Trastorno mental colectivo I

Publicado en Publicoscopia el 10 de agosto de 2014


Rajoy y gobierno con ordenador

 

 

El barómetro del CIS de julio dice que el PP volvería a ganar las elecciones generales con un 30% de los votos.

La noticia sorprende. Un partido corrupto hasta la médula, según la apreciación de varios jueces, cuyos dirigentes mienten a los ciudadanos por costumbre, cuando no se niegan a informar, cuando no informan mediante falacias que insultan la inteligencia del más lerdo o soltando directamente insultos contra los más desfavorecidos; un gobierno que no ha parado de recortar derechos y libertades desde que llegó al poder, que ha empobrecido a una gran parte de la población permitiendo contratos sin garantías, sueldos de miseria y condiciones laborales que rozan la servidumbre; ese partido, ese gobierno vuelve a contar con la aprobación de la mayoría de los electores para que siga haciéndonos la vida imposible a casi todos.

 

Opinadores y tertulianos consumen horas tratando de explicar el fenómeno. No hay alternativa, dicen unos. El PSOE, después de acostumbrarnos al estado de bienestar, empezó con el anterior gobierno a congelar los fondos que destinaba a costear los derechos sociales. O sea, que como el PSOE nos quitó algo de lo que nos había dado, la mayoría prefiere a los que no nos dieron nada y nos están quitando todo. Tamaño sinsentido hace sospechar que nos encontramos ante un problema de salud mental. Podría tratarse de un brote psicótico colectivo causado por el estrés de la crisis; una insólita epidemia de masoquismo. De ser así, parece urgente un análisis de las personas afectadas que nos permita realizar un diagnóstico preciso.

La cifra del 30% no dice casi nada. Nuestra imaginación representa los porcentajes mediante barras o líneas o sectores de un gráfico. En todo caso, absolutamente desprovistos de carne y hueso. Las cifras no suelen comunicar más vida. Si decimos que el 30% de los electores son, grosso modo, 11 millones, esa multitud no nos cabe en la cabeza; nos entra el número y nada más. El análisis de actitudes y comportamientos exige acercarse a la persona. Sabemos que la piel es impermeable, que nadie puede penetrarla para llegar al alma del otro. Sólo podemos aproximarnos, y lo único que nos permite una auténtica aproximación es la empatía; intentar ponernos en esa piel. ¿Cómo será esa persona dispuesta a renovarle el poder a unos gobernantes que día tras día muestran una ineptitud supina guiados por la ideología de un neoliberalismo católico radical?

En primer lugar, descartemos a quienes votan al PP porque su política les beneficia. Es el 10% más rico de la población cuyos ingresos, por culpa de la crisis, descendieron sólo un 1%. También hay que descartar a aquellos que, declarándose católicos practicantes, acatan los consejos de la jerarquía de la Iglesia sobre intención de voto. Estos votan al partido que garantiza la prohibición del aborto y que se manifiesta en contra de la igualdad de derechos de los homosexuales. El voto de estas personas es lógico. Nos quedamos, pues, con el resto.

Empecemos por aquellos que tienen trabajo estable. Puede que hayan visto disminuidos sus salarios y teman por su seguridad laboral, pero tienen nómina y, por lo tanto, tarjeta de crédito. ¿Por qué votaría al PP alguien que se encuentre en este segmento de la población? La mayoría de estas personas suele admirar el dinero y, por lo tanto, la capacidad de producirlo. En la corrupción no aprecia degeneración moral sino la habilidad de los corruptos para aumentar sus ingresos. Estas personas suelen ser clientes de grandes almacenes, de La Tienda en Casa, algunos hasta de tiendas por Internet. Pueden comprar. Pueden sentirse identificados con los actores, actrices y modelos que aparecen en los anuncios y, por ello, felices de pertenecer a la mediocridad en la que piensan los publicitarios cuando diseñan sus campañas. Las mujeres de este sector admiran la elegante femineidad de las mujeres del gobierno, con sus faldas y chaquetas de colores variados, pero sin estridencias, que sin ser uniformes, dan al conjunto una apariencia de decorosa uniformidad. Los hombres se sienten más seguros con dirigentes que aparecen en los medios con chaqueta y corbata; les parecen más serios.

Los de este grupo social no suelen ser malas personas. La maldad es un exceso que desentona con el plácido equilibrio que valoran por encima de todo. Por el mismo motivo, procuran limitar su solidaridad a contribuir con algo en recogidas de alimentos, maratones y actividades por el estilo, a las que contribuye la mayoría de su clase. Hay tanta desgracia en el mundo que no es sano ponerse a pensar en los desgraciados, mucho menos comprometer su bienestar y el de su familia por ayudar a otros. La caridad bien entendida empieza por casa, a lo que cabe agregar que, tal como están las cosas, casi no quedan ni tiempo ni recursos para ayudar a los demás.

Consecuentemente, prefieren mantenerse al margen de la política. El exceso de información les abruma y el esfuerzo por analizarla les desborda. Se saben los nombres del presidente del gobierno, del líder de la oposición, de los ministros que más suenan, de sus alcaldes y pocos más. No debe parecer extraño, por lo tanto, que agradezcan un gobierno lacónico. ¿Para qué van a exigirle a los políticos que aburran a la gente con cifras y explicaciones? El presidente del gobierno aparece lo justo para decir lo imprescindible. Todos saben que este gobierno heredó la crisis y todas sus consecuencias del gobierno anterior. Todos saben que las medidas que ha tenido que tomar han sido dolorosísimas, pero inevitables. Que algunos tengan que pagarse las medicinas y ciertos tratamientos ha evitado un derroche que no se podía sostener. Los pensionistas pueden estar contentos. El gobierno ha subido las pensiones todo lo que podía y que no digan que un anciano necesita más de mil euros al mes para sobrevivir. Suerte que la mayoría decidió abandonar las aventuras socialistas. Si no hubiera sido por la austeridad de este gobierno, por la firmeza con que rechaza a los inmigrantes que vienen a robarnos, por la severidad con que niegan subsidios a los vagos que no quieren trabajar y becas a los estudiantes que no aprueban, España habría sido intervenida, lo que significa que todo estaría peor de lo que está.

Con estos argumentos se comprende que las personas de este sector social quieran renovar su confianza en el gobierno. Están convencidas de que sólo este gobierno puede garantizarles, como hasta ahora, su nómina y su tarjeta. El libro del Apocalipsis dice que a los tibios Dios lo vomita, pero eso es harina de otro costal, y la gente de este grupo no suele haber leído el Apocalipsis. De lo que no cabe duda es de que no se aprecia en estas personas lo que podría considerarse un trastorno. El PP lo sabe muy bien y por eso dirige sus mensajes al sentido que estas personas suelen tener más desarrollado: el sentido común.

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