Devuélvannos a España

Soy hija de una niña de la guerra, una guerra que me tocó vivir casi todo los años que vivió mi madre hasta que el Alzheimer quiso borrársela de la memoria. Me repugna la modestia, por lo que  no me quito méritos cuando creo que los merezco, pero también detesto la injusticia y la jactancia. Por eso pienso y digo siempre que si hubiera tenido que pasar la guerra que pasó mi madre a los once años, dudo que hubiera tenido el valor, la energía, el coraje con que ella se enfrentó a toda la vida que le tocó vivir después.  Mi padre era mayor que ella. Luchó en la guerra como creyó que tenía que luchar, pero no hablaba tanto de aquel horror. Creía, y quiso siempre que yo creyera, que en la vida no hay que mirar atrás. Estoy de acuerdo, pero sólo hasta cierto punto.  La memoria es lo único que puede librarnos de cometer errores viejos.   

Soy hija de artistas. Mientras en España se combatía el hambre con el ingenio, y el obrero y el funcionario y el oficinista, es decir,  los pobres,   se tragaban la rabia para servir a señores y señoras y  señoritas y señoritos por sueldos de miseria, mis padres triunfaban en teatros de América mientras yo esperaba  las vacaciones en internados selectos.  Las vacaciones eran para mí la alegría de volver a estar con mis padres, pero además una aventura porque nunca sabía, hasta pocos días antes, en qué país los iba a encontrar.

Un día me tocó aterrizar en Puerto Rico. Mi padre se había casado con otra señora  y me esperaba el verano siguiente en España.  Mi madre se había casado con otro señor y había decidido establecerse en esa isla. Y se estableció.  En Puerto Rico vivió cuarenta y seis años y a Puerto Rico tuve que volver varias veces para estar con ella cuando tocaba hasta que la circunstancias me hicieron vivir allí durante seis años consecutivos.  

¿Por qué cuento esto? Cuando volví para quedarme un tiempo,  Puerto Rico vivía su propia versión boricua del mayo del 68. Los jóvenes pedían libertad a gritos y por todas partes.  Todos -yo tenía veintidós años- queríamos ser libres, libres de todo aquello que cada cual sentía que le ataba a palos viejos, que le encerraba en corrales, que no le dejaba ser como la vida le pedía que fuera. Todos exigíamos libertad, pero como en todas partes,  los que más nos emocionaban y nos arrastraban gritando esa palabra sacrosanta eran los cantantes, aquí llamados cantautores.

Y España,  ¿qué era entonces? Cuando llegaba para pasar los veranos con mi padre, me sentía como si aterrizara en una película italiana de los años cincuenta. En  Barcelona viví las sensaciones y sentimientos que Carmen Laforet narró magistralmente en su Nada. Nada más que decir. El pueblo de mi padre, donde pasábamos un mes, era otra cosa. Aquí me sentía como lo que era, una forastera exótica que no se miraba con animadversión porque tenía sangre pallaresa. Algo, sin embargo, me impresionaba. Mientras paseaba por la calleveía pasar niños arrastrando carros cargados de cajas, y  cuando entraba a una tienda o a un café, había niños despachando, sirviendo.

Todos sabemos lo que vino después, unos porque lo vivimos; otros, porque lo oyeron de sus padres.  Estalló la libertad, la  democracia de ir a votar. Y siguieron los convenios laborales,  la justicia social, el estado de bienestar. Y España se empezó llenar de gente guapa  porque las tarjetas de crédito nos volvieron guapos a todos.  

Y todos sabemos lo que ha pasado después.

¿Qué por qué cuento esto? Porque buscando otra cosa, me encontré hace un rato con una de aquellas canciones que escuché en el Puerto Rico de los 70  cantada por Danny Rivera, uno de aquellos chicos que cantaban contra la injusticia, contra la explotación; que pedían libertad, no para votar cada cuatro años,  sino para vivir como seres humanos plenamente dueños de su vida y conscientemente solidarios porque en la libertad de los demás va la de cada cual. Y escuchándola después de tantos años sentí  con estupor y con un dolor profundo, que esta canción podríamos cantársela a la España de hoy.

Pues aquí está con la esperanza de que tú que me estás leyendo, la escuches y la cantes en tu alma con dolor, con rabia, pero con el propósito firme de hacer todo lo que esté en tu mano para que este país vuelva a cantar y a reír en las calles como cuando no éramos tan guapos, pero sí mucho más inteligentes; como cuando casi nadie llevaba ropa ni zapatos de marca, pero casi todos iban por la calle con el orgullo de estar luchando por la libertad y  la justicia social.  

A mi madre, Josefina de la Iglesia, heroica superviviente de los horrores franquistas. 

Tu pueblo es mi pueblo. Danny Rivera.

http://www.youtube.com/watch?v=7edqqNUyp58

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