son.

Mi debilidad duró un instante, solo un instante porque el tempus fugit, y el mío ha huido tan lejos que ya solo lo alcanza y lo para la que no quiero nombrar. Pocos días después se encendieron las luces del Parlamento. Aquel rostro divino que una noche bruja me había embelesado en la penumbra de mi sala, se desdibujaba entre tanta cámara; los flashes no dejaban acceder a la oscura profundidad de sus ojos; la necesidad de posar le impedía cualquier viso de naturalidad. Aún pude adivinar la concentración de su mente privilegiada mientras escribía un juatsap en su móvil. ¿Quién sería el feliz receptor de sus pensamientos? Pero a su lado, una mujer desaliñada le daba la teta a un niño, imagen tierna donde las haya, si no tiene a su alrededor una tropa de fotógrafos lanzando destellos. Luego pasó un hombre con esos pelos muertos enrollados que llaman rastas. A muchos les cuesta no relacionar esos rollos con piojos, aunque no sean de derechas. Será que no es cuestión de ideología, sino de edad. Total, que aquella fue una mañana de las que amanece con resaca después de una noche loca. No hay romanticismo que resista mañanas así.

Cuando días después salió el objeto de mis ensueños fugaces, cual aqueo de largos cabellos y ceño terrible, pero otra vez entre cámaras y micrófonos, exigiendo un ministerio del interior; el control de la policía, la visible y la secreta; los jueces; la tele; cosas así, y encima la vicepresidencia para controlar todo lo demás, ya no encontré argumentos con que callar mi conciencia. De la tentación de aquella noche de sugerencias inefables, solo me quedó una pregunta que mi razón aún no ha sabido responder. ¿Cómo es que ancianas y ancianos caen presas del embeleso de ese pájaro pinto cuando le oyen hablar, y después no hay jarro de agua fría que les despierte del trance? Conmueve verles en Twitter defendiendo el argumentario de su líder hasta altas horas de la madrugada, por seguidores que les cueste y por mal que se les dé escribir. ¿Será que es su modo de luchar contra el tiempo que quiere hacerles viejos antes de morirse? ¿Será la nostalgia de lo que quisieron ser? Puede que ni ellos lo sepan.

La adhesión de los jóvenes al líder y a su nuevo Movimiento es fácil de explicar. Están indignados por la hipocresía de sus mayores, por el consumismo que deshumaniza, por la falta de dinero para consumir. A los de mi generación, por los mismos motivos, les dio por montar barricadas en las calles de París y asambleas para comentar lo que estaban haciendo los de las barricadas de París. Los de la generación de mi hijo acampan en sitios públicos, ocupan casas, montan asambleas para comentar lo mal que lo dejaron todo los socialistas desde que murió Franco y empezó la transición hasta la hora de hoy. Si alguien osa preguntarles cómo vivían hasta que a los socialistas les barrió la desesperación causada por un cataclismo global, sueltan alguna frase incomprensible que suene a zasca. En este país, el cambio son ellos, por lo que, libre el camino al cielo, dicen, pronto la juventud gritará a rebato llevando al líder en volandas hacia el salón del trono. ¿Y después? Esa es pregunta de viejo serio que ningún radical auténtico se debe hacer.

La mayoría de los de mi generación, dejaron las barricadas y los sueños cuando la naturaleza les pidió pareja, hijos y piso donde montar su familia. La mayoría de los de la generación de mi hijo están a verlas venir y las ven tan mal, que si no fuera porque las madres les dan comida caliente y ropa limpia y planchada, ya estarían aprovechando los últimos coletazos del Schengen. Según las encuestas, defiendan lo que defiendan con la voz, la mayoría de la mayoría de los unos y de los otros votaría al PP o al sucedáneo si hubiera nuevas elecciones.

Entonces, ¿serán solo los ancianos nostálgicos quienes voten al de la hermosa coleta? Eso no puede ser. En el fondo, el mundo no ha cambiado tanto desde las primeras ciudades sumerias. La gente ya no asiste a los coliseos para ver cómo los gladiadores se rebanan, pero sus glándulas siguen segregando hormonas placenteras viendo lo mismo en una película. Los viejos han sido siempre conservadores y los jóvenes, rebeldes. No es posible que una crisis financiera haya conseguido borrar la cuenta vieja y obligarnos a empezar una nueva, tan nueva, que para resolver un problema, haga falta inventar una nueva aritmética. No es posible, pero puede parecer que sí.

Europa salió de la Segunda Guerra Mundial ansiosa de lavar sus crímenes. Los que habían sobrevivido al horror decidieron seguir adelante creando un nuevo mundo de nuevos valores para legar a sus hijos una Europa mejor. Cierto que esos valores habían nacido en las mentes de los griegos ancestrales que descubrieron la naturaleza del ser humano y lo que convenía y lo que no convenía a esa naturaleza. Pero la mayoría de las personas no estaba preparada para tal descubrimiento, y en los siglos sucesivos, siguió escribiendo su historia con los vestigios de su primitiva bestialidad.

La ética era asunto esotérico, reducido a los círculos de mentes con tiempo y posibles para filosofar. Hasta que el desarrollo tecnológico de las armas de guerra permitió que los muertos se contaran por millones. Esto no puede ser, comprendieron esas mentes preclaras, y decidieron revelar la ética a los pobres, ignorantes de suyo. La ética se democratizó. Europa se transformó. De la tierra de odio y muerte brotó la semilla de una nueva humanidad nutrida con valores auténticamente humanos. Ese nuevo mundo luminoso quedó plasmado en los acuerdos que dieron forma legal a la gran Unión Europea fundamentada, dicen los papeles, en el respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el respeto a los derechos humanos, incluidos los de las minorías, la tolerancia, la justicia, la solidaridad, y la igualdad entre hombres y mujeres. En sus relaciones con el resto del mundo, la Unión Europea se comprometía a velar por los intereses y la protección de sus ciudadanos; a contribuir a la paz y al respeto mutuo entre los pueblos; a procurar la erradicación de la pobreza y a proteger los derechos del niño.

¿Y esto cuando ocurrió? Antes de ayer. Pero si ni ha dado tiempo a llevarlo a la práctica, como se ve. Pasa que las cosas cambian a velocidad supersónica desde que se inventaron las altas velocidades. Entonces, ¿será por eso que hoy nadie sabe con certeza dónde estamos ni adónde vamos a parar? Tanto trabajo mental, tanto papel, tanto de aquí para allá, trabajos de amor perdidos, trabajos de amor traicionados por quienes nunca han concebido ni concebirán un mundo regido por el amor.

Ya ves, me dice la conciencia, aquel que se tocaba el corazón diciendo que te quería, lo que se pidió, cuando se supuso en condiciones de pedir, fue poder. ¿Y los otros?

A la vista de lo que se ve, la mayoría de los jóvenes y los viejos prefieren que las cosas se queden como están. Otros se niegan a la resignación porque se niegan a la muerte. ¿Qué queda entonces? Dentro de unos días, los que pueden cambiar las cosas en España hablarán, y entonces veremos quién dice que nos quiere y quién, sin decírnoslo, explicará cómo nos lo piensa demostrar. ¿Y en Europa? No hay más que mirar a Grecia y alrededores para darse cuenta de que Europa no existe; de que tal como la concibieron los que la querían y nos querían bien, nunca existió.

 

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