Bienvenida sea la peste

Bienvenida sea la peste

Hacía falta una amenaza de la Muerte para despertar del trance a una sociedad hipnotizada. Empezaba a dar miedo encontrarse por la calle y en las redes a personas que repetían, como alucinadas, “podemos”,  ”PPSOE” “abstención” “votarem” “no quiero saber nada de política”, sordos a cualquier argumento racional. Más miedo daban aún los ojos indiferentes de esa mayoría silenciosa que elegirá a quienes van a gobernarnos durante la próxima legislatura. Los únicos que parecían hablar en estado de alerta eran los que iban a ventanillas, bancos, asociaciones, buscando con un hálito de esperanza salvar su casa, salvar a su familia. Los que ya se habían quedado sin el hálito giraban, aún giran,  en el círculo de asistentes sociales, comedores de caridad, contenedores de basura, mudos por habérseles agotado hasta las ganas de hablar. Y de repente se le ocurre a quien se le ocurrió repatriar a dos españoles que se estaban muriendo de una enfermedad contagiosa. Y la Muerte, que les acechaba en Liberia y en Sierra Leona, se traslada a España  para esperarles aquí, como en el célebre apólogo del Talmud de Babilonia.

Aquellos hombres buenos murieron enseguida. Eran ancianos y estaban muy enfermos. Puede que el viaje adelantara su fin. Pero no eran sus vidas las que importaban ni el hecho de que las hubieran dedicado al servicio de los demás. Les repatriaron, como ya todos sabemos, porque eran españoles y porque su repatriación tendría resonancia internacional  demostrando al mundo que en el rescate de los nacionales, España estaba al mismo nivel que los Estados Unidos de América ¿No dice el Ministro de Hacienda que España es el asombro del mundo?

Hace poco menos de un año, una mujer moría en Argentina de una neumonía atípica. Era madrileña. Suplicó a las autoridades españolas que la trajeran a morir a su país. Nadie le hizo caso. No era víctima de una epidemia con gran interés mediático. Ningún miembro del gobierno podría condecorarse ante la prensa por haberla repatriado. Era sólo una mujer anónima que no tenía con qué pagarse el lujo de morir en su tierra.  Se llamaba Emma Rodríguez. Sus hijos adolescentes trajeron sus cenizas a España para cumplir con la última voluntad de su madre. Hoy, Emma recibe el reconocimiento en las redes de quienes hemos leído su historia y visto su última fotografía. Hoy, el humilde patriotismo de Emma contrasta con la conducta antipatriótica de los que están arruinando al país.

Una epidemia tiene mucho predicamento. Cuando la Muerte amenaza de la mañana a la noche, en casa y  en la calle, eligiendo a capricho a quien se va a llevar; cuando todos saben que tienen papeleta en ese sorteo macabro, la vida propia salta al primer plano de la conciencia. La voluntad ya sólo quiere una cosa: quiere vivir.  La razón ya sólo se ocupa de un asunto: cómo sobrevivir. Todas las facultades de la mente se ponen al servicio de la vida. En ese momento, cuando la naturaleza ve reconocido el regalo que le ha hecho al mortal, devuelve el agradecimiento multiplicando sus dones. De la peste negra, que se llevó al otro mundo a casi la mitad de la población europea allá por el siglo XIV,  se dice que acabó con las tinieblas del mundo medieval. Europa se iluminó recordando a los pensadores griegos que habían descubierto las facultades y el valor del ser humano. La imaginación, renacida, creó nuevas formas de ver y contar las cosas. En el  Decamerón, por ejemplo, Bocaccio cuenta que este mundo no es un valle de lágrimas por el que tenemos que arrastrar nuestras penas con la esperanza de alcanzar el paraíso por la gracia de Dios, sino que es el destino al que hemos llegado y donde tendremos que habitar por un tiempo, por lo que vale la pena sacarle el mejor partido.

¿Tendríamos entonces que alegrarnos de que el azar o a saber Dios qué nos permita vivir la experiencia de una epidemia global, haciéndonos pasar por el horror para luego salir a luz renacidos? El mundo se ha hecho viejo. El conocimiento nos ha hecho pesimistas. Ni el ébola se parece a la peste bubónica ni abundan hoy inteligencias y sensibilidades capaces de hacer que el mundo renazca de sus cenizas. ¿O sí?

