La victoria de la estupidez

Se acabó la fiesta que se montó en Cataluña para celebrar la Diada de 2015; una fiesta que duró quince días. Luces, colores, música, percepciones que penetraban por los poros y corrían con la sangre hasta los lacrimales. En vivo y en directo o en televisión, todo el pueblo pudo disfrutar del mayor espectáculo del mundo, incomparablemente superior al de cualquier otro espectáculo pasado o por venir. Porque en el apoteósico final, un solo hombre aparecía en el trapecio, colosal, majestuoso, dispuesto a lanzarse al vacío llevando bajo su capa a siete millones y medio de figurantes.

Toda fiesta termina con un apagón emocional semejante al que experimenta el cuerpo tras un orgasmo. Es el momento infausto de enfrentarse al merder, gráfico vocablo catalán que representa desde cualquier tipo de desorden en sentido literal o figurado, hasta el lugar donde se acumula la mierda. En la mañana gris, los ojos se enfrentan a los perfiles contundentes de una realidad asquerosa, y el alma, a la fugacidad de la alegría. Hay que ordenar y limpiar, no queda otra, y lo sabemos. Pero durante un momento más o menos largo, según la psicología de cada cual, nos invade la sensación paralizante de no saber por dónde empezar.

Empecemos.

Si hay un grupo humano que tiene algo claro sobre la situación de Cataluña antes, durante y después de la “fiesta democrática” de las elecciones es el de los analistas políticos. Todos coinciden en que la situación es de una enorme complejidad. Tienen razón, sin duda. Considerando que se convocaba a un plebiscito y no a unas elecciones autonómicas, pero que los resultados se contarían como elecciones autonómicas y no como plebiscito; considerando que el partido del sí no era un partido sino un grupo de políticos, representantes de asociaciones no políticas y personalidades varias que obligaba a los electores de izquierdas a votar por un partido de derechas y viceversa y a elegir en cualquier caso a un presidente de derechas de toda la vida, pero ahora de nada, porque no se trataba de elegir a quien iba a gobernarnos sino a quien iba a gestionar el sí; considerando que quien quisiera votar que sí, pero sin torturarse el cerebro intentando despejar las múltiples incógnitas de ese grupo poliideológico y multicultural, no tenía otra opción que la de echarse al monte votando por un partido antisistema; considerando que los electores del no tenían que elegir entre un partido de derecha radical, otro de derecha de centro o de extremo, según, y otro que ofrecía futuras reformas que nadie sabía dónde colocar por no tener ni pajorera idea de lo que le estaban proponiendo; considerando que a quien quisiera votar que sí a la independencia o que no sin encontrar su sitio en alguna de las anteriores opciones, solo le quedaba un partido que, como una especie de grupo sanguíneo universal, se presentaba como ni de izquierdas ni de derechas ni de sí ni de no; considerando todo esto, en fin, lo que sorprende es que los analistas se puedan tomar tal belén en serio y que pretendan explicarlo utilizando la lógica. El grado de irracionalidad al que ha llegado la política en Cataluña solo podría explicarse por los meandros de una lógica difusa compensatoria o por los del psicoanálisis. ¿Sabía el votante catalán qué programa político ofrecía Junts Pel Sí además del proceso para declarar la independencia?

Ahora resulta que la población de Cataluña se reduce al millón ochocientos mil catalanes que votaron por el sí, sumando Junts y CUP, y que dicen que la democracia exige que se siga con el proceso soberanista porque así lo mandan los ciudadanos. ¿Pero qué ciudadanos? Y los tres millones y medio que o no votaron por el sí o se abstuvieron, ¿qué tienen que hacer para que cuadre la cuenta, exiliarse? No cabe duda de que la democracia se ha transformado en una palabra huera bajo el poder y por la falta de respeto a los ciudadanos de los políticos del Partido Popular, sometidos éstos al poder omnímodo de los que tienen el dinero, pero si en lo que es una democracia, aunque solo sea oficialmente, la opinión de un millón ochocientos mil vale más que la de tres millones y medio, parece evidente que una de dos, o se revisa el significado del término o se le da un repaso de aritmética a los flamantes ganadores de las elecciones-plebiscito y a todos los que repiten su argumentario con fervor religioso. En cuanto a los analistas que repiten que el resultado de las elecciones ha dado un mandato claro a favor del soberanismo, no sabe uno qué recomendarles.

Ateniéndose a los hechos, del resultado de las elecciones no se puede deducir que haya una mayoría soberanista en Cataluña. Pero los independentistas son casi dos millones, se dice, no se les puede ignorar. Probablemente son mucho más que dos millones. El deseo de independencia, de ver a la nación catalana convertida en estado, nace con la gran mayoría de los catalanes, se alimenta en la familia y crece con la piel hasta la muerte. Es un sentimiento que forma parte sustancial de su idiosincrasia. Pero esto no significa de ninguna manera que el catalán nace y vive dispuesto a permitir que ese sentimiento prevalezca sobre su razón. Aceptando y respetando la realidad, el catalán ha aplicado sus facultades mentales al desarrollo propio y de su comunidad guardando y conservando sus deseos en el ámbito de las emociones. De donde tal vez nace el tópico de que los catalanes tienen al dinero como máxima prioridad. La máxima prioridad del catalán, como la de cualquier otra persona en cualquier parte de este mundo, es su propio bienestar y el de su familia. Puesto que en esta parte del mundo el bienestar no es posible sin dinero, los catalanes se aplican al trabajo para conseguirlo, como cualquier sociedad de personas equilibradas y responsables.

