La cura del asco

In memoriam José Luis Sampedro

Estamos viviendo uno de los momentos más gloriosos de la historia de las Españas; sin ironía ni duda alguna. Para constatarlo, sólo hace falta detenerse y observar.Se han desbordado todas las cloacas. De repente nos vemos sumergidos hasta el cuello en aguas fecales. Nuestros puntos de referencia, los pilares que sostenían la estructura bajo la que se cobijaba nuestra seguridad, se descomponen como miembros leprosos. La Iglesia, la Corona, el Gobierno, el conocido admirado, el amigo de toda la vida  han sido despojados del ropaje de hipocresía que hasta ahora ocultaba sus llagas. ¿Qué ha pasado? Ha pasado que el dinero, el fundamento sobre el que descansaba nuestro mundo de cartón piedra, se ha venido abajo y estamos descubriendo con horror que vivíamos, sin saberlo o sin quererlo ver, en medio de un vertedero en el que seres de apariencia humana traveseaban, como cerdos hambrientos, hundiendo los morros en todas partes para desenterrar dinero. Y finalmente empezamos a descubrir la igualdad de todos los seres humanos. No la palabra igualdad que sirve para adornar discursos. La igualdad esencial que se hace patente, sobre todo, en la muerte y en la mierda.

Hasta ahora concedíamos, de forma más o menos consciente, más o menos aceptada, la superioridad del dinero. Generación tras generación, aprendíamos por ósmosis que los billetes de banco valen más que la vida humana. Es una valoración objetiva. Sin billetes no se puede vivir.  Pero es tal la monstruosidad de dar a un papel una importancia infinitamente mayor que a una persona, que esa realidad ha provocado siempre el rechazo de la razón. Lo importante es lo que somos, no lo que tenemos, nos han dicho en miles de sentencias. Mientras la realidad nos ha demostrado desde siempre que el que no tiene, no puede ser. Como no son los millares de seres humanos que mueren de hambre a diario demasiado lejos de nuestra familia, de nuestro país, de nuestra etnia. Tan lejos que no pueden movernos a una compasión profunda ni provocarnos una reacción de solidaridad auténticamente comprometida con su suerte. Mas próximos nos resultan los “mercados” que destruyen toneladas de alimentos para mantener los precios. Esos sí son. Sostienen la economía, dan trabajo. ¿Qué importa el cómo si garantizan que podemos seguir viviendo bien? Podíamos, hasta ahora.

Ahora esa garantía se ha volatilizado. Nos hemos quedado sin  aquello que nos daba derecho a ser. Ya no somos ni le importamos a nadie ni podemos huir de la miseria porque ya no tenemos ni a donde ir. Ahora nos toca convivir con la degradación y la inmundicia. La degradación y la inmundicia con la que siempre habíamos convivido contribuyendo a camuflarla con nuestro consentimiento o nuestra indiferencia. Ahora ya no la podemos ignorar porque la miasma se nos ha adherido a los huesos.  Ahora nos invade el asco.

Pero el asco, reacción del cuerpo y del alma ante la nefanda indecencia en la que nosotros mismos tomábamos parte, no se está quedando en una náusea inútil. Está alertando las defensas de nuestro organismo para disponernos a luchar contra la enfermedad. Por lo pronto, nos ha revuelto las vísceras y la conciencia. Y la conciencia se ha decidido finalmente a exhumar la ética de la tumba de papel donde la habíamos enterrado y a resucitarla en nuestro pensamiento para que vuelva a decirnos como conviene comportarse a un ser humano.

Estamos asistiendo a una gloriosa batalla entre las fuerzas del Bien y del Mal. De pronto la vida se ha vuelto radical, en blanco y negro, como cuando éramos niños y los buenos eran buenos, y los malos, malos. La interminable gama de grises que sumía a los adultos en el juicio relativista y en el conformismo se ha disuelto en las aguas negras que amenazan ahogarnos. Los malos son los que nos han mentido y estafado y robado el dinero y las ilusiones, pretendiendo, encima, hacernos cargar con sus culpas. Los buenos son los que sufren y los que se lanzan a defender a los que sufren sabiendo que en ello les va la vida; la suya y la de todos. Los buenos son los que, perdido el miedo, ahora se atreven a gritar exigiendo el derecho a ser, tanto del que tiene mucho, como del que no tiene nada. Y cada vez son más los que, como cuando eran niños, quieren luchar en el bando de los buenos.

La Iglesia tiembla, el Rey está desnudo, el Gobierno ha enmudecido de terror. El infeliz que debía mantenerles con su trabajo anónimo y mudo se ha lanzado a la calle y atruena con sus gritos. Claro que somos iguales, y porque somos iguales todos tenemos el mismo derecho a vivir como seres humanos y a defender ese derecho por encima de cualquier otra consideración.

Dicen que pasarán muchos años antes de que el dinero vuelva a reinar. Para entonces, reconciliados con nosotros mismos, ya habremos aprendido  a considerarlo  como la cosa que es y a utilizarlo como realmente nos convenga. Porque para entonces, el sufrimiento y la lucha que nos iguala nos habrá ayudado a comprender el  valor de ser y comportarnos como personas.

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6 comentarios sobre “La cura del asco

  1. Analogía de una realidad, sufrida, padecida por la sociedad civil en todas partes del mundo. Comparto la forma y contenido de esta expresión a la luz de lo cual se hace indispensable reflexionar sobre la necesidad que hoy más que nunca existe que la sociedad civil se organice y defienda el derecho a la vida digna que todos tenemos.

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