En 1947, en una Europa diezmada por esa peste causada por el hombre que fue la Segunda Guerra Mundial, Albert Camus ofreció al mundo un relato en el que se condensan todas las pandemias pasadas y  todas las pandemias por venir. En La Peste  podemos encontrar paso a paso la evolución de una enfermedad infecciosa que amenaza acabar con la población de una ciudad, y también cómo evolucionan, a la par, las enfermedades del alma de los menos fuertes; cómo aparecen en las mentes anticuerpos de los que se niegan a morir y facultades desconocidas de los que empiezan a entender el valor y el sentido de la vida humana.

Camus sitúa su inmensa alegoría en la ciudad de Orán. Ejercitemos la imaginación y pongámosla en la España de 2011 a ver qué pasa.

Un banco de inversiones de Estado Unidos quebró en 2008 revelando que el dinero que circulaba  por el mundo de ordenador en ordenador sólo existía en los cerebros de los ordenadores. Los bancos llevaban años vendiéndose hipotecas, bonos y otras inversiones que nadie podría cobrar. La epidemia de pobreza se extendió rápidamente por todo el mundo. Se paralizó la construcción, cerraron fábricas, empresas medianas, negocios pequeños. Los obreros empezaron a perder sus puestos de trabajo. Las calles empezaron a llenarse de colas de parados ante las oficinas de empleo, de parados y familias ante  los comedores de caridad, de desposeídos buscando comida en las basuras. En España, cientos de miles se vieron en la calle de repente, luego millones, sin trabajo, sin ingresos, sin casa, como las ratas que llenaron la ciudad de Orán cuando la epidemia de la peste bubónica.

Al principio, el gobierno se niega a aceptar la gravedad de la situación e intenta transmitir un mensaje optimista. Se trata de una crisis pasajera que pronto desaparecerá. En el erial en que se ha convertido el país, empiezan a vislumbrarse brotes verdes.

Las víctimas siguen aumentando de día en día. Las calles se llenan de persianas cerradas como tumbas que pregonan la muerte de un negocio, de una ilusión. Los mensajes de optimismo acaban por percibirse como una burla cruel de los que, estando en el poder, no hacen nada para detener tanta muerte. ¿Por qué nos engañan? Nos engañan porque nos han engañado siempre.  Las personas que gobiernan un país perciben a los ciudadanos como una gran masa de niños a los que no se les puede decir la verdad para que no cunda el pánico, para que no se desmoralicen, para no rebotarlos. Es algo que todo político sabe antes de llegar al poder y que aplica en cuanto llega considerándolo parte de su responsabilidad.

Sabido es que en situaciones límite de vida o muerte, en algunos surge lo mejor de sí mismos y en otros, lo peor. En la epidemia de pobreza que estaba hundiendo al país, unos vieron el terreno abonado para cosechar éxitos y beneficios. El primer partido de la oposición, aprovechando la debilidad de un gobierno que empezaba a tomar medidas  drásticas para evitar la catástrofe sin tomar en cuenta su impopularidad, lanzó un ataque infame contra los que estaban en el poder utilizando falacias, mentiras, difamación, cualquier cosa que pudiera instalar en los cerebros de los electores la certeza de que la culpa de la epidemia la tenía el gobierno. Al mismo tiempo y también sin escrúpulo alguno,  presentó su programa electoral como la panacea que libraría a los ciudadanos de todos sus males,  devolviendo al país la prosperidad que disfrutaba antes de la epidemia provocada por unos gobernantes ineptos.

Pocos se detuvieron a analizar qué podía haber de verdad o mentira en el tableteo de esa propaganda. Ni siquiera recordaron que unos años atrás, estando en el poder,  los mismos habían mentido en tantas ocasiones y tan descaradamente que la mayoría de los ciudadanos les había enviado a la oposición.  La lucha desesperada por aferrarse a la vida de siempre, por no perder el techo, por ganar, al menos, para el pan cotidiano, impidió reflexionar a la mayoría. En noviembre de 2011, una población demasiado cansada para pensar se tragó todas las diatribas y promesas del partido de la oposición y le entregó un poder absoluto sobre sus vidas y haciendas.

