Trastorno mental colectivo II

Artículo publicado el 16 de agosto de 2014 en Publicoscopia

RAJOY, EN LA PRESENTACIÓN DE LOS CANDIDATOS POPULARES A LOS AYUNTAMIENTOS DE ALICANTE
GRA121. ALICANTE, 19/04/2015.- El presidente del Gobierno y del PP, Mariano Rajoy (i), se hace una foto junto a un simpatizante al final del acto de presentación de los candidatos populares a los Ayuntamientos de la provincia de Alicante para las elecciones de 24M. EFE/Morell

El barómetro de julio del CIS lanzó a miles de activistas a las redes. ¿Que vuelve a ganar el PP con el 30% de los votos? No me lo creo, gritaban los tuiteros, menos con incredulidad que con desesperación.

En el artículo anterior intentamos aproximarnos al misterio. ¿Quién, en su sano juicio, volvería a dar el poder a un partido que está desmantelando el estado de bienestar, eliminando los derechos de los trabajadores, convirtiendo a España en un paraíso para ricos y turistas y la vida en un infierno para los destinados a servirles? Analizamos, en primer lugar, la psicología del grupo social en el que el PP encuentra a la mayoría de sus fieles; gente integrada en el sistema a quien no importa demasiado cosa alguna que no tenga que ver con sus ingresos y su poder de gastar. En su afán por conservar la estabilidad económica y social que les permite vivir cómodamente, los individuos de este grupo suelen votar en todas partes por partidos conservadores que no alteren el plácido devenir de las cosas. Encontrándose bien, hacen lo posible para que todo siga igual. Cierto que el PP ha tomado algunas medidas propias de la extrema derecha, pero saben cómo controlar a los díscolos y, hasta ahora, esas medidas sólo han causado algunas manifestaciones escasamente concurridas. De revolución sólo se habla en el mundo virtual, donde las hogueras se apagan y las barricadas se recogen cuando los revolucionarios se van a dormir. Los ciudadanos de este grupo, orgullosos de pertenecer a la clase media que, hasta ahora, se ha salvado de la bancarrota, agradecen al gobierno que, a pesar de la terrible crisis, les permita existir en paz. Su intención de votar al PP tiene, por lo tanto, una explicación lógica y justificada.

Analicemos hoy otro segmento de la población: los pobres. Uno se pregunta con estupor, ¿habrá alguien entre los cinco millones de parados, millón y medio sin subsidio ni tipo alguno de asistencia social; habrá alguien entre los asalariados que cobran sueldos ligeramente superiores o incluso inferiores al salario mínimo; habrá alguien entre los que trabajan contratados por unas horas, días, meses pensando en el calvario que tendrán que recorrer otra vez para encontrar otro trabajo cuando el contrato se extinga; habrá alguien entre los jubilados que cobran pensiones miserables; habrá alguien entre los padres que no pueden pagar a sus hijos la matrícula de la universidad; habrá alguien que tenga que elegir entre alimentar bien a su familia o pagar el alquiler o la hipoteca; habrá alguien en este grupo catalogado como pobre o en riesgo de pobreza que exprese su simpatía por el Partido Popular? Parece que los hay.

En las campañas electorales, la televisión nos muestra enormes superficies abarrotadas de ciudadanos que agitan con auténtico entusiasmo la bandera del PP. La mayoría no son ni ricos ni de clase media -los ricos y la gente acomodada no suele acudir a los mítines, eventos algo estridentes con un toque de vulgaridad. La mayoría pertenece, más bien, a las llamadas clases populares, gente que va tirando como puede a base de estirar el sueldo hasta que desaparece antes de llegar a fin de mes. Cuando el corresponsal de cualquier medio se acerca a un grupo de asistentes a un mitin del PP y le pone a alguien un micrófono ante la boca, el rostro del entrevistado o entrevistada revela la exaltación que le produce sentirse protagonista de un minuto de televisión. Aguijoneado por la adrenalina, empieza a soltar los eslóganes que la propaganda le ha metido en el cerebro. Sabe que le han elegido entre muchos para comunicar un mensaje favorable al partido y al candidato, y se esfuerza por comunicarlo como si el resultado de las elecciones dependiera de su entusiasmo. Si el micrófono lleva el distintivo de un medio hostil, no tiene reparo en exaltar las bondades del gobierno y denostar las del gobierno anterior exhibiendo un fanatismo extremo. Viva el Partido Popular, mueran los adversarios culpables de todos los males de España. ¿Qué algunas leyes y decretos del gobierno tienen tintes franquistas? Pues viva Franco, que con Franco no había tanto libertinaje y se vivía mejor.

Esta conducta encuentra fácil y extensa explicación en la necesidad de pertenencia a un grupo que los humanos compartimos con la mayoría de las especies animales. Lo que resulta difícil de explicar es por qué una persona elije pertenecer a un grupo que nada tiene que ver ni con los intereses que mueven su atención ni con ninguna de las particularidades de su existencia. Tal vez habría que buscar las respuestas en un análisis más individual.

