Creo en Dios

Leemos con horror noticias sobre la condena a muerte de una mujer que decidió cambiar de religión, de homosexuales por el hecho de serlo, de masacres de cristianos perpetradas por musulmanes y de musulmanes perpetradas por cristianos. Y dicen los asesinos que estos actos salvajes los realizan en nombre de Dios. 

Creo en Dios. Es un derecho al que no quiero renunciar. Acepto el derecho de otros a no creer en Dios.

Entiendo a Dios como un ser perfecto al que debo la vida y la inmortalidad de mi alma.

Como ser perfecto, es inconcebible que Dios nombre o sancione intermediarios que interpreten su pensamiento e intenten imponérselo a la gente.

Es inconcebible que, a través de intermediarios, Dios imponga la desigualdad entre hombres y mujeres.

Es inconcebible que Dios imponga castigos a quienes contradicen las normas impuestas por intermediarios, desde oraciones para lograr la absolución de los pecados, hasta penas inhumanas que incluyen la muerte del transgresor.

Es inconcebible todo esto porque repugna al concepto de perfección que necesariamente debe atribuirse a un ser supremo.

Un dios al que se le atribuyen prejuicios, temores, rencor, revanchismo, injusticias, inmisericordia, odio al contrario; al que se le atribuyen, en fin, pensamientos, sentimientos y actos contrarios a los que la ética atribuye a la bondad, no puede ser otra cosa que la creación de mentes malignas. 

Creo en Dios, el que nos creó a su imagen y semejanza.

Creo en Dios, no en uno de los dioses creados por los hombres.

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