Nadie puede obligarnos a odiar

He leído mi artículo anterior varias veces. Era un artículo para publicar en dos diarios. Tenía un tema, tenía que desarrollarlo de una determinada manera para llevarlo a un determinado final. No se puede escribir a lo que salga y sin contextualizar y sin tener un final como meta al que hay llegar procurando que no pase de tres páginas. Pero lo he vuelto a leer una y otra vez descubriendo nuevos hilos por donde hubiese podido tirar.

No son solo los políticos los que fabrican odio. Son muchos los monstruos psicópatas que no son políticos ni tienen ningún poder. Por ejemplo, esos animales de apariencia humana que ayer se divirtieron lanzando monedas a una plaza para reírse viendo como corrían a recoger las monedas un grupo de mendigas. Por ejemplo, esos policías que evitan a porrazos que los refugiados sirios puedan atravesar una valla huyendo de la lluvia y del fango. Por ejemplo, esos desgraciados que porque tienen un trabajo o un negocio sueltan parrafadas contra pobres y extranjeros para sentirse superiores, sin pensar que es muy probable que muchos pobres y extranjeros valgan, como seres humanos, infinitamente más que ellos.

Después de haber pasado horas compartiendo fotos y vídeos con imágenes horribles en los que se ve que el sufrimiento de personas llega a límites que no se pueden concebir; a punto de apagar el ordenador y de irme a la cama, con edredón, en una habitación con estufa, descubro que me ha podido el horror, el dolor, la indignación y me doy cuenta de que todo eso junto se parece mucho al odio.
Y algo me dice que frene, que piense. No podemos odiar. No podemos permitir que todos esos monstruos que viven haciendo lo posible para que este mundo sea un lugar inhabitable para cualquier ser humano con conciencia, nos arrastren a sus pocilgas haciendo que nos refocilemos como ellos en emociones y sentimientos negros. No podemos renunciar a lo que somos, seres humanos que no consienten que nada ni nadie les convierta en monstruos psicópatas. Seres humanos que no consienten que nada ni nadie les haga renunciar a su humanidad.
Me voy a la cama conmigo a contarme lo que me pasa sabiendo que la amiga que llevo dentro me comprenderá y me consolará. Me voy con la fe que no he perdido porque no quiero perderla, a rezar mi Padre nuestro, la oración perfecta según me enseñaron y que realmente lo es. Y luego mi Salmo 23 porque un día de hace muchos años, en un momento terrible, lo leí en una Biblia que tenía a mano y me calmó hasta tal punto que más de veinte años después sigue siendo para mi un bálsamo. Y me dormiré sin odio, compadeciendo a víctimas y verdugos. Es muy probable que esos psicópatas sean más infelices que los que viven intentando  no hacer daño a nadie.

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2 comentarios sobre “Nadie puede obligarnos a odiar

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