La España imperturbable

Rajoy imperturbable

(“…el humano sin esperanzas es fácil de controlar y aquél que tenga el control, tendrá el Poder. Michael Ende. La historia interminable.)

Se inventaron los griegos de los principios del pensamiento humano una palabreja que suena fatal: ataraxia, definida por los traductores como ausencia de turbación. A ese estado los budistas le llaman upeksa. Es curioso que una palabra que define un estado de perfecta serenidad lleve el sonido violento de la combinación ks. Cuesta tanto a algunos españoles pronunciar estas dos consonantes juntas que muchos dicen seso por sexo. Pues bien, si como dice Crátilo en el dialogo que lleva su nombre, los sonidos de la palabra expresan la esencia de lo que se nombra, la palabra ataraxia lleva en su esencia una contradicción: la ataraxia violenta. De lo cual se deduce, según los mismos griegos, que la ataraxia no puede ser.

La vida turba. Vivir es ir saltando de turbación en turbación. Turba al cuerpo que tiene que enfrentarse a cambios de temperatura, de salud; a peligros, a la exigencia de las necesidades básicas. En el ser humano, turba al alma por no poder esta librarse de la turbación del cuerpo. No hace falta aplicar principios lógicos para comprender que la imperturbabilidad es imposible. Basta considerar los esfuerzos que filósofos y ascetas varios realizan para alcanzar la imperturbabilidad que ansían cuando aspiran a trascender la vida humana. “Nada te turbe, nada te espante…” decía Teresa de Ávila en imperativo. ¿Y eso cómo se consigue? Por los etéreos caminos del pensamiento, lejos de la realidad de la existencia o naciendo vegetal o mineral, para ser más precisos, porque no sabemos si las plantas sienten. Para que nada nos turbe o nos espante tenemos que someternos a ejercicios sin fin de privaciones que en sí mismos perturban un montón. No puede haber nada en este mundo tan perturbador como fijarse como objetivo y meta de la vida superar cuanto exige la vida humana, para poder vivir como otra cosa. O cuenta el aspirante a espíritu en vida con la creencia inquebrantable de que conseguirá unirse a Dios antes de morirse o que antes de morirse logrará ignorar todas las incomodidades perturbadoras de la vida humana, o tiene la frustración garantizada hasta la muerte.

Sírvanos el rollo anterior para contextualizar uno de los fenómenos más asombrosos de la actualidad política de España y tal vez de Europa: la imperturbabilidad de Mariano Rajoy. No se trata de que el presidente del gobierno haya llegado al punto en que un mortal se libra del lastre de la vida para convertirse en el sabio o en el místico que ya ha puesto los pies del alma en otro mundo. De su naturaleza bien mundana en el mundo de aquí dan fe sus hábitos gastronómicos, su apetencia por los puros y sus aficiones deportivas. Se trata de una actitud insólita en un gobernante que merecería incluirse en el estudio de las ciencias políticas y que tal vez merezca un lugar destacado en la historia de España.

Mariano Rajoy asumió la presidencia del país como si hubiera hecho voto de obedecer los versos imperativos de Teresa de Ávila al pie de la letra, y en sus cuatro años de gobierno se ha distinguido únicamente por su estricta observancia de las órdenes de la Doctora de la Iglesia. No le turbó su primera entrevista como jefe de gobierno con los poderes de Europa aún sabiendo que su diagnóstico de la enfermedad económica de España iba a ser mortal. No le espantó el remedio que los poderes obligaban a tomar a los españoles si pretendían permanecer en el selecto club del euro, aún sabiendo que ese remedio iba a matar a millones. De entrevista similar había salido Rodríguez Zapatero aturdido, tambaleante, dispuesto a cumplir con su cruel destino que no podía ser otro que el suicidio político llevándose por delante a los millares que militaban bajo la bandera centenaria del PSOE. Mariano Rajoy salió con cara y espíritu de a mí, plín.

Dicen que a Franco no le temblaba el pulso cuando firmaba sentencias de muerte. La metáfora pareció tan adecuada a los gobernantes del Partido Popular para describir la actitud impuesta por su jefe supremo, que en los últimos cuatro años no han dejado de utilizarla ni para evitar que canse la reiteración. No les temblará el pulso ni para esto ni para lo otro, repiten haciendo gala de su imperturbabilidad. Y es cierto, no les tiembla, no les ha temblado firmando medidas que condenaban al paro a millones, y con el paro a la pobreza o a la indigencia y con la pobreza o la indigencia a la exclusión social. No le tembló a Rajoy cuando firmó la ley que permitiría a los empresarios contratar trabajadores a precio de saldo devolviendo al país la antigua figura del obrero pobre. No les tiembla cuando firman leyes, ordenanzas, normas que han ido derrumbando las paredes que protegían la existencia del español de a pie. Nada les turba, nada les espanta, quien al poder tiene, nada le falta. Solo el poder basta.

Pero, ¿no temen perder el poder? Dicen los periodistas que se tratan con los que viven en las altas cumbres, que algunos altos cargos del partido están turbados y espantados. ¿Y Mariano Rajoy? Imperturbable. La sangre que le corre por las venas apenas se le altera para moverle un párpado cuando miente, lo que le mantiene el párpado en constante movimiento, y un poco las manos para enfatizar cuando perora. ¿Es posible tal imperturbabilidad, se preguntan los opinantes de todos los medios? Gobierna un país con la sociedad deshecha por la desigualdad que él y su gobierno han causado y mantenido con pertinacia durante cuatro años; gobierna un país que se enfrenta a la amenaza de una secesión que podría derivar en revueltas civiles o que, en el mejor de los casos, acabará en una ruptura emocional que no habrá santo que la arregle; gobierna un país en el que las encuestas dan a su partido como posible perdedor de las elecciones y en cualquier caso a merced de otro partido de derechas y ultraderechas maquillado de modernidad. ¿Cómo es posible que el presidente no se inmute?

Es sabido que el príncipe sirve de modelo a los súbditos que acaban imitándole sin proponérselo. Mariano Rajoy espera que la mayoría le siga hacia la única ataraxia posible, la que sobreviene al alma cuando se le quitan las ganas de reaccionar. Para lograr este tipo de imperturbabilidad, llamada también desidia, no hace falta ningún ejercicio. O le toca a la persona con la lotería genética, lo que generalmente ocurre a individuos que pueden darse el lujo de hacer lo justo sin consecuencias económicas que desequilibren su bienestar, o a ella llega por agotamiento aquel que ha recibido más palos de los que su estructura mental y emocional han podido resistir.

Mariano Rajoy se ha asegurado de que la mayoría le volverá a votar, moliendo a palos a los de abajo y atontando de terror a los del medio. Después de cuatro años dando ejemplo de una voluntad impermeable a todo tipo de presión y repitiendo que donde no hay, no hay, y que cuando no hay nada que hacer, no se hace, Mariano Rajoy confía en que a la mayoría de los españoles ya no les mueva a cambiar de actitud o voto ni siquiera el empujón de la esperanza.

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