Un mundo nuevo

Quien no oiga, lea, vea o hable del futbolista que muerde, no vive en este mundo, parece. Aunque un poco apartadilla, yo sí vivo aquí. El castigo que le han impuesto al hombre por morder a un colega ha causado un cataclismo mundial. ¿Es excesivo? ¿No es excesivo? En una emisora de radio hasta regalaban algo por opinar. Opino, pues, pero no sobre el uso que el futbolista da a sus dientes ni sobre la proporción del castigo.  Lo que me ha impresionado sobre el asunto ha sido la reacción, empezando por la del mordedor.

 “Yo no he mordido a nadie”, dice.  Pero, oiga, que le han filmado mordiendo; que la víctima tiene sus prominentes incisivos y caninos marcados en su carne. “Yo no he mordido a nadie”, repite. Los otros, empezando por el presidente de la república del futbolista y acabando por la mismísima víctima han reaccionado al unísono: “La sanción es  excesiva”, sentencian. Bueno, pero ¿qué le parece la actitud del futbolista?  “La sanción es excesiva”, insisten. Pero, vamos a ver, ¿está mal o no está mal que un chico vaya mordiendo a sus contrincantes cada vez que se le cruzan los cables? “Se hacen cosas peores. La sanción es excesiva”, cortan. Tan excesiva que el presidente del país del castigado considera que es una agresión contra todo el país y, en especial, contra todos los niños del país.

Para quedarse con la boca abierta pensando si es para morirse de pena o para morirse de miedo.

Resulta que si usted pertenece a la casta de los privilegiados, no importa si comete una falta o un delito, por grave que sea. Diga que no lo hizo aunque tenga el cuchillo en la mano chorreando sangre y  el instante del crimen se haya grabado en vídeo y el vídeo se haya convertido en viral con millones de descargas en YouTube. Da lo mismo. Todos sus pares van a exculparle con una razón que no se puede discutir. “Él dice que no lo hizo, luego no lo hizo”. Rajoy, por ejemplo, ante el Parlamento: “Ni mi partido ni yo hemos cometido ninguna irregularidad”. Lo que quiere decir que no la cometieron, ¿lógico, no?

Si no tiene la cara tan dura como para pronunciar una negación rotunda de la realidad probada, le queda, en su defensa, otro argumento igualmente incontestable: “Se han hecho cosas peores”.  Claro, desde los comienzos de la humanidad. ¿Quién se lo va a poner en duda?

Y si esta no colara porque se encuentra usted con un juez intransigente que no entiende razones, no se preocupe. Déjele que le juzgue. En cuanto salga la sentencia, sus pares pondrán el grito en el cielo: “Es excesiva”.  Y gritarán y machacarán tanto con su grito que al cabo de unos días todos estarán juzgando al juez que le juzgó y ya nadie se acordará del motivo por el usted fue condenado. Lo más probable es que la reacción  espante a los jueces que considerarán su recurso, y que sentencien a su favor para no ser condenados por excesivos.  Pero si no fuera así; si, considerando el peor de los escenarios posibles, le deniegan el recurso, siempre le queda el indulto, y como el indulto depende de sus pares, puede estar seguro de que le indultarán. Garantizando la impunidad de uno, se garantiza la impunidad de todos. O lo que es lo mismo: ”No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, y viceversa. 

Es la nueva lógica para explicar una nueva ética. Estamos saliendo del túnel para entrar a un mundo nuevo que exige una nueva moral. Aunque,  como dijo hace muchos siglos el Cohelet en el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol. Ese mundo nuevo, con sus nuevas normas y sus nuevas costumbres no es más que el retorno a un mundo seguro en el que todos vivíamos en paz con unas cuantas  reglas: “Zapatero a sus zapatos”; “No estires más el brazo que la manga”; “Vive y dejar vivir”; “A buen hambre no hay pan duro”; “Ande yo caliente, ríase la gente”; “Sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”.

El nuevo orden garantiza la felicidad de todos. En silencio, dedicándose cada cual a lo suyo sin incordiar a los demás y sin incordiarse a sí mismo deseando lo que no le corresponde, todos viviremos felices y contentos en un país auténticamente democrático en el que cada cuatro años podremos votar sin calentarnos la cabeza con programas, diciendo a los políticos que elegimos para que nos gobiernen: “Dame pan y llámame tonto”.

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