No hay vuelta de hoja

 

Todavía colea el Debate del Estado de los políticos. ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? En eso están. Nosotros, habitantes del nivel inferior del país, nos preguntamos, ¿a quién le importa? A nosotros, no, desde luego. Los del nivel superior tienen el ego tan inflado de poder que no entienden que a los demás nos importan infinitamente menos que nuestras familias y nuestros amigos; que tal como van las cosas, los políticos ya no nos importan en absoluto.

O sí lo entienden, y les parece bien.  Nada mejor para ellos que nuestra indiferencia. El mejor regalo que les podemos hacer es dejarles jugar en paz, sin distraerles, sin incordiarles, sin exigirles que nos expliquen de qué va, sin cuestionarles las reglas.

El gobierno ha decidido que el país circule con la marcha atrás. Los del nivel inferior estamos aprendiendo a vivir como nuestros abuelos para que los del nivel superior puedan volver a vivir como los suyos. Se ha demostrado que una sociedad donde todos viven revueltos, exigiendo los mismos derechos, ambicionando las mismas cosas, no funciona.

La igualdad de derechos y de oportunidades exige que los ricos ganen menos. Eso supone una depauperación de los habitantes del nivel superior, algo profundamente injusto ya que son ellos los que tienen los recursos, las conexiones, los conocimientos  necesarios para sostener la economía; injusto y peligroso. Sin ellos, los de abajo no tendríamos ni con qué comer. Claro que los de abajo hacemos falta, pero hacemos falta abajo, poniendo la mano de obra, el cerebro de obra, produciendo la obra en la que todos podamos vivir a cobijo de los temporales, cada cual en el nivel en el que le ha tocado en suerte nacer. Ese orden, necesario para la supervivencia, se consigue permitiendo que los de arriba logren más beneficios, lo cual a su vez se consigue reduciendo los salarios y las expectativas de los de abajo.

Así se explica el estado actual de la nación, sencillamente, sin tener que arrastrar a la retórica por oscuros meandros. Si los ciudadanos fuésemos adultos equilibrados, lo comprenderíamos sin dificultad evitando a los políticos el farragoso trabajo de montar discursos recurriendo a mil falacias, de perder el tiempo soltando palabras  supercalifragilísticoespialidosas para hacernos tomar la medicina sin pataleo.  Pero es que vivimos estancados en un retraso emocional que parece incurable.

No hay más que oír a los que piden la guillotina de hace más de doscientos años para cargarse a los de arriba sin pensar que la sangre acabó ahogando a medio mundo y que cuando la muerte ya amenazaba hasta al apuntador, tuvieron que volver los de arriba a poner orden. No hay más que oír las consignas de los que dicen defender a los de abajo envueltos en una determinada bandera, contra todos los que dicen defender a los de abajo envueltos en otra. No hay más que oír a los que no piden nada ni sueltan consignas de ningún color ni se asoman fuera de los límites de su parcela cotidiana porque dicen que de nada sirve protestar. No hay más que oír a los que predican que castiguemos a los de arriba con voto blanco o voto nulo o no voto, ayudándoles a hacer y deshacer y perpetuarse gracias al terrible castigo de su silencio. No hay más que oír mientras los de arriba gastan dinero a espuertas montando debates y mítines para distraernos y evitar nuestros gritos cada vez que nos ponen una inyección por nuestro propio bien.

Es cierto que hay otros que aún alientan la esperanza de lograr un país, un mundo distinto en el que todos tengan los mismos derechos y oportunidades sólo por ser humanos, y a cada cual se le recompensen los esfuerzos por conseguir su propio bienestar consiguiendo con ello el bienestar de todos. La esperanza lleva a esta gente a protestar contra las arbitrariedades de los de arriba, a denunciarlas  y a intentar impedirlas plantando cara y cuerpo en los medios, en las redes sociales, en las calles, en cualquier hueco donde puedan clamar contra la resignación. Esta gente utiliza su razón para analizar lo que conviene o no conviene a nuestra naturaleza humana y su voluntad para exigir lo que les conviene, los que nos conviene a todos si los de abajo no queremos resignarnos a sobrevivir como animales más o menos conscientes. Esta gente sí que supone un verdadero peligro para los del nivel superior. Por eso les inquietan, aunque sólo un poquito porque la verdad es que son muy pocos.

Nadie ganó el debate del estado de la nación. Pocos lo vieron, casi nadie lo escuchó. Gracias a los revolucionarios añejos, a los fanáticos de una sola idea, a los cobardes, a los indiferentes, los de arriba pudieron llevar a buen puerto el montaje con el decorado y los diálogos de siempre.  Ahora tocan los actos de campaña electoral por donde se irá dinero que a los de abajo nos haría falta para otra cosa. Pero no deberíamos quejarnos, la culpa es nuestra. Mientras nos sigamos comportando como retrasados emocionales, los de arriba nos seguirán tratando como si lo fuéramos. No hay vuelta de hoja.

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