Los cobardes mueren muchas veces

Acabando de empezar el año, toca el rito de hacer  inventario y  lista de buenos propósitos. Como tocará dentro de unos días olvidar todos los ritos que hemos cumplido durante estas fiestas, para entregarnos a cumplir los ritos que nos exigirán las temporadas por venir.

Parecería que estamos destinados a girar en un círculo de costumbres que se van repitiendo hasta que se acaba la cuerda; como si nuestra cabeza estuviese condenada a dar vueltas, junto a millones de cabezas, dentro de una lavadora descomunal. ¡Qué misterio! Dueños, como somos, de la razón, una facultad capaz de analizar y comprender el mundo exterior y nuestro propio mundo íntimo; de la voluntad, una facultad capaz de transformar todos los ámbitos; de la imaginación, una facultad omnipotente, capaz de crear dioses y demonios, ¿cómo es posible que la mayoría renuncie a ellas y se deje esclavizar por convenciones y costumbres?

La respuesta salta sin dificultad: por pereza y por miedo. Reflexionar cuesta, cuesta tanto que en cuanto lo intentamos, la mente se apresura a ofrecernos todo tipo de distracciones para aliviarnos el esfuerzo. Decidir cuesta todavía más. Dentro del círculo, nos movemos empujados por millones que se mueven en la misma dirección. Fuera, nos enfrentamos a la soledad y solos tenemos que decidir hacia dónde dirigimos cada paso. El miedo a intentarlo puede hacerse insuperable.

Ante tan pavorosa perspectiva, nuestra propia razón se pregunta ¿qué necesidad tenemos de someternos a tales torturas? ¿No somos relativamente felices haciendo lo mismo que hicieron nuestros padres, nuestros abuelos? ¿No nos encontramos seguros y cómodos formando parte de la sólida estructura de la sociedad normal?  Si las respuestas son afirmativas en los dos últimos casos, parece imposible encontrar argumentos de más peso para alterar el rumbo de nuestras vidas. Nadie -ni siquiera nosotros mismos-  puede reprocharnos que optemos por el modo más fácil y seguro de existir. Gracias a la sensata decisión de dejarnos llevar por la corriente, el río fluye pasando por encima de las piedras, rodeando algún obstáculo mayor, respetando con docilidad los límites de su cauce. No cabe duda, integrarse dócilmente al círculo en el que gira la mayoría garantiza que la mayoría pueda vivir en paz.

¿Pero qué pasa cuando se desata una tormenta de esas que hacen historia? ¿Cuando las aguas se arremolinan y saltan y desbordan los márgenes corriendo enloquecidas hacia el abismo? ¿Qué pasa cuando el círculo se rompe y ya no sabemos si estamos dentro o fuera ni a qué cabeza seguir?

Puede pasar que nos abandonemos al torrente, y al amainar nos encontremos entre escombros esperando que nos acepten, al menos,  como una pieza de la reconstrucción. O puede pasar que el miedo a que el torrente nos arrastre sea más fuerte que todos nuestros miedos atávicos y nos impulse a huir del derrumbe braceando y pataleando hasta llegar al primer montículo sobre el que poner nuestros pies.  

Allí, solos, sin mapas ni brújula que nos orienten, descubriremos de pronto que ritos, costumbres, hábitos no son más que imposiciones de aquellos que habiendo vivido siempre como esclavos, nos enseñaron de niños a aceptar la esclavitud como garante de nuestra seguridad. Y se nos revelará la libertad con su infinita potencia. Y sentiremos el vértigo de tener nuestra existencia en nuestras propias manos. Si en ese momento supremo logramos vencer el pánico y la pereza,  empezaremos a utilizar nuestras facultades para construirnos el mundo en el que queremos vivir. Un mundo que pronto llenaremos de nuevos hábitos y ritos que sólo se diferenciarán de los viejos en que éstos serán de nuestra propia elección. Un mundo en el que podremos reconocer la grandeza creadora de nuestra dignidad humana.

 

Tal vez valdría la pena no esperar a que la tormenta nos sacuda y nos deje a la intemperie para entregarnos a la aventura de descubrir lo que somos, lo que queremos, y lo que podemos hacer. Tal vez valdría la pena intentarlo ahora mismo.

 

“Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte;

El valiente nunca gusta su muerte más de una vez.” “Julio César. Acto II. Segunda escena.” William Shakespeare

 

 

 

 

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