El milagro del coche regio

El milagro del coche regio.

Leí La señora Dalloway por primera vez hace muchos años, cuando cierto tipo de tragedias aún no habían penetrado hasta el fondo de mi alma joven iluminando capas más profundas de mi entendimiento. Me quedé en la superficie. La superficie era una calle del centro de Londres llena de tiendas, de gente. De pronto aparece un automóvil majestuoso. Virginia Woolf le da tanta importancia a ese coche que llena páginas describiendo  el estremecimiento que causa su presencia imponente. “…Los transeúntes que se habían detenido a mirar tuvieron el tiempo justo de ver una cara de suma importancia contra el fondo de la tapicería gris…” No saben de quién es la cara, pero, por la prestancia del automóvil, tiene que ser la Reina o el Primer Ministro. La admiración les fascina, les absorbe los sentidos y las emociones. “…El ala del misterio había pasado por ellos; habían oído la voz de la autoridad; el espíritu de la religión había salido al exterior…”

   Mañana pasará por Madrid el coche regio. No hay misterio. Todos saben que en el interior del vehículo blindado irán el Rey y la Reina consorte. Pero la fascinación será la misma que capturó las almas y los cuerpos de aquellos londinenses de principios del siglo XX. Hoy, a esta hora, miles de madrileños y forasteros ya presienten la emoción que la vida les regalará mañana, el éxtasis de unos segundos por el que habrá valido la pena todo el cansancio, todos los sudores previos. El espíritu de la religión pasará como un soplo por sus vidas, y sus almas exclamarán, en un rapto becqueriano: “Hoy le he visto, le he visto y me ha mirado. Hoy creo en Dios.”

   Tras el clímax,  repuestos los pulmones del jadeo, volverán los cuerpos a caminar las calles con la ligereza y la cara boba que deja la satisfacción. Los ojos intercambiarán miradas cómplices con los más próximos: “Sí, yo también”. Y empezarán a hincharse de orgullo y vanidad a medida que se alejan del lugar sagrado y se encuentran con otros ojos que, evidentemente, no le han visto: “Sí, yo sí”. Y percibirán el respeto con que les miran porque están seguros de que sus caras reflejan el esplendor de la importancia de la cara de suma importancia que acaban de ver.

   Mañana, tras mesas bien servidas con lo mejor de mar, campo  y montaña para resarcirse de la tacañería de la recepción real, el Gobernante y el Obispo engullirán a gusto con sonrisas de orgullo y satisfacción. Han cumplido con su deber, y han cumplido bien. Saben, saben mucho sobre la psicología de la plebe.

Una vez más, el espectáculo del coche regio escoltado por vistosos guardias a caballo ha barrido penas  y reivindicaciones, como hace casi un siglo en el Londres de Virginia Wolf, y  un siglo pico en la boda de Alfonso XIII y en el Madrid hambriento del siglo XVI y en la Roma de los emperadores y quién sabe cuántos siglos atrás. Las almas sencillas han atisbado la soberbia indiferencia de la grandeza y han intuido, por contraste, la insignificancia de sus preocupaciones plebeyas. Han vuelto a reconocer el espíritu de la religión y la voz de la autoridad. Cierto que el efecto será fugaz. Esos pobres materialistas volverán a sus asuntos vulgares en cuanto salga el sol de un nuevo día con sus afanes. Pero cosas habrá para volverlos  a distraer. El fútbol, por ejemplo. Con un poco de suerte, dará para bastantes días.

Como en la Roma de Juvenal, el Gobernante y el Obispo concebirán espectáculos para distraer la mente de los miserables y les darán pan para que no se alteren sus cuerpos. Y los miserables lo agradecerán.

  

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