Analicemos, por ejemplo, el caso de una señora que está comprando en el mercado y de repente ve cómo se acerca, en medio de su séquito, el mismísimo candidato a presidente del gobierno que todos dicen que ganará las elecciones. Con la boca de un palmo le contempla como si resplandeciera cual Jesús recién bajado del Monte Tabor. El candidato se acerca sonriente, de pronto la mira, de pronto le extiende la mano como si la conociera de toda la vida, de pronto le planta los labios en las mejillas. La mujer, que estaba contando monedas para calcular cuantas pescadillas podía llevar a su cocina, se encuentra, de pronto, reconocida por los dioses. El candidato le pone una pegatina en el omoplato y ella le jura voto eterno tal vez pensando que la pescadera y las vecinas la estarán mirando con una envidia mortal. A partir de esta experiencia cuasi religiosa, es muy probable que esta señora se convierta en devota fiel y apóstol del PP. ¿Y si esto le ocurrió con Zapatero en el 2000 o en el 2004? A Zapatero se le descubrió la impostura el día que se convirtió en un perdedor. A partir del 2011 toca adorar al que le desenmascaró y rogar a Dios para que le guarde muchos años. Hoy le hacen una encuesta y dice, convencida, que volverá a votar al PP.

Puede que esta mujer haya sufrido en su alma algunas de las medidas que ha tomado el gobierno para entregar el país al capitalismo salvaje; un medicamento que no se puede comprar, un hijo en el paro o ganando una miseria. ¿Cómo puede permanecer fiel a quien ganó las elecciones mintiendo en su programa electoral y ha gobernado mintiendo y desmintiendo en un ejercicio del más evidente desprecio a los ciudadanos? Cosas de la política. Ningún político dice la verdad. El presidente hace lo que puede y no ha podido hacer más después de lo que le dejaron. Ella sabe que en el fondo es un buen hombre que quiere lo mejor para el país. Le conoce personalmente.

Todos necesitamos que nos reconozcan. Igual que una silla no existe hasta que la vemos y nos sentamos en ella, el ser humano necesita que el reconocimiento del otro le recuerde su existencia. Al pobre le reconoce muy poca gente. A casi nadie le importa fuera de su círculo familiar. Cuando un político de alto rango le dice delante de mucha gente, como hacía Pujol: “Eh Pep, ¿ya encontraste las cabras que se te habían escapado cuando vine en abril?”, el pobre se sorprende y se emociona hasta las lágrimas. El president le ha reconocido. Puede que los vecinos le den importancia ahora que han visto la importancia que le da el president. Dicen que CiU debía millones de votos a la prodigiosa retentiva de Pujol. La necesidad de ser reconocidos es inversamente proporcional al valor que cada cual se otorga. Mientras más baja es la autoestima, mayor es la necesidad de sentirse admirados por los demás. Sólo los más grandes no necesitan el reconocimiento de otros para reconocerse a sí mismos.

Por otra parte, se da en cierto tipo de personas, víctimas de graves complejos de inferioridad, una extraña especie de pensamiento mágico. En los Estados Unidos de los 70, la abolición de leyes racistas permitió a muchos negros estudiar, progresar y comprar casas en urbanizaciones de lujo. Entonces empezó a ocurrir un fenómeno que fue muy comentado. Algunas familias de mulatos que vivían en una de esas urbanizaciones vendían sus casas si al lado se mudaba una familia negra. No querían vivir en una urbanización de negros. La convivencia con los blancos les había hecho creer que la gente les tomaba por blancos, y para sentirse aún más blancos se habían vuelto racistas rechazando a los de su propio color. El fenómeno ya era conocido en Suramérica. Algunos mulatos y mestizos de elevada posición económica no tienen reparo alguno en hablar en términos despreciativos de negros e indios con la intención de que la gente no cuestione la blanca pureza de su sangre. El poeta puertorriqueño Virgilio Dávila inmortalizó esta actitud en el poema “Y tu abuela, aonde ta” sobre una familia de mulatos que tenían a la abuela negra encerrada en la cocina para que no la viera nadie.

Puede que lo que conduce a algunos pobres a una conclusión análoga, sea una premisa parecida. El PP no es un partido de pobres. Yo soy del PP. Luego la gente no me va a tomar por un parado, infraempleado, enfermo crónico mal medicado, jubilado con pensión miserable sin plan de pensiones, estudiante sin nota para beca, estudiante frustrado por beca insuficiente. La gente no me va a tomar por un fracasado, por un perdedor.

Parece evidente que la adhesión de un pobre a un partido que ha incrementado la pobreza en el país a extremos alarmantes no puede obedecer a motivos racionales. Para explicar el fenómeno hay que recurrir a la ciencia que se ocupa de los conflictos del alma. Para comprenderlo, se requiere una gran dosis de empatía, de humanidad.


		
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