¿Somos cómplices, delincuentes en potencia?

Es probable que los miembros del gobierno y su partido funden su tranquilidad en la convicción de que la mayoría de los ciudadanos somos delincuentes en potencia o como mínimo, amorales. De otro modo, esa tranquilidad no tiene ninguna explicación racional.

El razonamiento que probablemente les tranquiliza es muy sencillo: “Podemos mentir, soltar verdades a medias, manipular, negarnos a explicar. No hace falta ensuciarnos confesando ni buscar chivos expiatorios ni movernos un milímetro. Simplemente tenemos que aguantar hasta que la crisis empiece a remitir, hasta que empiece a verse la luz al final del túnel, hasta que la gente empiece a tocar dinero.  A la mayoría no le importa si robamos o malversamos o nos apropiamos de comisiones para adjudicar a dedo saltándonos leyes y normas. Si los infelices no roban es porque no pueden. Lo saben, y por eso  comprenden y perdonan que el que pueda, robe.”

Y este razonamiento, ¿delata una negación de la realidad,  un delirante pensamiento mágico? No necesariamente.

La mayoría dio el poder absoluto a Jesús Gil, a Carlos Fabra Carreras, a Francisco Camps y a muchos otros gobernantes de circunscripciones menores cuando la corrupción en sus respectivos gobiernos era vox populi y cuando ya habían sido imputados por algún delito. Es evidente que a estas mayorías, la ética y la moralidad les tenían sin cuidado. Siguieron votando a esos hombres porque en aquellos momentos el dinero corría y estos hombres les garantizaban que bajo su gobierno, el dinero no dejaría de correr.  Esas mayorías fueron a votar con un único criterio: “Ande yo caliente y ríase la gente”.

Supongamos que el gobierno y su partido no yerran en esta valoración moral que ve a la mayoría de los ciudadanos de este país como miserables que contemplan con ansia y envidia cómo  los cerdos se refocilan en piaras desbordantes de cosas ricas. Entonces, este país sólo podría  recuperar la dignidad si llegamos al final de la legislatura igual o más pobres que ahora. Si el dinero siguiera sin correr.

Mezquino, repugnante país si fuera cierto que para conseguir la regeneración moral y política por la que clama una minoría fuera necesario llegar a tocar fondo, a la bancarrota, a una situación en la que muy pocos pudieran andar calientes.  

Mientras tanto, la sanidad, la educación, la cultura están cada vez más lejos del alcance de los que no tienen con que  pagarlos. Pero la mayoría aún  se queda en su casa sin hacer ruido. ¿Será porque  está dispuesta a esperar creyendo en la promesa del gobierno de que el dinero volverá a correr y todos podrán lanzarse a por él sin miedo y sin escrúpulos?

Puede que  el gobierno y su partido tengan razón y la mayoría de este país no tenga ni escrúpulos ni remedio. Pero cabe también que se equivoquen. Hay algo con lo que parece que el gobierno no cuenta: la dignidad, el orgullo de los españoles. Y la solidaridad, una actitud que cada día alumbra con luz más fuerte la oscuridad de la miseria que nos rodea; una actitud que cada vez nos hace más humanos, más buenos. 

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