Pie forzado

Hoy toca hablar, ver imágenes y anuncios  y escribir sobre la mujer trabajadora. ¿Tengo algo nuevo que decir sobre el tema? ¿Puedo aportar algo o me limito a repetir lo que está en todas partes con el único propósito de que mis amigos de Facebook no se olviden de mi nombre?

Lo tengo crudo. No pude unirme a un grupo de trabajadoras del hogar al que me invitaron porque mi presencia habría sido fraudulenta. Como ama de casa soy un desastre, lo que durante muchos años hizo que algunos y algunas pusieran en duda mi condición de mujer. Ahora ya no me importa. Llevo sesenta y dos años siendo una mujer, nunca he querido ser otra cosa y ninguna crítica ha conseguido modificar ese detalle esencial. Mi ineptitud para las tareas domésticas es un accidente, como mi ineptitud para las matemáticas, ¿o no? Por otra parte, nunca he tenido que luchar para que me equipararan el sueldo al de un compañero de trabajo. Nunca he luchado por pertenecer al consejo de administración de una empresa en el IBEX. Nunca he aspirado a un cargo político. Nunca intenté medrar en círculos literarios para que se publicaran mis libros. Una vez, empujada por necesidades económicas, conseguí que me publicaran dos críticas literarias en un periódico, pero en cuanto me enteré de que había que respetar ciertas reglas no escritas, salí por pies o por peteneras. No me volvieron a llamar.  Confieso que en mis tiempos de católica practicante me hubiera gustado ser sacerdote por muchos motivos, pero como era católica practicante, nunca se me ocurrió luchar ante la jerarquía por la ordenación sacerdotal de las mujeres. Después de convertirme a la religión de un Dios laico, mi anhelo, naturalmente, se esfumó.

¿Qué he hecho entonces? Ir por libre; por mujer libre; mujer libre de enamorarse, casarse, divorciarse, tener un hijo, casarse otra vez con otra mujer.; libre de escribir lo que me ha dado la gana, me lo publicaran o no; libre de ponerme a dar clases en mi casa porque de un colegio, público o privado, me hubieran despedido a los cuatro días por mi libertad.

La libertad sale cara, carísima, como saben cuantos han querido pagar su precio y  cuantos se han asustado y no han querido pagarlo también. A la mujer se le multiplica el precio, tanto que muchas mujeres lo pagan con sus vidas. Otras no tienen ni esa opción porque nadie les ha dicho nunca que tienen derecho a ser libres.

Las mujeres trabajadoras merecemos que se nos distinga y honre en un día como el de hoy. Me incluyo y me siento honrada. Pero, digo yo, ¿no deberían dedicar un día a la mujer libre para que el derecho de la mujer a la libertad ocupara todos los medios de comunicación, mítines, etcétera ? Claro que, para ser justos, también habría que hablar del derecho a la libertad de los hombres. O más bien, para ser justos, lo que se dice justos, e instruir, lo que se llama instruir, habría que dedicarle un día al derecho a la libertad.

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