Combate de bárbaros

El PP celebra en Barcelona una convención contra la independencia de Cataluña. La ciudad  sufría humillaciones y miserias en un silencio tenso, apretando los dientes. Y llegaron los hunos.

Los señores y señoras del Partido Popular que han venido a ocupar el Palacio de Congresos de Cataluña este fin de semana peinan cabellos lavados y teñidos con los mejores productos, llevan las uñas manicurizadas, visten de marca, pero la voluntad y los propósitos que les mueven son los de una horda de bárbaros incendiarios dispuestos a asolar lo que haga falta para llevarse un tributo en votos convertibles en oro. ¿Cómo es posible tal barbaridad en nuestro tiempo?

Cuando hace unos años empezó a escribirse la tragedia de una Cataluña amenazada con los peores males por la epidemia de la crisis, apareció un actor que, cual Braveheart cinematográfico, se arrogó el papel de héroe nacional dispuesto a salvar la patria a toda costa.  Artur Más y su comparsa impulsaron y subvencionaron la restauración de antiguos libros de historia iluminando  los oros de viejas glorias, el carmín de la sangre de sus héroes y  mártires, el morado de sus pesares y  agravios. Recorrieron los cuatro rincones del país blandiendo la bandera del orgullo nacional, agitando las glándulas contra el invasor injusto. Y en una tarde memorable, las calles de Barcelona vibraron con el grito de “independencia”.  

Fue una estrategia digna de los mayores genios de la publicidad. De ahí en adelante, ni el desempleo ni la pobreza ni la conculcación de derechos fundamentales ni la corrupción rampante en las élites conseguiría eclipsar la reivindicación del derecho a decidir si independencia sí o independencia no. El Parlament de Catalunya pudo dejar de lado fatigosas tareas legislativas para entregarse al apasionante espectáculo de batallas verbales sobre la identidad y el futuro político del país. Los medios de comunicación descubrieron un tesoro de titulares morbosos y se dedicaron a  captar audiencia contando las vicisitudes del conflicto secesionista. Los tertulianos de radio y televisión encontraron un tema que ni pintado para soltar todo su repertorio de lugares comunes y repetirlos un día tras otro sin mayor esfuerzo seguros de que, dijeran lo que dijeran, sus palabras llegarían como dardos a los corazones patriotas de un bando y del otro.

Mientras tanto, en la capital del reino, los gobernantes esbozaron sonrisas sibilinas que pronto se convirtieron en risas de alborozo. Los catalanes, mira por donde, les estaban haciendo tal regalo que parecía cosa de la Divina Providencia. Contra el monstruo del secesionismo catalán, lucharía el adalid de la unidad de España. Todo el país concentraría su atención en el épico combate entre el Braveheart de los catalanes -pronto derrotado, por cierto- y el nuevo Cid Campeador -que ganó batallas hasta después de muerto y que en espíritu, bien pudo entrar en Granada con los Reyes Católicos. De ahí en adelante, ni el desempleo ni la pobreza ni la conculcación de derechos fundamentales ni la corrupción rampante en las élites conseguiría eclipsar la defensa de la unidad de la patria.

Si alguien aún se pregunta cómo han podido los gerifaltes de aquí y de allá hipnotizar a millones de ciudadanos apartando sus ojos del desastre que está destruyendo haciendas y vidas, la respuesta puede encontrarse fácilmente en cualquier campo de fútbol. El forofo vibra de entusiasmo durante noventa minutos enajenado de la realidad exterior al estadio. Las personas inoculadas con el germen del patriotismo fanático no ven otra cosa más transcendental que el orgullo patrio. ¿Pero es esto posible mientras la vida de millones se derrumba a la vista de todos y las estructuras del país se reforman para blindar los privilegios de las élites y asegurarse de que los inferiores se queden donde están?

Es posible. Los ancianos, jóvenes y niños que salieron a la calle aquel memorable 11 de septiembre de 2012 blandiendo senyeres iban alegres, bien vestidos y con cara y pinta de haber comido bien.  Aquella tarde no se vieron harapos ni rostros deshechos por la angustia. Los desesperados por falta de trabajo, recursos, medicamentos; por la amenaza de  corte inminente o por haberles cortado ya la luz y el agua en sus casas; por la  amenaza  de desahucio o por haber sido desahuciados ya no debían tener ánimos para sentirse patriotas de ninguna parte ni fe para creer que la independencia podría aliviar o revertir sus males. Al año siguiente, cuando las senyeres dieron la vuelta a Catalunya en una emotiva cadena humana que otra vez pedía la independencia, las televisiones de todo el estado y algunas extranjeras enseñaron familias y grupos de jóvenes cantando y comiendo alegremente como si estuviesen en una  romería. Era la Cataluña de adultos con nómina, de jóvenes con nómina o de jóvenes hijos de padres con nómina. Era eso que en España se llama, con la frase feliz de Nixon,  la mayoría silenciosa; mayoría, en realidad, indiferente a todo cuanto no tenga que ver con su casa; mayoría que pudiendo aún comprar lo que se anuncia, ir al cine, ir al fútbol, ¿para qué va a protestar?

Los estrategas calcularon bien al contar con que la mayoría satisfecha de un bando y del otro admiraría el valor de sus gobernantes y hasta les agradecería la distracción. Tantas desgracias en los medios acaban cansando, tantas manifestaciones en la calle son un engorro para el que se tiene que desplazar.

