Un momento de gloria

Llegué a casa por el oscuro camino de cabras que se llena de baches cada vez que llueve, y esta tarde ha llovido mucho. Me precedía Filomena corriendo a esa velocidad increíble que le permiten su raza y su entusiasmo. Paré el coche en el jardín, en el lugar de siempre.  Había empezado hacía  muy poco  el nuevo programa de Juan Cruz en la cadena SER. De la radio salía la voz de Mercedes Sousa cantando el “Todo cambia”. En un instante pensé que me tocaba interrumpir la audición del programa,  entrar en casa, guardar la compra que acababa de hacer en el supermercado, prepararme la cena. Algo dentro de mí dio la señal de disgusto. Me quedé quieta, con esa  parálisis que se produce cuando el cuerpo y el alma esperan una decisión. Y entonces  surgió, también adentro, esa voz que me ha salido, o que he empezado a escuchar hace relativamente muy poco. “¿Qué te apetece?”.

A la canción de Mercedes Sousa siguió la presentación de dos economistas. Iba de economistas. Malo. Estoy, como casi todo el mundo, hasta más arriba de la coronilla de políticos y economistas.  A punto estuve de bajar del coche y sumergirme en la rutina gris del “comoestámandado”. Pero empezaron a hablar esos dos profesionales de ese oficio que hoy nos produce urticaria física y psicológica, muchas veces con razón.  Y sus voces eran voces de personas, personas tan sorprendidas, tan confusas como yo; tan agobiadas como yo por la marea negra de pobreza que nos está asfixiando; tan dispuestas como yo a reconocer cuánto se han equivocado; con la razón tan dispuesta como la mía y la de tantos a pensar y crear soluciones que nos permitan mantener la esperanza. Por lo pronto, conseguí esbozar una decisión. “Me apetece quedarme en el coche y seguir escuchando”.

La voz volvió a preguntarme: “¿Qué necesitas?” Me sorprendió lo poco que me hacía falta: una botella de vino, un sacacorchos, un vaso  y, sorpresa, una bolsa de patatas chips de las que llevan en casa más de un año, restos de uno de nuestros festivales de fin de curso, sin que nadie les haga caso.  Esperé a una pausa de la emisora, corrí a la casa, a la cocina. En unos cinco minutos volvía a estar en el coche con todo lo que necesitaba.

Filomena había llegado alborotada y alborotados la habían recibido sus dos hijos, como siempre. Ajena a mis dudas y a mi decisión, se puso a corretear y a revolcar a sus perros mientras yo escuchaba a aquellas  personas economistas sonriendo ante el espectáculo de las criaturas que  jugaban aprovechando la luz de los faros del coche.  Pronto, sin embargo, Filomena se dio cuenta de que pasaba algo poco habitual. Frenó y miró. La puerta del coche estaba abierta, pero yo estaba adentro y no parecía que tuviese intención de salir. Fue suficiente para que arrancara a correr y subiera al coche, ese lugar tan nuestro en el que desayunamos tantas veces las tres: Mrs. Pepova, Filomena y yo,  aparcadas en la puerta del Téssol, nuestro bar favorito.  Para desayunar sabe que le toca la mitad de un bocadillo de lomo o de beicon. Esta noche no sabía lo que le podía tocar, pero algo bueno esperaba. Se sentó en su sitio a comer patatas chips.

Y entonces,  de pronto, me invadió esa sensación de felicidad perfecta que consigue hacernos felices en ese instante de gloria en el que nos damos cuenta de lo felices que somos.   

 

 

Potcast del programa de Juan Cruz: http://www.cadenaser.com/sociedad/audios/porvenir-oficios-jose-carlos-soledad-nunez-13-07-2013/csrcsrpor/20130713csrcsrsoc_18/Aes/

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