De pronto, sin embargo, las sustancias que producen las emociones parecen haber desbordado todos los diques anegando las facultades mentales de una gran parte de la población. ¿Qué ha pasado? Lo sabemos todos. De un lado, la crisis que de un modo u otro desestabilizó la existencia y el equilibrio emocional de todos; de otro lado, la malvada estupidez de Mariano Rajoy y su partido que detectaron muy pronto el rédito electoral que podían obtener oponiéndose al estatut refrendado por los catalanes; de otro, el oportunismo de Artur Mas y su partido que descubrieron, en el momento justo, el modo de utilizar la indignación de los catalanes para perpetuarse en el poder.

De repente, una parte muy importante de los catalanes olvidó las exigencias del bienestar, las reglas a respetar para obtener el dinero que el bienestar exige, su proverbial prudencia. Al grito coral, bien orquestado y dirigido, de independencia sí, el catalán lo olvidó todo, hasta el riesgo al que exponía la vida política, económica y social de su nación. Miren por donde, resultó que el amor a la pela por encima de todas las cosas no era tal. Que sí, grita la estupidez siempre tozuda. Que quieren irse porque no quieren compartir su dinero con el resto de España. Cierto que una de las formas de excitar las glándulas de los catalanes fue repetir que “España nos roba” manipulando cifras con la certeza de que muy pocos las iban a comprobar. Lo que el estúpido no consigue comprender es que ser expoliado se considera una consecuencia intolerable de la dependencia política de España, pero no es la causa que ha provocado la revolución del soberanismo. La causa fundamental es la negativa de algunos estúpidos a aceptar un hecho que el catalán vive como parte consustancial de su existencia; el hecho incontrovertible de que Cataluña es una nación.

En sus Leyes fundamentales de la estupidez humana, el economista Carlo M. Cipolla divide a todos los seres humanos en cuatro categorías fundamentales: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.

Llama incauto a quien sufre una pérdida con sus acciones al mismo tiempo que beneficia a otro. Quienes han sucumbido a la propaganda por la independencia ignorando los efectos del desgobierno y la corrupción que han destruido la cohesión social en Cataluña durante los últimos cinco años, sufrirán la pérdida de muchas cosas cuando se convenzan o les convenzan de que la independencia no es posible. Tendrán que aceptar que han sido incautos.

Malvado es el que realiza una acción que le beneficia perjudicando a otro. Artur Mas en Cataluña y Mariano Rajoy en España han supeditado el bien común a sus propios intereses y a los de sus partidos. Al daño que ambos han causado a las personas por su política de austeridad y privatizaciones, se une la descarnada manipulación de las emociones con que Artur Mas ha puesto en peligro la democracia, la convivencia y la estabilidad política de Cataluña, y el calculado inmovilismo de Rajoy que ha hecho imposible cualquier solución negociada.

“Una persona estúpida”, dice Cipolla, “es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Estúpidos son, por lo tanto, todos aquellos que pudiendo apaciguar y/o mediar en una situación tan crítica para Cataluña y para España, echan más gasolina al fuego; por ejemplo y entre otras cosas, defendiendo la igualdad entre comunidades que nadie ha puesto en duda; insultando de un modo u otro a los catalanes; negando a Cataluña el derecho a definirse como nación.

Partiendo de la premisa de que la mayor parte de las personas no actúa de un modo coherente, Cipolla demuestra cómo pueden darse diferentes combinaciones. Una persona inteligente, por ejemplo, puede en determinada circunstancia actuar como un incauto; un malvado puede ser inteligente o puede ser estúpido. Afirma, Cipolla, sin embargo, que “la mayoría de las personas estúpidas son, fundamentalmente y firmemente estúpidas; en otras palabras, insisten con perseverancia en causar daños o pérdidas a otras personas sin obtener ninguna ganancia para sí”. Y aún añade que “existen personas que con sus inverosímiles acciones, no sólo causan daño a otras personas, sino también a sí mismas. Estas personas”, dice, “pertenecen al género de los superestúpidos”.

Según estas leyes de Cipolla, es imposible que un estúpido analice la situación actual de Cataluña, de España entera con la racionalidad y la ecuanimidad que exige la situación socialmente desastrosa del país. Las encuestas siguen otorgándole la mayoría al partido que ocasionó el desastre y los malvados estúpidos siguen colaborando a su favor intentando dividir a las fuerzas que, unidas, podrían quitarle el poder. Concluye Cipolla advirtiendo de lo peligrosos que resultan los estúpidos: “Algunos estúpidos”, dice “…llegan a ocasionar daños terribles…a comunidades o sociedades enteras”. Hace cuatro años el Partido Popular obtuvo mayoría absoluta y con ella el poder absoluto para dejarnos como estamos hoy. Eliminando a aquellos que de su voto hayan obtenido algún beneficio, podríamos encontrarnos, siempre según Cipolla, con una multitud aterradora de superestúpidos que pueden volver a dar el poder a los mismos para que nos acaben de destruir el país.

Queda la última categoría; los inteligentes. “Inteligente es aquel que se procura un beneficio que beneficia a otro a la vez”, dice Cipolla. ¿Hay alguien? Pues como no se explique bien y convenza, no habrá quien impida que nos vayamos todos al garete.

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