Parece, sin embargo, que los catalanes no calcularon hasta dónde llegaría el asunto. ¿Creyeron tal vez que en Cataluña el ardor patriótico se apagaría  en cuanto la negativa rotunda de España a permitirlo hiciera al  referéndum  ilegal y, por lo tanto, imposible? -Lo sentimos, chicos, no es culpa nuestra. Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero los españoles no nos han dejado y no hay nada que hacer-. ¿Y si ese fervor se convierte en el odio enconado que destruye toda posibilidad de convivencia pacífica? Pues a lo mejor no iría tan mal. La división interna podría achacarse a la intransigencia de los gobernantes españoles y el tema se podría seguir aprovechando de elecciones en elecciones como se ha hecho hasta ahora.

Los defensores de la unidad de España hoy están en Cataluña para exhibir sus armas. Esperan que sus argumentos penetren en las mentes de aquellos que no quieren la secesión, y saben sin duda que  sus bravuconadas inspirarán a la minoría que detesta  la lengua y a quienes la hablan en el país en el que les ha tocado vivir. ¿Y si sus diatribas y arengas atizan la discordia y dividen la sociedad catalana en dos bandos beligerantes? Bien pensado, la división no les iría nada mal. Si los habitantes de Cataluña se enzarzan como perros furiosos, dejarán de incordiar a España, y si la cosa se pusiera  muy fea, proporcionaría  una excusa indiscutible para suspender una autonomía que a fin de cuenta no ha causado más que problemas.

Uno se pregunta si es posible tanta insensatez en adultos mentalmente sanos o, suponiendo que actúen a sabiendas, si es posible tanta inmoralidad. Tras siglos de guerras civiles, cuando parecía que tanta muerte, tanta miseria, tanto sufrimiento habían despertado las conciencias haciéndonos comprender que la vida humana  sólo puede existir y desarrollarse en la paz, ¿cómo pueden los gobernantes actuales de un país civilizado inducir a la división fratricida de los ciudadanos como medio para perpetuarse en el poder? ¿O será que no ven el asunto como tan serio ni las consecuencias como tan trágicas?

Objetivamente, la división  entre dos bandos  nacionalistas obedece a las mismas secreciones glandulares que enloquecen transitoriamente a los forofos de dos equipos  rivales de fútbol. El asunto se puede controlar con leyes que permitan más represión policial. Unas cuantas detenciones y multas servirán de escarmiento, y las bajas no pasarán de unos cuantos heridos leves. En cualquier caso, se trata de un efecto colateral desagradable que vale la pena asumir considerando los beneficios. Mientras los discursos incendiarios y la policía mantienen al pueblo entretenido, los gobernantes pueden seguir ocupándose de la tarea transcendental que los nuevos tiempos imponen; la profunda, clara, permanente división de la sociedad en dos grupos diferenciados, los ricos y los pobres, es decir, los que mandan y los que aceptan dócilmente  su cometido dejándose mandar.

Aún queda mucho por hacer para que resurja el orden social de siempre después de tantos años de experimentos igualitarios, pero los gobernantes no tienen duda de su victoria final. Para ello cuentan con el silencio de la mayoría ante la corrupción rampante en las élites; la mayoría indiferente al desempleo, a la pobreza, a la conculcación de los derechos fundamentales de los demás.

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Un comentario sobre “Combate de bárbaros

  1. Bueno María. Después de leer una decena de entradas, (algunas varias veces seguidas), y no comentar ninguna, por varias razones como son: La avidez de seguir leyendo, el admitir que poco o nada se podría comentar que no fuese redundar en lo que ya habías escrito, no encontrar nada en que discrepar, (que es lo que me gusta) y en el temor de que mi escritura, quede tan lejana, literariamente hablando, de la tuya, que me parece una profanación; voy a tratar de echarle valor y enfrentarme al toro, aunque no me quede ni el recurso de decir: “en peores plazas hemos lidiado”, Perdón por el símil taurino, siendo como soy, un anti.

    Creo que he elegido esta entrada entre todas las leídas, porque va el tema de nacionalismos y aquí quiero, aunque tu interés sea cero, manifestar mi posición al respecto.

    Tengo muchas carencias y defectos, pero hay una que es como si hubiese nacido con alguna parte del cuerpo menos, (además del riñón que la naturaleza, tubo a mal de privarme), y es la ausencia absoluta de ningún sentimiento nacionalista. No hablo ya de un nacionalismo valenciano, donde vivo 44 años o manchego donde nací y viví los 15 primeros. Es la total falta de nacionalismo español y hasta europeo.

    No reconozco más que una nación; el mundo. Soy alérgico a todo tipo de fronteras, no siento más afecto a ninguna bandera que a cualquier trapo de quitar el polvo, y los escudos y demás insignias, ídem de lo mismo.

    Y todo este rollo, para decir que no puedo comprender esa necesidad por crear nuevas fronteras. Que cada frontera me parece un muro para separarnos. Que los muros son barreras antinatura, para los humanos. Que pienso (quizás equivocadamente) que cada muro, es la mayor demostración del egoísmo que padecemos todos. Que es no querer que participes de lo mío, ni querer participar en lo tuyo.
    Y podría seguir añadiendo otros muchos muros que detesto, que son aun peores: los que nos separan por razas, religiones, escalas sociales, económicas, orientaciones sexuales, guapos, feos, gordos flacos, viejos, jóvenes…

    Todo este exceso, solo para decir que no encuentro desacuerdo alguno con tu entrada. Que podría escribir lo mismo que tú, sin la calidad literaria y textual.

    Gracias María. Sigo contigo pero ya pasivamente.

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