El valor de nuestra vida

Domingo. No hay bancos, no hay tribunales, no hay apremios. Hay dos opciones: aparcar nuestros problemas durmiendo, viendo televisión, intentando distraernos o procurando reflexionar, con la calma que nos ofrece el día, sobre nuestros problemas y el modo de enfrentarnos a ellos. Si optamos por esta segunda alternativa, conviene decidir por donde vamos a llevar nuestras reflexiones para evitar que las detenga un remolino de pensamientos inútiles.

El espacio en el que se mueven nuestros problemas personales es limitado, mínimo, asfixiante. Podemos pasar años encerrados en el cubículo de nuestras vidas dando vueltas y vueltas hasta marearnos sin encontrar salida, mientras el tiempo pasa llevándose nuestras opciones. ¿Pero podemos salir de esa celda oscura?

Salimos en cuanto nos damos cuenta de que somos sólo nosotros mismos los que nos condenamos a ese encierro y de que la llave para abrirnos la puerta hacia la libertad está en nuestras manos. Es tan sencillo como querer abrir esa puerta y asomarse a la calle.

Hoy por hoy, asomarse a la calle puede tener un efecto inmediato y rotundo, casi milagroso. Veremos una escena terrible. Veremos millones de personas  que están sufriendo los mismos problemas que nosotros. Y tendremos que elegir entre dos posibilidades: volver a encerrarnos porque el panorama es deprimente y bastante tenemos con nuestros problemas  o  salir para que nuestros problemas se ventilen, se aligeren, se diluyan en un espacio enorme que nos permite tomar distancia.

Puede que entonces nos demos cuenta de que no es lo mismo arrastrase de un día al otro  para buscar el medio de sobrevivir, como cualquier animal, que luchar hombro con hombro con otros seres humanos que luchan para defender los derechos de todos.

No es lo mismo y la diferencia es infinita. Es la diferencia que existe entre que uno se perciba como un cobarde, derrotado, sin otra esperanza que ir tirando como pueda hasta que el tiempo se acabe o sentirse valiente, necesario, útil, capaz de  transformar aquello que amenaza nuestra dignidad.

No es lo mismo, por ejemplo, ir a buscar una bolsa a la organización que reparte alimentos y volver a casa abatidos por la vergüenza, que dedicar nuestro tiempo libre a llenar y repartir esas bolsas que otros necesitan. Al final de la jornada nos llevaremos a casa esa bolsa que necesitamos nosotros, pero con un orgullo que nace del respeto a nosotros mismos que nos hemos merecido. No es lo mismo pasar por la vergüenza de dar un sablazo a un amigo o a un pariente para comprar un medicamento, que  salir a la calle con la dignidad de una persona a exigir, con otros, el derecho a una sanidad pública y universal.   No es lo mismo esperar en casa el desahucio, deshecho por la desesperación o llorar por la casa perdida,  que unir tu ira y tu dolor a los de  aquellos que han pasado o están pasando por lo mismo y acudir con ellos a defender el derecho de todos a una vivienda digna.

Son sólo ejemplos y, a lo mejor, ninguno nos alude. Porque a lo mejor tenemos trabajo, ingresos suficientes y esas tragedias apenas nos rozan provocándonos un poco de compasión y moviéndonos a contribuir con un billete para que no nos moleste nuestra conciencia. Tal vez nuestros problemas son de otra índole: un jefe o un compañero que nos incordia, un amor no correspondido, tantas cosas. La solución es la misma. Por egoísmo, por puro egoísmo, abrir la puerta a la calle, salir a la calle a ver otros ojos, a escuchar otras voces que nos permitan darnos cuenta del valor que tiene nuestra vida.

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