Con el nuevo gobierno aumentó el paro, disminuyeron los sueldos y se recortaron o se retiraron totalmente los subsidios y servicios que paliaban las carencias de los ciudadanos. La epidemia de pobreza se recrudeció.

Como en todas las pestes que han golpeado al mundo desde siempre, los autoproclamados representantes de Dios aprovecharon el miedo de la población para  presentar a la epidemia como un castigo y destacar los pecados que habían atraído la ira divina. Sacerdotes y obispos  tronaron contra la homosexualidad y el aborto. La Iglesia utilizó su influencia para que el nuevo gobierno impusiera el estudio de la religión en las escuelas públicas y recortara miles de millones en el presupuesto para educación mientras favorecía a los colegios religiosos.

Tanta barbaridad provoca reacciones de protesta. Una minoría que no se resigna a las arbitrariedades del gobierno se manifiesta en las calles para defender sus derechos y detener la deriva hacia un régimen totalitario, pero es una minoría y su voz apenas se escucha. El resto de los ciudadanos se aísla cada vez más de los acontecimientos que afectan al país, de los políticos, de la política. Tantos años de lucha por la supervivencia y de miedo a correr la suerte de los que han caído víctimas de la epidemia les ha sumido en la apatía. El que aún tiene algo que defender se aferra a lo suyo ignorando al vecino.

Entonces, cuando parece que ya a nadie le importa lo que pase, cuando ni las mentiras más burdas ni las medidas más injustas del gobierno consiguen soliviantar a nadie, dos religiosos mueren en Madrid víctimas de una enfermedad altamente infecciosa y de difícil curación, y una enfermera se contagia y se debate entre la vida y la muerte ante los ojos horrorizados de toda la población.

El horror saca a la mayoría de su silencio. Los ciudadanos exigen información. Por la que se les da y por la que se les oculta, de pronto se dan cuenta del grado de ineptitud de los que les gobiernan, del cinismo con que mienten para encubrir sus errores, de su falta de humanidad. La mayoría, por fin, aparta los ojos de su ombligo para fijarlos en la habitación de un hospital donde una enfermera se debate entre la vida y la muerte, víctima de un virus asesino y de un gobierno irresponsable que da más importancia a las portadas de los periódicos que  a la vida humana.

Al principio, los medios más profesionales y fiables dan las noticias con sordina llamando a la tranquilidad. Pero en las redes sociales cientos de miles de voces comparten la información que les llega por otros canales, desenmascaran al gobierno, vuelcan su indignación contra ineptos y corruptos y exigen responsabilidades y compensaciones. La mayoría ya no está dispuesta a hacer la vista gorda y a callar. Tampoco los periodistas. Los medios que por miedo a las represalias disculpaban, justificaban, suavizaban, ahora parecen haberse puesto del lado de la verdad sin paliativos siguiendo el honroso ejemplo de los ciudadanos anónimos que luchan desde sus ordenadores por los derechos y las libertades de todos.

Termina la peste en Orán tan misteriosamente como había empezado. Ya nada será igual porque la amenaza de la muerte los ha cambiado a todos. Reflexionando  sobre las actitudes en aquellos momentos terribles, el narrador de la historia llega a la conclusión de que el ser humano tiene mucho más de admirable que de despreciable.

¿Qué diremos de los españoles cuando la epidemia haya terminado de verdad? Tal vez podrá decirse que la auténtica recuperación de la dignidad nacional empezó el día en que cientos de miles de ciudadanos se olvidaron de sus asuntos por un momento para defender la vida de un perro condenado a morir por la ineptitud imbécil. Excalibur, se llamaba la mascota de Teresa Romero. Excalibur, se llamaba la espada del legendario rey Arturo, símbolo, curiosamente, de la responsabilidad del poder. Tal vez ese perro, ese símbolo, será el principio del fin de los irresponsables que decretaron su muerte y pusieron a su ama en peligro mortal.

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