La fábrica de odio

crisis-de-inmigrantes-en-europa-2112662w640Publicada en Publicoscopia el 16 de marzo de 2016

El amor no se puede fabricar aunque diga Monedero que en Podemos, se puede. Debe referirse a un amor sintético. El amor natural, auténtico, entendido como afecto que nos mueve hacia el otro, sea este una persona, un grupo o la humanidad entera, nace en el núcleo de nuestra alma o no nace. Nace, cuando nace, preñado de sentimientos, de emociones, componentes que junto a la razón y otras facultades de la mente son esenciales para distinguir a un ser humano. ¿Puede un ser humano vivir sin amar? Puede que pueda según ciertas definiciones, porque el amor tiene muchas. Algunos dirán que una persona que no ama es como una caldera sin combustible. Otros intuyen que quien no ama es un ser carente de humanidad.

 

El amor no se puede fabricar, pero el odio sí. España, como Europa, cuenta hoy con varias fábricas de odio. En la España dividida entre ricos, pobres e inconscientes, parte integrante de una Europa que pregona su degeneración moral, como si renunciar a la ética fuera un signo de madurez evolutiva, la desigualdad, la injusticia, el miedo a perder lo que se tiene han ido deshaciendo la cohesión interna del individuo y, por ende, la cohesión de la sociedad. Solo nos faltaba el odio para componer una tragedia griega.

Estamos girando en un remolino oscuro donde la sangre de millones se revuelve con los excrementos de lo peor de cada cual. Lo peor es el instinto asesino que defiende la supervivencia propia ignorando el derecho a la supervivencia de los demás. Todos lo compartimos en mayor o menor medida. Es el vestigio de aquel momento de la historia de la Tierra en que a un animal se le dotó de conciencia y fue llamado a hacer suyas todas las cosas. Entre aquellos animales, unos apreciaron el valor de sus piernas y empezaron a caminar hacia adelante para crearse un mundo a su medida. Otros no dejaron nunca de añorar y de alimentar su condición de animales. Otros se quedaron en el medio, con la apariencia y las costumbres humanizadas a la fuerza por la civilización, y el instinto de animal depredador oculto en su alma, dispuesto a inspirar sus peores acciones.

En todas partes conviven con el resto criaturas monstruosas en las que se combina el animal, que hace millones de años descubrió que podía someter a todas las especies con su ingenio, y el ser que descubrió el pensamiento, y con el pensamiento, la perfección y el modo de alcanzarla. Ese monstruo de apariencia humana ha sustituido la porra por el dinero, un arma capaz de matar a millones de un solo golpe y de someter al resto de la humanidad mediante el terror. Con el poder del dinero, esos monstruos se han convertido en amos de todas las tribus, tiranos que convierten a todos los demás en sus esclavos. Tienen una característica en común; la falta de empatía, la falta de amor. Y eso les ha permitido descubrir la utilidad del odio.

El odio se puede fabricar y a fabricarlo se pusieron los monstruos psicópatas con la misma diligencia con que trabajan para aumentar sus ingresos. Durante un tiempo, permitieron que sus súbditos adquirieran bienes que les hicieron creer que habían ascendido en la escala social y que podían comprar su libertad. Hasta que tanta libertad les pareció a los amos una amenaza. En 2008, los monstruos tiranos provocaron una crisis mundial para devolver a sus súbditos a la condición de esclavos. Hubo pánico general. Algunos se lanzaron a la calle para protestar, defender su libertad, exigir sus derechos. Pero solo fueron unos cuantos. La mayoría aceptó nuevamente el yugo a cambio de que le permitieran dormir bajo su propio techo y sin hambre.

A los monstruos tiranos no les arredraron las protestas callejeras. Sabían que a los protestantes se les podía comprar fácilmente con un trabajo o un cargo, y los compraron. Había otra amenaza más peligrosa y difícil de vencer; la oposición organizada contra su tiranía, una oposición que a lo largo de más de dos siglos había discutido sus privilegios exigiendo una distribución justa del dinero. De nada había servido a los tiranos la represión violenta de los disidentes. Acababan con unas organizaciones y surgían otras con el mismo fin; como si se pasaran de generación en generación la antorcha para seguir defendiendo la libertad, la igualdad y la fraternidad. Hasta que un día los tiranos descubrieron un nuevo medio de acabar con toda clase de oposición.

En 2008 acusaron de ser causante de la crisis que había empobrecido a la mayoría, a un político empeñado en recordar a los súbditos su condición de ciudadanos libres y trabajadores con derecho a una retribución justa. Una propaganda bien diseñada y con fondos ilimitados para llegar por todos los medios a todos los rincones del país, empezó a fabricar odio entre los que lo habían perdido todo o casi todo y entre los que temían perder lo que tenían; odio contra un culpable real y perfectamente identificable. La propaganda dio resultado y poco después caía el político señalado con su sambenito encima y todo su equipo.

