Fin de la alarma.

Se ha disipado el humo de la última erupción volcánica. El rey ha pedido perdón.  Perdón, ha dicho que lo siente y le creo. Debe sentir profundamente que el viaje se le estropeara y que, encima, sus súbditos nos atreviéramos a pedirle cuentas. Ha dicho que no lo volverá a hacer más. También le creo. Vistas las consecuencias y la edad, a la mayoría tampoco nos quedarían ganas.

Sea como sea, todos los políticos con acceso a micrófono se han apresurado a concederle el perdón que no ha pedido, y el coro de periodistas y tertulianos ha hecho lo propio con excepción de algunas voces, unas honrosas y otras simplemente disonantes. En el primer grupo, los que han aprovechado la oportunidad para recordarnos que la democracia exige un jefe de estado elegido por el pueblo, y que el pueblo merece, como mínimo, poder decir en referéndum  si quiere monarquía o república. En el segundo,  los maleducados de todo pelaje que acostumbran desahogar sus carencias profiriendo insultos;  los fanáticos de la revolución cueste la sangre que cueste; los que no desaprovechan la oportunidad  para atacar la democracia con fervor franquista. Son las voces de este coro tenebroso las que, despertando al miedo, encogen el corazón y cierran los labios y hacen que la mayoría perdone al rey y al gobierno lo que haga falta con tal de que nos permitan vivir en paz.

No es de extrañar que, tras el vocerío, la mayoría respire con alivio   y no quiera saber nada ni de la familia real ni de los políticos, corruptos o no, “que hagan lo que les de la gana,  que mas da si todos esos viven y van a vivir  de maravilla sea como sea y no van a  ayudarnos a llegar a fin de mes sino todo lo contrario”. La cacería  del rey se quedará teñida de horror en la memoria de los que le vimos posar sonriendo junto al cadáver de un elefante abatido, y le costará, a lo sumo, la pérdida de la presidencia de honor de la WWF/España, y a lo mejor ni eso. El resto podremos volver a nuestros asuntos, quien sabe si anhelando secretamente que otro escandalillo nos vuelva a distraer. Cualquier distracción se agradece cuando uno malvive bajo la losa de una realidad  chunga.

Mientras todos se congratulan de que la alarma roja se haya desactivado sin cadáveres, de que haya en el país tanto político sensato y responsable como para  defender el puesto del rey, de que el rey pueda seguir  en su puesto garantizando el puesto a los demás, el españolito, temporalmente evacuado de sus cuitas, vuelve a su realidad cotidiana y, contemplando  los escombros de su casa, de su país, se pregunta, desorientado: “¿Dónde estoy? ¿Dónde estamos?”.

 

 

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