Los monstruos psicópatas volvieron a descansar expoliando y robando con una oposición tan tocada que nadie le hacía caso. Se acercaron nuevas elecciones y la oposición presentó una cara nueva; alguien que no podía asociarse a la crisis ni a la corrupción rampante sin caer en delito de difamación. Pero la fábrica del odio no podía detenerse por algo tan despreciable como la verdad. Si no había nada contra el nuevo jefe de la oposición que pudiera encender el odio de los súbditos, habría que recurrir al recuerdo de todos los errores cometidos por sus antecesores en el liderazgo de su partido, cargando las tintas para destacar su ineptitud y su maldad; demostrando como fuera que sus errores les hacía culpables de la crisis de 2008 aunque fuera con veinte años de antelación. A Felipe González, el presidente que culminó la transición a la democracia y cuyas legislaturas implantaron en el país el estado de bienestar del que se beneficiaron dos generaciones, se le acusó y se le sigue acusando de todo; desde enterrar cadáveres de terroristas en cal viva, hasta de irse de vacaciones en un yate con su mujer muchos años después de haber dejado el gobierno.

La mayoría siguió odiando a quienes la propaganda les señalaba, como si el odio tuviese la propiedad de calmar el sufrimiento. Pero los monstruos tiranos no querían dejar cabo sin atar.

Los catalanes se habían instalado en un cómodo ejercicio del bilingüismo una vez recuperados el uso público y la enseñanza de su lengua materna. Con sus instituciones ya bien consolidadas, los líderes catalanes exigían un nuevo estatuto y con él, una repartición más justa de los impuestos. Los dueños del dinero decidieron utilizar el resentimiento y el odio para desestabilizar a los catalanes fabricando más odio. Crearon y financiaron a Ciudadanos, un nuevo partido con la misión de atizar el odio entre los defensores del catalán y los defensores del español. La petición de una distribución más justa del dinero les permitió asustar a andaluces y extremeños y utilizar la rivalidad para generar más odio.

De entre los protestantes callejeros que tan fácilmente se habían podido neutralizar, salió un grupo que consiguió divulgar su indignación en una televisión digital de su propiedad. El afán de protagonismo de su líder y su vena histriónica le convirtió en un peón manipulable que los amos decidieron utilizar enseguida como habían utilizado la ambición de Albert Rivera. Pablo Iglesias fue aupado por los medios al servicio de los amos hasta convertirle en estrella mediática. Su discurso, de un populismo marxista leninista muy sui generis, empezó a calar en los espectadores con la intensidad del trance hipnótico. Esperanza e ilusión fueron las palabras más repetidas en todos los confines del país. Pablo Iglesias prometía acabar con los privilegios de los amos y distribuir sus beneficios entre los ciudadanos más pobres, y la gente le creía con la fe con que seguían al Cristo los judíos oprimidos por los romanos. Dedujeron los amos con acierto que Iglesias no conseguiría convencer a los más conservadores de la población, reacios a embarcarse en aventuras peligrosas. Le dejaron hacer porque en su afán por convertirse en único paladín de la izquierda, Iglesias concentraba sus discursos en atizar el odio contra la oposición, único enemigo al que los amos se tomaban en serio.

Y así hemos llegado hasta aquí, desequilibrados por la incertidumbre, las privaciones, las pérdidas materiales, el terror a perder aún más; desmoralizados por el cinismo y la pérdida de los valores humanos; enardecidos solo por el odio contra los amos, contra los culpables reales o ficticios, contra los diferentes que puedan desestabilizar el orden, contra el extranjero que nos pueda quitar lo poco que nos queda. Solo nos viene a consolar que en nuestra degeneración, en nuestra miseria moral y material, no estamos solos.

Somos europeos, un país importante miembro del grupo selecto, dicen, de la gran Unión Europea. Nuestro presidente, tan penoso el pobre, se codea, a pesar de todo, con los amos de la tierra. Somos europeos. En nuestro país bulle el odio como en los países más desarrollados. Francia tiene su Frente Nacional; Alemania, su Partido Nacional Democrático; Holanda, Dinamarca, Finlandia, todos, hasta Grecia pueden presumir de líderes que admiran a aquel hombre genial que durante unos años gloriosos situó a Europa en el centro del mundo bajo la capa protectora del gran Reich. Somos europeos de la nueva Europa que comienza a renacer alimentada por el odio al extranjero. Todavía no son gran cosa nuestros grupos de ultraderecha, pero con la protección de los amos, crecerán. Junto a las fronteras de grandes países se hacinan cientos de miles de emigrantes muriendo de hambre, de frío, de sed. Pero no tenemos nada que envidiarles. Nosotros también podemos exhibir fotografías de negros colgando de las concertinas de nuestras vallas como gallinas. Somos europeos.

Dicen los que analizan el callejón sin salida en que nos metió el voto irreflexivo, que habrá nuevas elecciones, y dicen las encuestas que, a pesar de todo, los monstruos psicópatas volverán a ganarlas porque el miedo y el odio conseguirán que la mayoría no vuelva a aventurarse a tontas y a locas. No se trata de pedir y esperar una vida digna que merezca agradecerse. Se trata de que nos procuren una supervivencia sin sobresaltos. Somos europeos y como buenos europeos, queremos que nos gobierne quien nos garantice, al menos, que nuestra existencia no irá a peor. Quien quiera otra cosa, que patalee. Total, nadie le va hacer caso. En este mundo mandan los monstruos psicópatas y la mayoría que les admira en secreto con la secreta esperanza de que le agradezcan, de alguna manera, su admiración.

 

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